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«Solo tengo cosas buenas que decir porque, después del ciclo con Ostarina, alcancé el cuerpo de mis sueños», cuenta Óscar, un ingeniero de 32 años. Al cumplir los 30, comenzó a notar que su cuerpo cambiaba y que estaba ganando peso. Para evitarlo, se apuntó a un gimnasio en el centro de Madrid y compró un ciclo de SARMs (moduladores selectivos del receptor de andrógenos) por internet. Se trata de compuestos con nombres dignos de una clase de química orgánica, que se consumen por vía oral y tienen un estatus legal de «sustancias de investigación» no aptas para el consumo humano. Sin embargo, en su relato pronto aparecen los peros: «Pero yo, que era como un macaco, no tenía una erección, ni ganas de sexo, ni de masturbarme... Pero estaba cansado, como si me hubiera dado una paliza un oso... Pero fue en esa época cuando perdí más pelo...».
Pese a los efectos adversos, su caso con la química de moda para lograr cambios exprés en el gimnasio puede considerarse un éxito porque, a diferencia de lo que ocurre con muchos jóvenes que se inician en el consumo de estas sustancias, el suyo fue el primer y único ciclo que ha tomado hasta la fecha y, aparentemente, no sufre secuelas a largo plazo. «Aparentemente» porque, tal y como reconoce a GRAN MADRID un empresario que se lanzó a la venta legal de estos productos, publicitándolos en Instagram con la ayuda de culturistas e influencers del fitness, «al ser sustancias experimentales no aptas para el consumo humano, sus efectos a largo plazo se desconocen y no hay investigación suficiente sobre ellos».
El empresario, que ha aceptado hablar con este diario bajo la condición de mantener su anonimato, cuenta que decidió embarcarse en la venta de SARMs «tras descubrirlos en el extranjero e importarlos por los cauces legales» con ayuda de un laboratorio andaluz, hasta que un día las autoridades lo acusaron de organización criminal, delitos contra la salud pública y dopaje deportivo. Casi dos años después, con su caso aún en fase de instrucción -no existe ninguna sentencia condenatoria por SARMs hasta la fecha-, asegura que cuando la redada llamó a su puerta, acompañada de una orden para cesar su negocio y la incautación de todo su stock, «los SARMs todavía no estaban catalogados como ilegales».
Aun así, pese a los cambios en la legislación y a diferencia de las drogas recreativas, hoy pueden comprarse en internet a empresas radicadas en la Unión Europea. «¿Te imaginas que una persona pudiera comprar cocaína con solo buscar en Google?», se pregunta retóricamente el nutricionista Julio Basulto, autor del libro Come Mierda y uno de los pioneros en alzar la voz sobre los peligros de estas sustancias dopantes sobre las que la Comisión Española para la Lucha Antidopaje en el Deporte (CELAD) ha emitido recientemente un comunicado en el que habla sobre ellos como «la última moda» en los gimnasios pese a su status de «medicamento en experimentación».
«Vas a crossfit y lo oyes», comenta Basulto, quien denuncia que el acceso a estos productos es tan fácil que chicos cada vez más jóvenes caen en su consumo. «La presión social por ganar masa muscular en los chicos es similar a la que sufren las mujeres por tener un cuerpo delgado y esculpido», apunta.
El problema no es solo la facilidad de acceso, sino la desinformación. «Los chavales creen que, por ser vía oral, los SARMs son más seguros que los esteroides», reflexiona junto a GRAN MADRID. «Pero la realidad es que desconocen la dosis real que están tomando y los efectos secundarios pueden ser devastadores». En su experiencia, el argumento que más suele impactar es el de la disfunción eréctil. «Si les dices que podrían tener cáncer dentro de 20 años, no les importa. Pero si les dices que no podrán tener una erección, les asusta».
El testimonio de Manuel, un joven que consumió RAD140, confirma esta realidad: «Me dolían los huesos, pero gané una fuerza, músculo y definición increíbles», cuenta mientras presume que gracias a su consumo, «tiraba 16 kilos más en press banca en muy poco tiempo». Sin embargo, al finalizar el ciclo, comenzaron los efectos secundarios: «No tenía libido y me costaba masturbarme».
Otros testimonios se muestran menos optimistas sobre sus beneficios. «Hice ciclos y me arrepiento», confiesa Pedro, de 24 años. «Lo único que conseguí fue arriesgar mi salud a cambio de una mejoría leve». Sin embargo, Marcos, de 38, recita las sustancias que ha tomado como si fueran la alineación de su equipo favorito (RAD140, SR9009, MK667... ) que consumió junto a terapias posciclo «para minimizar los efectos secundarios» y no se muestra arrepentido: «La experimentación es parte de la gracia. ¿Para estar guapo hay que sufrir, no? Pues la ansiedad, un poco de irritabilidad o la libido son un precio a pagar por la mejor versión de ti mismo. Además, para los problemas de erección está la viagra», apostilla.
Mientras tanto, la CELAD recuerda que estos compuestos pueden provocar «hipertensión, erupciones, ataque cardíaco, dolores de cabeza, psicosis, alucinaciones, lesiones hepáticas, problemas de visión o diminución del tamaño de los testículos».
Pero pese a las advertencias, el consumo de SARMs sigue en aumento. «Las redes sociales y los influencers los promocionan como algo seguro y eficaz», explica Basulto. «Lo que no cuentan es que, una vez que los dejes, perderás la masa muscular ganada y te quedarás con los efectos secundarios». Mientras tanto, cientos de jóvenes siguen actuando como cobayas humanas en busca de un cuerpo ideal distorsionado en Instagram.

