Con solo 18 años, Étienne de La Boétie -el gran amigo de Michel de Montaigne- formuló una idea audaz en su hoy imprescindible Discurso sobre la servidumbre voluntaria: los pueblos que son víctimas de tiranos son también cómplices de ellos. No hay déspota sin consentimiento, ni opresión sin renuncia previa. El poder del tirano se enquista porque una parte significativa de la población prefiere obedecer antes que asumir el coste de ser libres. Y esa parte de la población, además, es quien sostiene al tirano y recibe alguna mínima recompensa por someter, delatar o vigilar a quienes sí desean la libertad.
La Unión Europea ha perdido la memoria de la guerra y sus sacrificios. Nuestra paz parecía un estado natural, casi un derecho adquirido; y la libertad, un bien garantizado por inercia histórica. Otros se ocupaban de defenderla, estábamos listos para luchar hasta el último soldado americano. Nosotros no nos ensuciábamos tocando armas, nos dedicábamos a administrar el bienestar.
Volvemos a un mundo de matones que han dejado de simular que eran demócratas. Rusia ya no es un régimen ambiguo, sino un Estado totalitario y terrorista. Estados Unidos avanza hacia formas de poder que desprecian los contrapesos internos, las reglas internacionales y cualquier tipo de alianza. El mensaje es claro: la fuerza es el único lenguaje de la política internacional.
Europa, no se ha quedado muda, es peor: habla una lengua muerta. La Boétie nos advertía que la servidumbre empieza no cuando llegan los drones rusos o las tropas a Groenlandia, sino mucho antes: cuando se pierde el amor radical por la libertad y se entrega a otros nuestro propio destino por miedo al conflicto.
Hoy Europa debe decidir si quiere convertirse en un sujeto político con voz propia o en el patético senado de la época de los césares. Ya no se trata de presupuestos de defensa o de industria militar, sino de una pedagogía de la libertad como la que propuso el joven La Boétie en el despertar intelectual del Renacimiento europeo: entender que la libertad no es solo un catálogo de derechos, sino la disposición a defenderlos, con la desobediencia y la espada.
Así, La Boétie advierte de que los pueblos son responsables de los gobiernos que los gobiernan y, por tanto, de su destino. Si Europa decide fragmentarse en pequeños pueblos ensimismados por sus diferencias identitarias e incapaces de reconocerse en las libertades y derechos que nos unen, acabará siendo devorada por potencias que sí se conciben a sí mismas como pueblos históricos dispuestos a imponer su voluntad violentamente.
La libertad siempre ha exigido algo a cambio: convicción, renuncia y en los momentos límite, vidas. El pacifismo narcisista de la ultraizquierda es la forma más refinada de la servidumbre voluntaria contemporánea. El lameculismo al tirano extranjero que profesan los tontos útiles de la ultraderecha, su forma más burda e indigna.
Europa está ante su examen moral. Puede seguir confiando en que otros luchen por ella, puede seguir pensando que el Dombás es un problema de los ucranianos o Groenlandia de los daneses, o puede empezar a asumir que la libertad -como escribió La Boétie- sólo se pierde cuando se deja de amar, de defender y de enseñar.

