- Entrevista. Analía Plaza, la escritora que retrata a los nuevos jubilados españoles: "Se están pegando la vida cañón"
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- Entrevista. Estefanía Molina: "A esta democracia la está reventando el sentimiento de que esforzarse no lleva a ningún lado"
Aunque el término es más antiguo -lo acuñaron los ensayistas estadounidenses William Strauss y Neil Howe en su libro de 1991 Generaciones-, fue a partir de 2008 y de la crisis financiera que tantas cosas se llevó por delante cuando llegó a España el concepto de milenial. Los medios de entonces los presentaban como jóvenes que despreciaban los bienes materiales y preferían "vivir experiencias" y viajar, les gustaba compartir piso y no comprar uno y les aburría la estabilidad laboral. Una generación con ventajas como nunca, "la más preparada de la historia", que, sin embargo, no tenía una cultura del esfuerzo y, por lo tanto, era tácitamente responsable del mayor naufragio económico desde el Crac del 29.
Quienes capitalizaban mayoritariamente este tipo de críticas eran otra generación con sus particularidades, también la primera a nivel global que vivía mucho mejor que sus padres. Nacidos en la posguerra, entre 1946 y 1964, la generación del baby boom o boomers -en España se cifran entre 1958 y 1975 debido a la dictadura franquista- logró tener un trabajo fijo y estable, una casa (o varias) en propiedad, bonanza económica y, hoy, una pensión asegurada. Mientras, sus hijos y nietos, los milenials y los zeta, pagan alquileres imposibles, encadenan contratos temporales y sueñan con heredar.
En España, la brecha entre generaciones ha venido acrecentándose desde entonces. El ya famoso meme "OK, boomer", usado para describir a personas mayores con actitudes consideradas conservadoras, anticuadas o desconectadas de las realidades digitales o sociales modernas lleva en auge desde 2019 y términos como nini (de "ni estudia, ni trabaja") o "generación de cristal", llevan también unos años en el discurso público.
El último gran chispazo de esta polémica saltó en los últimos meses de 2025 a raíz de la publicación del ensayo La vida cañón: La historia de España a través de los boomers (Temas de Hoy). Su autora, la periodista Analía Plaza, fue objeto de violentos insultos en redes tras explicar la tesis del libro. "Se ha generado un discurso de ‘tú estás haciendo una guerra generacional’, pero yo creo que no. Lo que hago es simplemente explicar cómo han sido las cosas para esa generación y qué consecuencias está teniendo hoy en día. No es un agravio comparativo ni trato de inculparles a ellos", defendía ella en EL MUNDO hace unas semanas.
E insiste en su visión. "El jubilado de hoy en día o el que está a punto de jubilarse se está pegando la vida cañón. Después de una vida de gran esfuerzo, tiene la casa pagada, los hijos fuera de casa, buena salud y una red de seguridad que le permite dedicarse a viajar, a consumir un poco o a salir con los amigos. Están disfrutando de la vida", resume Plaza, que no lo ve como algo malo, y también se defiende de las críticas. "Ellos utilizan mucho el argumento de ‘es que nos hemos esforzado’. Nadie te dice que no te hayas esforzado, pero es que ese esfuerzo te ha rendido mucho más. Es innegable que están viviendo mejor que sus hijos, por lo menos a nivel material", zanja.
Como demuestran obras como Padres e hijos de Iván Turguénev, Los Buddenbrook, de Thomas Mann, o Muerte de un viajante, de Arthur Miller, por citar algún ejemplo, la incomprensión entre generaciones es un fenómeno histórico y sociológico recurrente que surge cuando los valores, experiencias de vida y tecnologías de un grupo joven chocan con los de una generación mayor que tiende a aferrarse a normas establecidas. Entonces, ¿qué hace diferente a esta polémica cada vez más encendida? ¿Son irreconciliables ambas posturas?
"No es una guerra generacional: explico cómo han sido las cosas. Nadie te dice que no te hayas esforzado, pero ese esfuerzo te ha rendido mucho más"
La primera clave para acercarse a esta brecha es, como ocurre con casi todos los problemas sociales, económica. Esto es lo que sostiene la empresaria y activista María Álvarez, autora de Hijos del optimismo (Debate). En su ensayo, explora cómo el desconcierto, el miedo y la crispación actuales nacen del éxito de una generación que, llevando a cabo sus ideales hasta el final, quebró el sistema que los había hecho posibles. "Hoy en día todos somos hijos del progreso, de esa idea que nació más o menos a mitad del siglo XVIII de que el crecimiento productivo, económico y material sería infinito", explica la escritora.
De hecho, dice, en esta especia de fe laica reside el funcionamiento de nuestra sociedad. "Todos los acuerdos colectivos que tenemos, desde las pensiones hasta esta idea de que unas generaciones le compran las viviendas a la anterior, o la idea de que vamos a vivir siempre mejor que la generación anterior; todas las normas, todos los consensos, reposan sobre esa misma idea de progreso que nos define". Sin embargo, como abunda en el libro, ese progreso de pronto desapareció. "Estamos viviendo en una sociedad del conocimiento con las estructuras ya obsoletas de una sociedad industrial. Me explico: la economía hace unos años se basaba en el intercambio de conocimiento. Alguien que sabía hacer coches los hacía y los vendía a otro que no sabía», explica.
