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Los dos vehículos acababan de aparcar junto a las ruinas del complejo agrícola de Oleksandr Korostelyo. Una finca que antaño era el cuartel general de la compañía, donde acumulaban la cosecha y su maquinaria, pero que ha quedado reducida a chatarra agujereada y viviendas semiderruidas por los repetidos bombardeos rusos.
Pero Vasyl Barninets, el representante del granjero en los terrenos de cultivo, ni siquiera tuvo tiempo de comenzar a explicar la atribulada historia de la compañía. Conforme se apearon los cuatro pasajeros, se escuchó el estremecedor zumbido de un dron, que provocó la estampida inmediata del cuarteto.
"¡Corred, corred! ¡Escondéos en la casa!", clamó alguien. El grupo se refugió en los restos de un habitáculo contiguo. Durante casi media hora, el aparato continuó volando en torno al edificio.
"Sigue ahí fuera, se escucha el sonido", indicó Vasyl. Tan sólo la presencia del sistema de interceptación electrónica del vehículo que conducía Andrii Korkhovyi, que seguía activado, impidió que el UAV se acercara más al habitáculo.
"¿Qué hacemos? ¿Salimos corriendo y cada cual conduce en una dirección?", inquirió Andrii, con la preocupación marcada en el rostro.
Al final esa fue la opción que prevaleció. Una carrera dislocada hacia los dos coches y un viaje no menos disparatado a una ingente velocidad a través de los campos recién recolectados, hasta conseguir eludir la amenaza.
Al concluir la huida, fue explícito. "Así es nuestra experiencia diaria. Todos los días así", afirmó.
Las palabras de Vasyl Barninets y el sobresalto anterior son un reflejo de la atribulada existencia que tienen que afrontar los agricultores ucranianos ubicados en las inmediaciones de la línea de confrontación de la guerra de Ucrania. El uso masivo de drones en esta fase del conflicto ha agudizado el peligro que enfrentaban, ya que los militares rusos les han convertido en un objetivo privilegiado, como confirmó el reciente asesinato del conocido empresario Oleksandr Hordiienko en Jersón.
Como escribió recientemente una de las publicaciones locales de Jersón, este ha sido el año en el que "los rusos han comenzado a cazar granjeros".
Hordiiendko, de 58 años y presidente de la Asociación de Agricultores de Jersón, se había significado por su decisión de mantener la cosecha en las inmediaciones de las posiciones ocupadas por los rusos en el río Dnipro, publicando numerosos vídeos en los que se le veía desafiando a los drones rusos escopeta en mano.
"Quería infundir confianza a otros granjeros que no se atrevían a trabajar en sus campos. Decía: 'Yo que soy un pobre aldeano he derribado 200 drones y Putin dice que son el segundo ejército más poderoso del mundo'. Al principio le imitaron un 50% de los granjeros. Después ya eran un 80%. Se convirtió en un hueso en la garganta para los rusos", explica Viktor Hordiienko, su hijo, que solía trabajar en muchas ocasiones con su padre.
Los dos Hordiiendko tuvieron que exiliarse a Odesa durante la ocupación rusa de Jersón y su entorno, pero volvieron a sus fincas "al día siguiente" de la liberación, en octubre de 2023, como recuerda Viktor. "Salimos a las 5:00 de la mañana. Todavía seguían cayendo las bombas. Por el camino nos encontramos con todo arrasado. Parecía una película de ciencia ficción", apostilla.
Los rusos, dice, se llevaron toda la maquinaria nueva y dejaron un terrible legado: más de 5.000 minas. "Tuvimos que quitarlas nosotros. Fuimos a Járkiv para seguir un curso de desminado y estuvimos un año limpiando los campos. A veces las metíamos en el coche", apunta el hijo de Hordiiendko.
Pese a la derrota rusa, el repliegue de las fuerzas de ese país no les llevó muy lejos. Los terrenos de los Hordiiendko se encuentran en Beryslav, a muy pocos kilómetros del río Dnipro, donde quedó establecida la nueva línea del frente. "Estamos a unos 10 kilómetros de los rusos", puntualiza Viktor.
Los drones de Moscú comenzaron a aparecer sobre los sembrados de los Hordiiendko el año pasado. Los usaban para marcar objetivos a la artillería. Pero en marzo pasado, la finca sufrió su primer ataque directo con uno de estos UAV, que destrozó uno de los tractores.
