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Elena Pérez, investigadora de 34 años, tiene en común con Miguel Polo, economista prejubilado de 60 años, que ambos viven de alquiler. Ella comparte piso en Sevilla con una ingeniera y una funcionaria porque no puede comprarse un apartamento, tal y como está el mercado inmobiliario. Él siempre ha sido inquilino, la forma que le permitió en su día permanecer cerca del colegio de sus hijos, pero ahora, aunque quisiera, no podría convertirse en propietario. Reside en el barrio madrileño de Ibiza con su mujer y sus dos chicos veinteañeros, que teletrabajan desde su habitación todos los días. Si los precios bajaran. Elena Pérez es millennial y Miguel Polo, boomer, dos generaciones entre las que se ha abierto una brecha económica que antes no existía y que están condicionados -cada uno con sus circunstancias- por la crisis de la vivienda, uno de los problemas estructurales más graves de España, con los jóvenes y las clases medias como principales perjudicados.
La tensión intergeneracional ha estallado entre los millennials, los jóvenes nacidos en los 80 y hasta mediados de los 90, que llegaron a adultos con el cambio de siglo, y los boomers, nacidos en los 60 con la explosión de la natalidad y que se han jubilado o empiezan a hacerlo ahora. Libros como La vida cañón (Temas de hoy) de la periodista Analía Plaza, o La juventud atracada: cómo un electorado envejecido cercena el futuro de los jóvenes (Península), del economista José Ignacio Conde-Ruiz, explican cómo ha saltado por los aires el contrato social que, hasta ahora, había permitido que los hijos vivieran mejor que sus padres.
El precio medio del arrendamiento representa el 92% del sueldo promedio de los millennials, lo que retrasa la edad de emancipación (tres de cada cuatro jóvenes con empleo viven con sus padres) y bloquea sus planes de futuro, incluido el acceso a la maternidad. Esto provoca un círculo vicioso, porque en las próximas décadas menos hijos van a dar lugar a menos trabajadores para pagar las pensiones, que ya crecen más deprisa que el salario medio.
Los treintañeros acusan a sus mayores de tener un retiro privilegiado tras disfrutar de carreras estables, con la casa ya pagada, pensiones cada vez más altas y beneficios sociales. Los boomers, por su parte, reprochan a los jóvenes que estén instalados en la queja, despilfarren sus modestos sueldos y no peleen por lo que anhelan. El último en echar leña al fuego de la polémica ha sido el actor Antonio Resines: «Queridos niños, yo he pagado religiosamente mis pensiones y mis impuestos y cobro mi pensión porque he trabajado durante mucho tiempo y he ayudado a que vosotros vayáis a colegios públicos y tengáis carreteras y hospitales», expresó hace unos días en televisión.
Los jóvenes se revuelven ante este discurso típicamente boomer. «Nos dijeron que éramos el futuro, pero vivimos atrapados por un presente sin garantías, somos la generación del esfuerzo sin recompensa», denuncia la malagueña Elena Pérez, que tiene dos carreras (Farmacia y Restauración de Bienes Culturales), trabaja en la Universidad de Sevilla con una beca FPU del Gobierno de poco más de 1.200 euros mensuales y siente que ha sido educada, como otros jóvenes, «para una sociedad que ya no existe». Reconoce, sin embargo, que «no es justo rebajar la pensión a una persona que lleva toda la vida trabajando» y que los mayores «también tuvieron sus problemas».
Admite que hay cosas que han ido a mejor para los de su edad, como el acceso a la educación, la facilidad para viajar o el grandísimo avance de la tecnología. «También tenemos más derechos sociales y capacidad para elegir estilos de vida que antes eran impensables», añade, «pero la libertad sin recursos económicos es una promesa vacía».