"En cuanto internet y la sociedad globalizada democratizan el conocimiento, al multiplicarse por miles la cantidad de gestores del conocimiento en el mundo, eso hizo encoger a la economía. Es decir, cuando dos personas tienen el mismo conocimiento ya no lo pueden intercambiar, entonces la economía deja de crecer", resume la ensayista. Es decir, adiós al mundo industrial en el que prosperaron los boomers, llenos de seguridad laboral, productividad y beneficios.
Álvarez pone un ejemplo muy sencillo, la música. "En el año 2000 se vendían miles de millones de CDs. Con la llegada de internet y de esa generación que ya es capaz de autogestionarse su propia descarga, desaparece un sector económico entero. Un sector que en 25 años no se ha recuperado y que jamás generará los mismos puestos de trabajo ni las mismas tiendas, distribuidoras, contratos, condiciones...".
"Los milenials vivimos en una contradicción constante: no puedes decirle a tu madre que trabajas de lo que estudiaste pero malvives con un sueldo miserable"
No obstante, la autora reparte culpas o, más bien, no culpa a nadie, de cómo ha evolucionado todo. "Las generaciones mayores han sido muy crueles a veces con las siguientes, pues esto no ha sido algo que hayamos creado nosotros. Pero creo que es frustración. Como generación, sienten que algo no les salió bien. Y eso nos embarca a todos en una profunda nostalgia que tiene que ver con la trayectoria vital y con la percepción de que el futuro no era lo que anticipaban", opina. "A todo el mundo le toca vivir un momento histórico. A nuestros padres, los padres del optimismo, ese momento explosivo de la segunda mitad del siglo XX, donde parecía que íbamos a ir de vacaciones a la Luna y lo hicieron lo mejor que pudieron con aquello".
Por el otro lado, el de los hijos del optimismo, la autora asegura que sufrimos por no tener un marco nuevo en el que movernos. "Los milenials hemos entendido que teníamos que hacer exactamente igual en la vida que los boomers, pero nos cuesta mucho vivir en su marco, porque nos genera una contradicción constante. Nuestra vida se conduce de una manera, pero luego en público tenemos que explicar otra para que les encaje a ellos», lamenta. "No puedes decirle a tu madre que malvives con un sueldo miserable trabajando diez o doce horas en algo vocacional. Y eso es culturalmente muy duro. Eso es lo que crea esa brecha generacional, que también es de comunicación, de comprensión".
La política del ‘boomercentrismo’
De acuerdo en señalar este fin de ciclo económico está la politóloga y periodista Estefanía Molina. En su revelador Los hijos de los boomers (Destino), significativamente subtitulado De la muerte de la clase media al auge de una generación antisistema, recoge esta idea y la dota de reflexiones de marcado cariz político. "Obviamente, el problema principal es que la economía ha cambiado y el modelo de nuestros padres ya no sirve para sus hijos. Eso es lo que nunca se dice en el debate público, que el cambio económico es estructural o que el crecimiento del PIB per cápita entre los años 1965 y 2005 fue de alrededor de un 70% mientras que de 2005 a 2024 fue de un 11%", asegura.
"Por tanto, el modelo en el que crecieron nuestros padres ya no es el nuestro. Y, sin embargo, la política actual sigue funcionando como si ese modelo todavía sirviera. Por eso yo hablo de boomercentrismo", denuncia. "En muchos aspectos es una lucha generacional que se alimenta desde la política, con todo eso de: ‘No os habéis esforzado’ o ‘niños de cristal’, porque es más fácil quedarse en los clichés que hablar de qué ocurre realmente y de a quién beneficia".
Y lo que ocurre, explica Molina es, sencillamente, que "el clásico choque generacional se ha vendido para callar este otro debate: ¿por qué la política sigue sosteniendo un modelo económico que no sabe cambiar? Toda la acción política de calado está orientada al modelo que se les vendió a los boomers", sentencia. Y pone ejemplos: "Se dice que hay que traer inmigrantes para pagar las pensiones, esas pensiones que son sacrosantas. De ellas no se puede decir nada, aunque supongan un gasto enorme para las arcas públicas. Y, en cambio, para los jóvenes, tiramos cacahuetes: que si el Interrail, que si el Bono Cultural... Es como decir: ‘Niño, no te quejes’", critica la autora. "Y mientras, no se hace nada serio con la vivienda, porque curiosamente quien no tiene problemas de vivienda son los boomers, pues el 90% tiene la casa en propiedad".