Lejos de amedrentarse, los Hordiienko decidieron defenderse.
"Mi padre tuvo que vender el Mercedes de su esposa y compramos dos REB [sistemas de interceptación electrónica contra UAV]. También compramos dos escopetas: una por 10.000 dólares y otra por 7.500", aclara Viktor.
Hordiienko comenzó a repeler los aviones no tripulados a tiros. Literalmente. Oleksandr acompañaba a las cosechadoras rifle en mano para protegerlas. "Hace tres meses derribó ocho drones en pocas horas", rememora su sucesor.
En julio, un aparato ruso le atacó cuando se encontraba con uno de sus empleados, Vasyl Odarenko. Oleksandr recurrió al rifle y consiguió alcanzar al UAV, pero la explosión les hirió a ambos, dejando al conductor del tractor en una situación crítica. El empresario decidió evacuarlo en su propio coche, en un viaje descabellado, mientras era acosado por otros tres drones. Odarenko, que había trabajado 15 años junto a Oleksandr, no sobrevivió a las heridas y murió antes de llegar al hospital.
Viktor, que pasa gran parte de su tiempo en Odesa regentando sus propios negocios, se enteró de la muerte de su padre por teléfono. Le llamó su madrastra a las 9:20 de la mañana. Se acuerda perfectamente de la hora. "Me dijo: 'Tu padre está muerto. Le han matado'. Me caí al suelo, de rodillas, y empecé a llorar. A golpearme la cabeza con el suelo".
La muerte de Hordiienko ha supuesto una auténtica conmoción en toda la región de Jersón. Viktor estima que "un 20%" de los agricultores han abandonado sus terrenos.
El acoso de los UAV no se circunscribe sólo a los ataques directos contra los granjeros y sus empleados. Las plantaciones quemadas por los asaltos del ejército adversario se han disparado en los últimos meses, según un análisis realizado por investigadores de la Universidad de Estrasburgo, la Universidad de Maryland y el programa Harvest de la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio (NASA).
La investigación analizó un área de 29 kilómetros a lo largo del río Dnipro, en la región no ocupada de Jersón, y concluyó que este año se han quemado un 87,5% más de campos que el año pasado.
"A nosotros nos han quemado 400 hectáreas", precisa Viktor.
Antes de la invasión general rusa de 2022, la agricultura era uno de los sectores de la economía ucraniana que registraba un crecimiento más rápido, contribuyendo al 10,9% del PIB y proporcionando el 17% del empleo nacional en 2021.
Según un informe del Banco Mundial del año pasado, el sector ha sufrido pérdidas por valor de más de 71.000 millones de euros desde el inicio de la invasión general rusa de 2022. Casi 1.600 millones por la destrucción de los graneros donde se almacenaban las cosechas, otro de los objetivos predilectos de los misiles y drones rusos.
La cosecha de Andree Povod, por ejemplo, ahora se mantiene en una especie de ingentes bolsones blancos alargados, que se alinean junto al complejo de Jersón a donde ha tenido que trasladar sus oficinas. Sus campos se encontraban en Bilozerka, en las inmediaciones del Dnipro.
"Todos los graneros de Jersón han sido destruidos. En cuanto los rusos ven uno, lo atacan. Por eso estamos usando ahora estas mangas [así las llaman]. Cada una tiene capacidad para 200 toneladas", indica.
Povod es uno de los que han tenido que abandonar sus terrenos ante el acoso de los drones rusos. "Atacan a todo lo que se mueve. Gente en bicicleta, coches. No nos fuimos cuando caían los Grads [cohetes] y nos bombardeaban con la artillería. Te podías esconder en los búnkeres. Pero no podemos enfrentarnos a los drones", dice.
Los granjeros de Jersón han tenido que añadir el peligro de los drones a las devastadoras consecuencias que está generando la destrucción de la presa de Kakhovka en 2023. Según Dmytro Yunusov, el responsable del Departamento de Agricultura regional, la voladura del pantano por parte rusa ha "incrementado la temperatura y ha hecho desaparecer los pequeños riachuelos que irrigaban los campos". "Eso ha agudizado las consecuencias de una de las peores sequías que sufrimos desde hace más de una década", agrega.
"El año pasado una hectárea producía 1.500 kilos de grano. Este año sólo ha dado 500", estima.
