MADRID
Música

Lole, de Lole y Manuel, vuelve a los escenarios en Vallecas para celebrar 50 años de su disco más icónico

La cantaora clausura este domingo el festival Miradas Flamenkas del Centro Cultural Pilar Miró con una actuación

Lole Montoya (Triana, 1954), fotografiada la semana pasada en los estudios de flamenco Amor de Dios.
Lole Montoya (Triana, 1954), fotografiada la semana pasada en los estudios de flamenco Amor de Dios.JAVIER BARBANCHO
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«El Sol, joven y fuerte/ ha vencido a la luna/ que se aleja impotente/ del campo de batalla./ La luz vence tinieblas/ por campiñas lejanas./ El aire huele a pan nuevo,/ el pueblo se despereza./ Ha llegado la mañana».

Hace 50 años se publicó un disco que empezaba así y que llevaba el sugerente título de Nuevo día. Lo firmaban Lole y Manuel, una joven pareja de Triana que revolucionó el flamenco, adelantándose varios años a Camarón y a todo lo que vino después. Para celebrar el aniversario, el festival Miradas Flamenkas ha programado un ciclo en el Centro Cultural Pilar Miró de Vallecas, que clausura la propia Lole Montoya (Triana, 1954) este domingo con una actuación especial. Además, el centro incluye una exposición Lole y Manuel, nuevo día. 50 aniversario, que se puede visitar hasta el mismo domingo.

«Estoy mucho en el mundo espiritual, leo las Escrituras. Y recientemente me vino algo por revelación. Porque una cosa es desvelar, que es cuando haces la foto, y otra es la revelación, que es cuando comprendes algo que antes no comprendías», recuerda Lole de aquel momento inaugural. «Estaba leyendo algunas cosas del Génesis y me parecía muy poderoso: Porque era la noche con el día, el amanecer, el motivo, el sol que se ha escondido y se queda mudo. Claro, toda la creación».

Antes de ese «nuevo día» hubo una vida cotidiana, una Sevilla de vecindad en la que la historia comenzó como empiezan las cosas importantes: de manera aparentemente pequeña. «Yo cantaba algunas cosas que se cantaban en el pueblo, como se decía antes. Es decir, de lo que había», recuerda Lole. Manuel Molina estaba cerca, literalmente. «Manuel era mi vecino, de unas casas más para allá, y pasaba vestido de soldado. Yo me asomaba al portal y decía: 'Ay, ahí viene Manuel'». Esa imagen de adolescencia, con él volviendo de la mili y ella mirándolo desde el umbral, contiene ya el germen del dúo: la convivencia, la proximidad, la intuición de que podían crear algo juntos incluso antes de que lo supieran.

La propia Lole recuerda el pudor y la fragilidad primeras: «Me ponía Manuel algunas canciones, como la de la mariposilla, Un cuento para mi niño. Y yo decía: 'Uy, pero eso no lo sé hacer'... Era muy jovencilla. Después él no me decía nada, solamente me miraba, hacía así otra vez con la guitarra, y yo sola: 'Pues venga'. Era una forma de entrar». En ese «venga», casi infantil, hay una decisión adulta: la de inventar una voz propia. También aparece ya una estética que después sería marca de la casa: la ternura como fuerza, la emoción como guía.

Unos temas le resultaron más naturales. «Todo es de color me sonaba más. No sé si por la entonación. Me fui metiendo poco a poco y me fue gustando. Era muy especial». «Especial» es una palabra que Lole repite varias veces cuando habla de esos años: hay en ella un pudor sevillano para referirse a momentos que en realidad fueron trascendentes. «La verdad es que me ponen contenta esos recuerdos», confiesa. Entre esos recuerdos está también el primer impacto de la letra de La mariposilla: «Recuerdo que la letra se la trajo Juan Manuel Flores. La cantó del tirón y empecé a llorar».

No era para menos. Las letras de Flores, poeta secreto de la Andalucía de posfranquismo, mezclaban la fábula y lo cotidiano, la inocencia y la filosofía. La España de 1975 entraba en una nueva etapa, y Lole y Manuel captaron ese estado de ánimo antes que nadie. «Nosotros intuíamos algo de lo que podía pasar con ese disco», explica Lole. No hablaban de éxito comercial, sino de algo más profundo: la intuición de que el flamenco necesitaba nuevos cauces para expresar la vida contemporánea.

«El flamenco se ha cantado siempre desde el dolor. Un poco como el blues», reflexiona ella. «Y la gente quería oír cosas de la vida, cosas nuevas. Porque el ser humano necesita eso. A la gente le gustaba. Y nosotros estábamos tan decididos, nosotros estábamos convencidos, de verdad». Ese convencimiento no era arrogancia, sino claridad: sabían que estaban abriendo un camino que otros recorrerían después, desde el rock andaluz hasta el nuevo flamenco que Camarón elevaría poco después con La leyenda del tiempo. Pero antes que todos ellos, estaban Lole y Manuel.

La historia personal de Lole explica parte de esa sensibilidad. «Cuando yo era chica, con tres añitos, mi madre me ponía encima de la mesa y me hacía ritmo y yo bailaba. Recién aprendí a andar». Ese gesto doméstico, casi ritual, anticipa su sentido natural del compás. «Empecé a bailar con las botas de mi padre, todavía no tenía los taconcillos», añade, como quien describe una escena costumbrista sin ser del todo consciente de su potencia simbólica: la niña que imita al mundo adulto y termina construyendo uno nuevo.

El concierto de este domingo en Vallecas no es solo un homenaje a un disco, sino a una forma de sentir. Nuevo día no fue una ruptura iconoclasta, sino una revelación suave: la demostración de que el flamenco podía ser luminoso sin perder raíz, poético sin volverse cursi, universal sin dejar de ser de Triana. Medio siglo después, sus canciones siguen produciendo esa extraña mezcla de serenidad y vértigo, como si al escucharlas uno volviera a ese portal donde Lole esperaba el paso de Manuel o a esa primera vez en que una letra de Juan Manuel Flores la hizo llorar.

Celebrar Nuevo día es celebrar la posibilidad de que una música antigua vuelva a nacer sin traicionarse. Y celebrar a Lole Montoya es entender que las revoluciones verdaderas casi nunca hacen ruido: empiezan con una guitarra, una mirada y una voz joven diciendo «venga» antes de saber que está a punto de cambiarlo todo.