Miguel Polo reivindica que su generación «trabajaba 10 horas al día y tenía un miedo terrible a perder el trabajo porque había mucho más paro», además de que «existía mucha inseguridad en la calle»: no conoce a nadie a quien no hayan atracado. «Yo creo que vivo mucho mejor que mis padres, pero peor que mis hijos, aunque ellos no son conscientes, pero han vivido con todas las facilidades», considera. Se arrepiente de no haber comprado un piso en su momento, cuando los precios y salarios permitían hacerlo con menos esfuerzo. En los años 90, el tipo de interés superaba el 15% (hoy ronda el 3%), pero ahora a Miguel le pondrían pegas para concederle una hipoteca a largo plazo y tendría que haber ahorrado una entrada del 20% del valor del piso. Cada mes , sus hijos veinteañeros destinan 500 euros de su sueldo para ahorrar con el fin de compartir piso con amigos el día de mañana. «Para eso, mejor se quedan en casa».
En realidad, tanto Elena como Miguel tienen razón en sus argumentos. Porque a la desigualdad generacional (con los mayores más ricos que los jóvenes) se añade una desigualdad de clase que afecta a todas las generaciones y que viene condicionada por la posibilidad de tener un patrimonio inmobiliario y por el momento en que pilló a cada uno la crisis económica de 2008.
La escritora y filóloga Violeta Serrano, de 37 años, salió de la universidad en 2013 tras hacer tres carreras y no encontraba trabajo de lo suyo por la crisis, así que se fue a buscarse la vida a Argentina. Esta hija de profesores de instituto regresó a España en 2020 y, sin posibilidad de vivir «con dignidad» en una gran ciudad, decidió «no quedarse en la queja». Emigró a Val de San Román, un pueblo de menos de 100 habitantes a ocho kilómetros de Astorga (León), donde se ha comprado barato un terreno en el que se ha construido una casa con huerto. Cada 15 días viaja a Madrid, a tres horas en tren. Es un gesto político, su forma de rebelarse, que detalla en su ensayo Flores en la basura (Ariel).
«Debemos hacer autocrítica. Me cansa un poco eso de que no podemos tener lo mismo que nuestros padres. A mi generación le falta imaginación porque tratamos de hacer el mismo camino que ellos. Los boomers supieron generar una nueva sociedad. Nosotros lo tuvimos muy fácil en la infancia y en la adolescencia y crecimos pensando que todo iba a ir a más. Queríamos un piso, un coche, una serie de cosas que creíamos que nos merecíamos, pero los contextos cambian. No podemos repetir lo que hicieron las generaciones anteriores, debemos pelear por cosas diferentes y reinventar el mundo que queremos para el futuro», expresa, llamando a invertir en soluciones que, entre otras cosas, mejoren las conexiones y pongan más en valor las posibilidades de la España rural.
Miguel Polo coincide con ella en que hay que mejorar las infraestructuras para destensar el crecimiento de las grandes ciudades: «La gente estaría dispuesta a irse más lejos si estuviera mejor conectada. Hay que construir más viviendas y que estén mejor comunicadas», opina.
Es lo mismo que dice Ana Loranca, una auxiliar de clínica dental divorciada de 66 años, que ha tenido que alquilar una habitación en su casa de 85 metros de Moratalaz (Madrid) para completar su pensión. «Se debería emplear más dinero público en construir viviendas de verdad, no sólo hacer anuncios cuando vienen las elecciones. Si los políticos ganaran un poco menos y se redujera el número de ministerios, se podía dedicar parte de ese ahorro a incrementar las ayudas al alquiler y a mejorar la conciliación entre la vida laboral y la familiar», señala.
Loranca, hija de un ordenanza de banco y una modista, se ha quedado en paro muchas veces a lo largo de su vida y ha desempeñado todo tipo de trabajos para salir adelante. Aunque tiene la casa ya pagada, su pensión no le da para grandes lujos, hasta el punto de que lo pasa mal cuando va a hacer la compra, porque «es horroroso lo caro que está todo». Aun así, cree que hay que poner «al mal tiempo buena cara» y se define como una persona «feliz» a la que la vida le llena. Cuatro o cinco días de la semana trabaja como voluntaria de la Once, donde se ofrece para hacer de todo, desde acompañar al médico a las personas ciegas hasta hacerles la compra o leerles libros. Practica pilates, camina mucho y cuida de su nieto de 14 meses.