"Desde que se liberó Jersón hemos perdido a 14 agricultores y otros 41 han sido heridos por las minas. Cuando se retiraron los rusos dejaron 540.000 hectáreas minadas. Ya hemos conseguido limpiar 450.000. El resto no podemos limpiarlo porque están junto al río. Demasiado peligroso", agrega.
El ejemplo de Hordiienko sirvió de referente para otros muchos. Agricultores de Jersón, Zaporiyia o Sumy comenzaron a equipar a sus cuadrillas de trabajadores con REB y fusiles de caza. En algunos casos, como el de Vasyl Shtendera, de Jersón, contratando a ex militares para que se encargaran de la protección armada de las plantaciones.
Eso fue también lo que decidió hacer Oleksandr Korostelyo en sus cultivos de Huliaipole, en la región de Zaporiyia.
El granjero es propietario de una amplia superficie de 20.000 hectáreas, de las que ahora sólo se puede usar la mitad. "Desde 2022 sufrimos los bombardeos de la artillería y los cohetes. Pero este año han empezado a usar de forma masiva los drones. Ya me han destrozado dos autobuses y tres cosechadoras", relata Korostelyo en su despacho.
Allí mantiene la vaina de un proyectil vacío, repleta de espigas de trigo, y dos fotos de su hijo Yevhen. El chaval también fue víctima de los explosivos que dejaron los rusos. Tenía 24 años. "Salió a recorrer uno de los campos y su coche pisó una mina. Murió junto a otros dos pasajeros", asevera.
La simple memoria le nubla los ojos, que se le llenan de lágrimas. "Este es un periodo disparatado. Los granjeros deberíamos estar pensando en mejorar la calidad de las semillas y no en comprar escopetas para sobrevivir. Pero eso es lo que hacemos, intentar que no nos maten", comenta.
Andrii Korkhovyi -el chófer personal de Korostelyo- es el encargado de trasladar al visitante hasta los sembrados del agricultor. Para llegar hasta allí hay que conducir a través de decenas de kilómetros cubiertos con los ya tradicionales túneles de mallas que sirven de protección relativa contra los UAV.
El viaje se realiza en un coche equipado con los consabidos REB, las medidas de interceptación electrónica contra los UAV. Todos los coches del granjero llevan esos aparatos. El trayecto discurre junto a decenas de trincheras, búnkeres, líneas defensivas repletas de dientes de dragón (obstáculos antitanque), y alambradas. También quedan numerosos emplazamientos que fueron usados por los cañones y tanques ucranianos en el pasado.
Los estragos de la guerra son una imagen recurrente. Son legión las viviendas aplastadas, machacadas por las explosiones o convertidas en despojos ennegrecidos por los incendios.
Los padres de Andrii siguen viviendo en una de las aldeas. "Sólo quedan algunos viejos que se niegan a irse", indica.
Ignorando que se encuentran en las que ahora se llaman zonas de la muerte -áreas bajo la amenaza de los drones y la artillería-, los tractores siguen arando la tierra para prepararla para la siembra. Los vehículos parecen ajenos a las detonaciones cercanas o las columnas de humo que se elevan a pocos kilómetros.
"La maquinaria tiene que desplazarse desde el almacén hasta el campo cada día y volver aquí por la tarde. No podemos dejarlas allí o las destruirían", había precisado Korostelyo antes de emprender el periplo, delante de los restos calcinados de un tractor y una cosechadora.
Vasyl Barninets ha conseguido reunir a un equipo de 18 personas en esta jornada. Uno de ellos es Oleksandr Prytula. Lleva meses encargado de una profesión inusual para un agricultor: cazador de drones. "Hice un curso para aprender a derribarlos. No es difícil si no tienes miedo", asevera. Hace tres días derribó el primero.
La conversación se interrumpe cada vez que se escucha un estallido cercano. Las líneas rusas están a ocho kilómetros. Los militares ucranianos también tienen posiciones en las cercanías y de repente disparan un cohete. "Hay que cambiar de sitio. Los rusos podrían responder", indica Vasyl.
El ucraniano reconoce que los agricultores no deberían aprender qué tipo de proyectil acaba de ser lanzado, si es un disparo de salida o uno proveniente del lado ruso, o la tipología de los UAV a los que tienen que enfrentarse.
"Pero nos tenemos que adaptar a la realidad que vivimos. Oleksandr [el propietario] es un patriota y no quiere que estos terrenos se conviertan en pastizales que no sirvan ni para el ganado", concluye.


