No deja de ser sorprendente, y audaz, en una época donde el debate literario (y su publicidad) está dominado por el prestigio gemelo de la experiencia y la confesión (que en tantas ocasiones reduce al escritor a ser un médium de su propia excitación vital o de los ardores de su memoria), que Jeanette Winterson (Mánchester, 1959) arranque su libro con un extenso e informado prólogo sobre las historias de fantasmas.
Días de fantasmas
Traducción de Laura Martín de Dios. Lumen. 304 páginas. 20,90 ¤ Ebook: 9,99 ¤
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La lectura de este proemio es una delicia por la facilidad con la que Winterson expone las raíces antropológicas de lo sobrenatural (a medio camino entre lo espiritual y lo religioso) y su plasmación en la literatura de varios países y épocas (China, Japón, Babilonia, la Inglaterra victoriana). Pero también expone, de manera decidida, lo mucho que hay de pensado en Días de fantasmas, el cálculo de su composición.
Las caras de la muerte
Winterson ha cavilado a fondo en las posibilidades y limitaciones del género antes de ponerse a escribir, buena prueba de ello es la división de los relatos, agrupados en categorías que la autora considera claves: el emplazamiento (el lugar donde sucede, a menudo de manera recurrente, lo sobrenatural), las apariciones (más o menos fantasmagóricas) y las personas que quedan afectadas. A esta tríada clásica añade una cuarta categoría inspirada en nuestro tiempo: los dispositivos electrónicos, que le sirven para escribir cuentos que no desentonarían como guiones de Doctor Who.
¿Dónde queda la experiencia y la confesión, el anzuelo favorito para atraer la atención (y el dinero) de los lectores? Lo cierto es que Winterson recurre a lo biográfico, pero de una manera inesperada y creativa. Me explico: cada una de las tandas de relatos se remata (creo que es el verbo más preciso) con textos que se deslizan de la ficción que domina los relatos a la biografía, la memoria personal o el ensayo.
Les repaso algunos: Encuentros extraños nos habla de la única aparición fantasmagórica que se ha manifestado delante de la autora; en Sin explicación, aborda los últimos días de su abuela, y su pervivencia en la vida y la memoria de sus descendientes como algo parecido a un residuo espiritual; en Todos los fantasmas que no vemos nos explica las condiciones físicas de los ectoplasmas y también los esfuerzos de su madre (ayudada por un profesional) por comunicarse con un presumible más allá; en El futuro de los fantasmas ensaya una explicación racional (vamos a llamarla así) a la oleada de apariciones que se vivió en el siglo XIX y a la posibilidad de que en adelante los "fantasmas" y las "manifestaciones sobrenaturales" se integren en el espectro de la realidad virtual y la inteligencia artificial como un segmento más de su oferta de ocio: escuchar o ver a nuestros muertos.
Las cartas sobre la mesa
Estos cuatro textos, que invitan a leerlos desde la complicidad y una ironía sin aristas, insinúan una clave de lectura para los relatos que, al fin y al cabo, pese a ser respetuosos con el género están plagados de guiños (por espeluznante que se ponga la trama, peligrosa la situación o siniestro el ambiente) que impiden al entendido abandonarse por completo al asombro y al terror.
La obsesión, el miedo, la crueldad, la envidia... la gama completa de reacciones emocionales y psicológicas que suelen asociarse al género también desfila por estas páginas. Pero mantenido a distancia por la contención emocional y expresiva, por lo mucho que sabemos la autora y los lectores de lo que hay aquí en juego, que se parece menos a un aquelarre que a una secuencia de sustos sofisticados en una fiesta de Halloween.
Que no se me malinterprete: digo todo esto como elogio. Los relatos son solventes, interesantes y están trabajados con cuidado; combinan una imaginación inesperada con una pulcra ejecución de la matemática del suspense. Pero mejoran leídos en conjunto, lo mejor del libro es su dispositivo, que desde el primer momento Winterson ponga las cartas sobre la mesa sobre lo que sabe y también sobre lo que pretende. Para gustos colores, pero personalmente prefiero que en lugar de simular la inocencia que quizás sea imprescindible para seguir escribiendo terror "en serio" Winterson haya preferido que la viéramos escribir, ¿cómo lo diría yo? disfrazada, sí, eso, disfrazada.
El límite de la humanidad
"Me interesaba escribir sobre cómo manejamos lo que no se puede explicar, que a menudo son nuestros sentimientos más profundos de pena, pérdida, dolor y angustia, eso con lo que todo ser humano se enfrenta tarde o temprano", explica Winterson, que ve en lo sobrenatural un límite insalvable. "Como seres humanos, siempre intentamos superar nuestros límites, pero este mundo, la muerte, el más allá, es el límite que no podemos superar".

