- Europa en guerra Rusia reinicia su bucle del terror con ataques a niños y dejando a media Ucrania a oscuras
- Análisis Ucrania, en su cuarto invierno de guerra: cinco escenarios para el fin del conflicto
La modesta contribución española a la defensa de Ucrania sumó ayer otros 300 millones de equipo «defensivo» sin definir, pero que incluirá misiles antiaéreos para proteger las ciudades ucranianas de los temibles misiles y los drones rusos. Se trata de una munición que, por desgracia, sólo dura unas cuantas noches de bombardeos en esta sangrienta guerra de desgaste.
Dentro de la iniciativa PURL (Lista de Requisitos Prioritarios para Ucrania, en inglés), a la que a España le costó unirse, nuestro país sumará 100 millones adicionales a otros 400 que ha comprometido de otros aliados para hacer una compra total por 500 millones a Washington, una cifra que, en términos militares, es bastante escasa: tan sólo daría para comprar, por ejemplo, una batería Patriot, con un radar básico y seis lanzadores, y ese parece ser el destino del dinero.
El gobierno de Pedro Sánchez, un dirigente con el que Volodimir Zelenski parece tener buena sintonía al menos en lo personal (ambos se tutean y se llaman «amigo»), se ha mantenido en el pelotón de cola de los aliados de Ucrania en el envío de ayuda militar. España mantiene un compromiso firme desde el principio pero modesto en comparación con el núcleo duro de aliados de Ucrania. Su ayuda militar bilateral -limitada si la comparamos con Alemania, Reino Unido, Polonia o los países nórdicos- la sitúa en la parte baja del esfuerzo europeo, especialmente cuando se mide como porcentaje del PIB. Mientras los socios más volcados han entregado sistemas de defensa aérea, artillería y grandes paquetes plurianuales, España ha optado por un perfil discreto al participar en programas comunes donde el dinero sale del presupuesto europeo, no del nacional, y por tanto su huella queda diluida estadísticamente.
Tanques retirados
España se ha limitado a enviar sobre todo equipos militares que estaban fuera de servicio o cerca de estarlo. El mejor ejemplo son los 29 carros de combate Leopard 2A4 que estaban cogiendo óxido en una nave de Zaragoza y que necesitaron una profunda puesta a punto. Lo mismo puede decirse de los vehículos blindados M113, usados masivamente en la guerra de Vietnam y que España ha utilizado durante décadas, aunque hoy han quedado totalmente obsoletos. España también ha entregado varias baterías antiaéreas Hawk, que entraron en servicio en 1962.
En términos de armas y equipo, España está claramente por detrás de las grandes potencias europeas al contribuir con un total de 2.820 millones de euros según Moncloa (Alemania lo hace con 12.600 millones, Reino Unido, con 10.000, Francia, con 5.900 o Italia, con 1.400) y también por detrás de países de tamaño medio como Suecia o Dinamarca. Si ampliamos la comparación más allá de Europa, el contraste con Canadá y Australia es todavía más ilustrativo. Canadá, pese a tener una economía más pequeña que la española, se ha convertido en uno de los donantes más comprometidos del mundo. Australia, aunque geográficamente distante del conflicto, ha igualado en esfuerzo a España en términos absolutos.
Esfuerzo de acogida
Donde España sí ha destacado ha sido con un esfuerzo muy significativo en acogida de refugiados en comparación con el resto del continente (unas 236.570 personas con protección temporal), además de la ayuda sanitaria para curar y recuperar a militares ucranianos heridos en combate. No hay una cifra única y oficial que englobe a todos los tratados y rehabilitados aquí, pero sí tenemos varios datos parciales que permiten hacerse una idea del orden de magnitud: un trabajo científico reciente sobre el Hospital General de la Defensa de Zaragoza habla ya de «más de 100 pacientes de guerra ucranianos» admitidos allí desde mayo de 2022.
Ese equilibrio entre apoyo político claro de Pedro Sánchez y escaso protagonismo militar refleja un enfoque muy condicionado por restricciones presupuestarias, luchas internas con los socios de gobierno de Sumar, mucho más beligerantes contra Israel que contra Rusia, y límites industriales por parte de ciertas empresas españolas enfrascadas en proyectos fallidos o superados como el vehículo Dragón.
La guerra está a dos meses de superar en duración a la llamada Gran Guerra Patriótica, o sea, la Segunda Guerra Mundial para los rusos. Este conflicto, en el que el invasor aún no ha conseguido ninguno de sus objetivos, va a alargarse aún más porque su impulsor, Vladimir Putin, no quiere detenerse. España debe definir si desea seguir en un segundo plano o tomar un papel acorde a su posición política.
