Hace muchos años que llamo a mi madre Mamao, aunque últimamente mi hermano Ignacio la ha rebautizado como Heil, dado el régimen despótico que reina en casa. La orden era expresa: queda terminantemente prohibido hablar de política en la mesa. No parecía difícil. Cuando nos juntamos todos, solo hablamos de caza, perros y regímenes de adelgazar. Pero la veda del estío y el Ozempic (o el Monjauro) nos ha dejado sin parte del repertorio. Por eso nos vino bien que el perro Rutilio se calzara a la perrita Rufina en la playa del Buzo, bajo la mirada estupefacta de varias marquesas viudas. Pasamos mucha vergüenza.
Íbamos e esterilizar a Rufina tras su camada de marzo, pero el trance quirúrgico se nos pasó entre viajes y distracciones como Ábalos, Koldo, Montoro... Pero los perros son perros, y se tiran al monte o a cualquier perra en calor. Las olas les mojaban, pero ya habían hecho un nudo como el Burt Lancaster y Deborah Kerr en De aquí a la eternidad. A las señoras se les deshizo el cardado.
Llevamos a Rufina a la veterinaria por si existía una píldora del día después perruna. Nos dijo que sí, que había una inyección, pero que no podíamos administrarla nosotros porque, al tratarse de un abortivo, no podía salir de la clínica. Nos íbamos de viaje, así que preguntamos: Pero si la pastilla para humanos te la dan en la farmacia sin receta, ¿no es un poco absurdo?
-Como todo en la España de Sánchez- saltó mi tío Javier, ajeno a la prohibición.
Mi madre no dijo nada. Tío Javier nos había traído una montaña de percebes y tres bogavantes vivos, pero él prefería comer croquetas. Es de esos que celebran a los demás con marisco aunque él prefiera el secano. Otra cosa son los JB (nada que ver con la Sauna Adán) y los martinis que se toma a diario.
A partir de ahí cayó cualquier veto en la conversación. Estos días hablar de política, en realidad, es hablar de Sánchez y de la frustración que provoca en parte de la derecha. Si alguna filtración de la UCO no lo remedia esta semana, el presidente llegará a septiembre con alguna asignatura pendiente, pero ya habrá empezado el nuevo curso. Eso era lo que le explicaba a mi familia aunque ellos no lo creían posible.
-Tendrá que dimitir o convocar elecciones.
Les respondí que lo dudaba: «Lo más posible es que dure hasta 2027, cuando -Rufián dixit- se presente al frente de una coalición plurinacional». Y menté a la bicha:
-Un Frente Popular.
Y ahí se hizo el silencio, aunque quizás se debiera a las bocas llenas de marisco. Los bogavantes eran de tamaño mediano, perfectos. [Los grandes están más secos]. «Pero lo mejor es la mayonesa», dijo Marilé, la mujer de tío Javier, citando a Revel. El acopio de carcasas de bogavante (no las vamos a llamar exoesqueletos) que había hecho en su plato alcanzaba una altura considerable.
-Parezco sindicalista.
Y entonces volvimos a caer en el bucle político. Las tragaderas de la izquierda: dura con Montoro y blanda con las putillas; blanda con la cátedra de Begoña y la tesis de Sánchez; dura con Noelia Núñez. Pablo Iglesias e Irene Montero se engarzaron en la conversación.
-Ella ya puede estar tranquila, que le ha tocado 'el eurosillón' -zanjó un hermano.
A esas alturas, el fino comenzaba a hacer estragos. Comentamos las nuevas competencias del Instituto Cerdantes, que al parecer incluyen el nombramiento de putillas en empresas públicas y el amaño de contratos. Montoro tampoco se libró, aunque a mi madre le parece muy mona la foto de Montorito niño con su galgo en Jaén. Y ya empezamos a desbarrar y a decir tonterías más o menos ingeniosas.
Una pena. Ojalá no hubiéramos hablado de Sánchez. A ver si un día podemos.