«Hay que buscar soluciones, no regodearnos en decir que todo está fatal. En todas las épocas ha habido dificultades y siempre hemos encontrado la manera de salir adelante. Los jóvenes se quejan, pero no veo que salgan a la calle a manifestarse, ni que se movilicen. Si no hubiera sido por los abuelos, durante la crisis económica se hubiera producido un estallido social», señala.
Tanto boomers como millennials consideran que el Gobierno y las autonomías podrían estar haciendo mucho más para solucionar esta crisis, uno de los principales quebraderos de cabeza de los españoles, según el CIS. España es el país que presta menos atención a la vivienda y la población española es la más descontenta en Europa con este problema. Casi ocho de cada 10 encuestados por Ipsos opina que las autoridades no van por buen camino. Según otro estudio realizado por la misma consultora en colaboración con la plataforma de empoderamiento juvenil Talento para el Futuro, el 86% de los jóvenes sienten que las medidas para garantizar un techo son nulas o mínimas.
«Hay que mejorar la vida de los jóvenes y hay que reclamar mejores salarios para todo el mundo, pero no ir en contra de los pensionistas», manifiesta Pilar Ruiz-Va, profesora universitaria jubilada de 77 años, 42 de ellos en la Uned. Descendiente de padres y abuelos maestros, no le gusta «cuando todo el mundo se apunta al 'yo corrí delante de los grises'». Considera que «hay un reparto de la riqueza muy desigual», algo que le choca con que «España esté entre los países con mayor crecimiento económico».
Vive en el barrio madrileño de Argüelles, tras comprar a sus hermanos parte de la casa heredada de sus padres. Hace algún viaje de vez en cuando, pero conserva el mismo coche que hace 22 años y no cambia de móvil «porque llegue uno más moderno». «Yo creo que tendría que haber una mayor intervención del Estado en la vivienda. Me desespera cuando veo que hay partidos que no lo tienen en cuenta porque no es el problema general de sus votantes», indica.
Aunque se trata de un problema que afecta a buena parte de Europa, en España alcanza más intensidad porque la combinación de bajas tasas de natalidad y una alta longevidad ha provocado que el peso electoral de los mayores determine la agenda política y el destino de buena parte del gasto público. Un total de 16 millones de personas tienen más de 55 años, un 46% más que hace dos décadas. Esta franja de edad, que representa el 34% de la población y el segmento demográfico más numeroso, supone el 60% del consumo y el 25% del PIB. El Gobierno les ha hecho guiños constantes en forma de revalorización de las pensiones, lo que ha provocado un resentimiento entre los jóvenes que se intenta mitigar con un premio de consolación: la idea de la ministra Sira Rego de rebajar a los 16 años de la edad para votar.
Pero no se ha frenado el malestar de los jóvenes. Muchos de ellos, si pueden, intentan buscar suerte en el extranjero. Daniel Rojo, ingeniero químico de 34 años, vive desde 2014 a 20 minutos de Oslo (Noruega). Ha podido comprarse una casa (entró en el mercado inmobiliario con 26 años) y, a su edad, tiene tres hijos pequeños. «La vida aquí es sencilla y no necesitas ayuda de los abuelos para la crianza. Tenemos horarios de 9 a 16 horas, sincronizados con los de las escuelas, lo que nos permite acompasar el ritmo de los niños y los adultos y estar juntos por la tarde. No creo que pudiera hacer esto en España, y yo le doy mucha importancia a pasar tiempo con mis hijos», reflexiona.
Daniel, como Elena Pérez, pertenece a la asociación La Facultad Invisible, que agrupa a los premios de fin de carrera, muchos de los cuales se han tenido que marchar fuera de España ante la falta de salarios competitivos y de una calidad de vida que les permita tener descendencia. «Es necesario armar una estrategia de la sociedad que queremos tener a largo plazo, porque la pirámide de población se está invirtiendo, las pensiones son las que son y la natalidad es cada vez más baja», pide. Y añade: «Con la situación política tan embarrada y cortoplacista, se van apagando fuegos, pero se evitan las reflexiones más profundas y temas transversales que podrían apoyar todos los partidos». De todos los compañeros de carrera de Daniel, es significativo que sólo hayan tenido hijos los que viven en el extranjero.







