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Lo zurdo, como concepto, es sinónimo de lo contrario, de lo que queda del otro lado, de lo que molesta a la gente de bien. El diablo es zurdo y Tyler Durden enseña a sus esforzados acólitos de El club de la lucha a manejarse con la mano contraria para desafiar la percepción de uno mismo. Y golpear de otra manera. Sin avisar. La directora taiwanesa afincada en Estados Unidos Shih-Ching Tsou es zurda. O, mejor, lo fue. Lo fue al nacer y durante la primera infancia hasta que la descubrieron.
«Cuando era muy niña, mi abuelo me vio usar el cuchillo con la mano izquierda y me regañó. Me dijo que era la mano del demonio. Pronto, en el jardín de infancia, me corrigieron. Pero ese primer recuerdo ha permanecido conmigo toda la vida. Como si ser zurdo fuera una condición para siempre independientemente de todo y de que aprendas a manejarte delante de todos con la derecha», recuerda al otro lado del zoom en compañía del que durante tanto tiempo, desde que eran estudiantes de cine en Nueva York fascinados por el movimiento Dogma 95, ha sido su compañero de viaje en eso del cine: Sean Baker. Juntos rodaron, los dos a la dirección, Take Out, en 2004 y uno al lado del otro, uno como director y la otra como productora, guionista y, de tanto en tanto, actriz han completado películas como Starlet (2012), Tangerine (2015), The Florida Project (2017) y Red Rocket (2021). «Recuerdo», toma la palabra el cuatro veces galardonado en los Oscar por Anora, «que ella me comentó la idea tiempo atrás, a principios del año 2000, y me pareció mágica. La película que ahora se estrena es como completar un viejo sueño, como pagar una deuda o, mejor, como acabar con la maldición del zurdo».
Para situarnos, La chica zurda (así de coherente es el título de la película) cuenta la historia de, en efecto, una niña zurda condenada por ello a llevar la contraria. Tras vivir en el campo, un buen día, ella, su hermana algo más que solo adolescente y su madre desembarcan en una Taipéi tumultuosa, oscura, húmeda y febril. La idea es empezar de nuevo contra todo y a pesar de todos en un puesto nocturno de comida en el mercado local. Son mujeres en un mundo de hombres, están solas en una ciudad desmedida y los muchos secretos, deudas pendientes y resentimientos siempre renovados que ahogan a la familia las colocan contra las cuerdas de un ring imaginario en el que llevan todas las de perder. Todas las esperanzas parecen depositadas en lo que parece el mayor defecto: como en el caso de Durden, aún hay una posibilidad de sorprender gracias, precisamente, el manejo de la mano izquierda. «De algún modo», comenta la directora, «me siento un poco representada por las tres mujeres. Yo fui tan rebelde como la cría y su hermana y, desde que tuve una hija, me identifico plenamente tan atrapada por todo como la madre».
La película, como en el caso de The Florida Project, adopta la mirada de la más pequeña y ahí, en cada una de sus infinitas paradojas y sorpresas, se queda a vivir. Es cine construido desde la inmediatez, desde la urgencia, desde el calor mismo de la vida. «Ya habíamos probado en Tangerine el uso de iPhone como cámara. En aquella ocasión, comprobamos que una herramienta tan pequeña era el mejor método de confundirnos con la realidad. Lo peor cuando ruedas en la calle es la curiosidad de los que pasan», razona Shih-Ching Tsou como paso previo a la pautada descripción de un cine que desconfía del artificio, la puesta en escena, el guion sobrescrito o, dado el caso, la idea misma de interpretación. «En verdad, el movimiento que tanto nos gustó en el pasado, cuando estudiábamos, de Lars Von Trier y los suyos de trabajar con actores naturales en escenarios reales nos sigue seduciendo y sigue siendo el modo de contar la realidad desde la realidad misma», dice una y el otro le da la razón.
Digamos que esta manera de entender el cine y de llevarlo al escenario mismo de los Oscar (eso sucedió en Anora) es una confirmación de que el modo zurdo de hacer películas desde el otro lado funciona. Se puede decir incluso que esta devoción por llevar la contraria empapa y justifica cada segundo de la película. Desde cualquier punto de vista, incluido el político. «Soy consciente de que esta película se podría haber rodado en otro lado, en Estados Unidos, pero sería diferente. No sería la misma. De hecho, mi empeño en que tuviera lugar en Taiwán ha sido una de las razones por las que ha costado tanto sacarla adelante. Es precisamente ahora, cuando Taiwán vive un momento delicado con la amenaza china, cuando es importante contar historias de gente real allí. Los sitios adquieren sentido cuando se humanizan, cuando están habitados por la imaginación de la gente. Ahora mismo, es importante contar historias sobre Taiwán específicamente y mostrar que Taiwán es una entidad propia», dice. Y luego está el hecho, todavía muy zurdo, de que se trate de mujeres, de mujeres que viven en un mundo esencialmente de hombres. «Más allá de cualquier otra consideración, lo cierto es que si la mitad de personas que habitan el mundo son mujeres, aún nos faltan esa mitad de historias. Arrastramos un déficit de relatos que nos perjudica y nos daña a todos», añade.
La chica zurda discurre por la pantalla como una revelación y se diría que lo hace al contrario de como acostumbramos a leer, de derecha a izquierda, al otro lado del mapa del mundo, por la noche, entre mujeres que luchan por sobrevivir. Desde la posibilidad cierta de un cine libre, independiente y, sobre todo, zurdo.