La aguda crisis de la vivienda actual es, quizá, el aspecto que más ha agudizado la brecha. En el citado La vida cañón, Analía Plaza aseguraba que los mayores de 65 son los más propietarios de España, más del 83% tienen casa propia. Mientras que hoy, dice, "cuanto más joven es un español, más posibilidades tiene de haber ido a la universidad y menos de poseer una vivienda en propiedad", apunta la periodista. "Los boomers, en la búsqueda de su ascenso social, inculcaron a sus hijos los valores del trabajo y el esfuerzo a través de la educación. Esa idea de que si te esfuerzas llegarás lejos sigue presente, aun cuando lo que realmente les diferenciará del resto será el valor del piso que les dejen en herencia".
Pero volviendo a la política, Molina denuncia en su ensayo que todos estos desajustes de prestaciones y beneficios generacionales nacen de una realidad insoslayable: el factor electoral. "Los boomers son una base de votantes enorme. El Estado del bienestar, cuyas premisas -demografía constante, productividad creciente y esperanza de vida más baja- han desaparecido, ya no funciona, pero como contentar a toda esa generación son votos...", resume.
No obstante, igual que Álvarez y Plaza, matiza ciertos aspectos de cara a no dar munición a un debate "que no beneficia a nadie más que a los políticos". "Es cierto que los boomers cumplen una función clave en el sistema. Mientras existan, mientras puedan ayudar a sus hijos con propiedades o dinero, se está enmascarando esa pobreza en aumento y la muerte de la clase media", explica. "¿Quién da el dinero para la entrada del piso en muchos casos? Los boomers. ¿Quién tiene propiedades para acoger a hijos que no se pueden emancipar? Los boomers. Por eso digo que son parche y tapón del sistema. Parche, porque están tapando el problema. Y tapón, porque son un incentivo electoral para no cambiar un modelo que ya no funciona. Es una especia de privatización a las bravas de la responsabilidad tradicional del Estado", reflexiona la politóloga.
¿Y qué pasa con los Zetas?
Así, mientras boomers y milenials se echan a la cara sus respectivos argumentos, otra generación, la Z o centenials -nacida aproximadamente entre 1997 y 2012-, ha accedido a la vida laboral y a los sinsabores del mundo económico y político de los adultos. No obstante, cuentan, quizá, con mejores armas que sus predecesores. "Es posible que recojan los frutos de muchas de nuestras luchas. A fuerza de choques con la realidad, los milenials hemos entendido que cambio político no equivale a cambio económico. Después del cambio político, del fin del bipartidismo, los problemas estructurales siguen ahí. En el 15-M se protestaba porque nunca seríamos propietarios. Hoy se protesta porque no se puede alquilar una habitación", recuerda Molina.
"En el 15-M se protestaba porque nunca seríamos propietarios. Hoy se protesta porque no se puede alquilar una habitación"
A juicio de la politóloga, los centenials "son distintos. No tienen memoria de todo esto. Hay dos tipos: unos más autoritarios, desconectados de los valores democráticos, y otros muy idealistas, muy de sociedad civil activa. Sus referentes no son líderes políticos, sino gente que actúa fuera del sistema". Sin embargo, Molina reconoce temer "que normalicen la pobreza, que crean que es normal vivir así: la precariedad, el mal funcionamiento de los servicios públicos, el deterioro general. Nunca han visto funcionar el sistema. Por eso hay impugnación, sobre todo desde la derecha, pero también desde la izquierda. Se cuestionan los consensos básicos del Estado: impuestos, monarquía, Constitución, y eso no sale de la nada, sino de una experiencia vital de fracaso del contrato social", sentencia.
No obstante, concluye la autora, esto mismo puede tener un efecto positivo, pues estos zetas "no van a confiar mágicamente en el sistema cuando sean mayores y eso es bueno, porque eso hará despertar en ellos la idea profundamente humana de que las cosas pueden ser distintas, y habrá una mutación política que obligará a cambiar cosas", aventura. Y deja también un recado para los boomers. "Quizá la manera de convencer a quienes hoy se benefician del sistema es esta: que entiendan que puede dejar de funcionar también para ellos. Que no siempre sale a ganar. Por eso hay que explicar este debate sin culpabilizar a nadie, como un pacto de legado. Porque, al final, el conflicto no es social, es político. Dividir a la gente es mucho más fácil que cambiar un sistema que ya no funciona".
A este optimismo en las generaciones futuras se suma María Álvarez, quien recuerda que el primer paso es hacerse con las riendas de una sociedad cuyo poder político y dominio cultural "todavía ostenta gente de un modelo de sociedad que ha desaparecido. Creo que ahora, cuando la sensación de fin de ciclo es total, estamos justo a punto de dar ese paso", desea la empresaria. "Llevamos treinta años pensando que éramos incapaces y que todo iba mal. Ahora tenemos que convencernos de lo contrario. Quizá la clave esté en aceptar que la economía puede ocupar un espacio más pequeño en la vida. Eso abriría otros espacios que ya estamos desarrollando: proyectos colectivos, creatividad, vida familiar. Dentro de 100 años este momento se estudiará como una transformación verdaderamente inédita en la historia humana", aventura.




