INTERNACIONAL
Europa en guerra

Drones rusos sobre la retaguardia, la nueva "zona de la muerte" en Ucrania

Los letales aparatos no tripulados borran el concepto clásico de las guerras, llevando la destrucción a enclaves antes seguros

El ucraniano Anatoly Tokarev, veterano de guerra y coleccionista de todo tipo de artefactos bélicos.
El ucraniano Anatoly Tokarev, veterano de guerra y coleccionista de todo tipo de artefactos bélicos.Javier Espinosa
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El antiguo café de Anatoly Tokarev en Pavlograd es algo más que un museo. La acumulación de objetos, miles de ellos apilados en varias habitaciones, podría entenderse como un catálogo de la evolución de los conflictos bélicos que han asolado el territorio ucraniano durante el último siglo.

Lo mismo acoge espadas de la era zarista, armamento que se usó durante la Segunda Guerra Mundial o los últimos artilugios que han aparecido en el frente.

Tokarev se detiene sobre los restos de un dron ruso, un Molniya. "Mire, no pesa nada. Está hecho de plástico, gomaespuma y aluminio", explica.

Este es uno de los muchos tipos de AUVs (aviones no tripulados) que Tokarev exhibe en su colección. Desde un ingente Shaheed de varios metros de altura a pequeños FPV (kamikaces con explosivos). Todos entremezclados con vehículos blindados, restos de cohetes de todos los calibres, minas y misiles antitanque, uniformes, o banderas.

"Empecé a recolectar estas cosas en 2014", asegura el ucraniano de 67 años, apodado el Abuelo.

Cuando se le pregunta cómo perdió los cuatro dedos que le faltan en la mano, Tokarev responde con ese estilo enigmático del que gusta rodearse: "Me los comí", dice con una sonrisa.

Tokarev es un veterano de la guerra de Ucrania. Se alistó como voluntario en 2014 y participó en los enfrentamientos más significativos de aquella fase del conflicto. El museo está repleto también de las fotos que tomó en lugares como el aeropuerto de Donetsk -Tokarev es uno de los famosos Cyborg, los soldados ucranianos que resistieron allí el asedio ruso-, la disputada aldea de Pisky o Debaltseve.

Sobre el suelo del recinto ha colocado adrede -"es obligatorio pisarlas", dice- las banderas de las ocho supuestas "repúblicas" prorrusas, cuya secesión promovió Moscú en 2014. De todas ellas sólo perduran las de Luhansk y Donetsk. "En Pavlograd (los separatistas) duraron media hora. Los echamos a patadas", apostilla Tokarev.

Veterano de mil encuentros cercanos con la muerte, el ucraniano admite que los combates que libró en aquellas fechas con los uniformados rusos y sus aliados poco tienen que ver con la nueva forma de hacer la guerra. "Es preferible que usemos ahora robots, porque la vida de las personas vale mucho más", indica.

Su previsión sobre el futuro del conflicto no es optimista. Los rusos se encuentran todavía a 70 kilómetros de Pavlograd, pero la sensación de seguridad que otorgaba antes esa distancia -antes un abismo- ha comenzado a difuminarse ante la transformación que ha registrado la conflagración.

"Los rusos ya han avanzado casi 20 kilómetros en la provincia de Dnipropetrovsk (a la que pertenece su ciudad). Muy pronto Pavlograd se convertirá en otro Pokrovsk (la ciudad del este del país donde se libra una sangrienta batalla desde hace meses)", opina.

Una transformación radical

La percepción de un personaje tan versado en estas lides como Tokarev coincide con la de la mayoría de los analistas, que llevan meses alertando sobre la transformación radical que ha sufrido la guerra en Ucrania, que está sentando todo un precedente para la forma de entender los conflictos.

Como escribía el Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW) el pasado mes de agosto, "el uso del poder aéreo (por parte de Rusia) para atacar objetivos en la retaguardia de la línea del frente" ha conseguido tener un "impacto en las operaciones del campo de batalla".

Lo que antes se entendía por línea del frente ha empezado a ser un concepto ambiguo. Sustituido por una expresión más lúgubre: zonas de la muerte. Una franja que puede extenderse entre 10 y 30 kilómetros más allá de las posiciones de cada ejército, donde los drones eligen a sus "víctimas". Nociones como retaguardia, también han dejado de significar lo mismo.

"Las fuerzas rusas están restringiendo los movimientos ucranianos con vehículos aéreos no tripulados. Algunas fuentes ucranianas observaron que la zona de muerte era de 500 metros a dos kilómetros en 2024, pero desde entonces ha aumentado considerablemente debido a las innovaciones en drones", añadía el texto.

Bajo la nueva dinámica que sigue la guerra, las trincheras han quedado casi vacías, dado que son un objetivo demasiado obvio, sustituidas por pequeños refugios ocultos donde se guarecen grupos de 2 o 3 militares. Lo mismo que hacen las unidades de drones, que se camuflan en sótanos o cavidades excavadas en la tierra, que suelen cambiar cada poco tiempo, ya que son uno de los lugares más buscados por sus adversarios.

El acoso de los AUV en estas localizaciones es tan asfixiante que en ocasiones los soldados se ven obligados a hacer sus necesidades en cubos o botellas para evitar salir al exterior y exponerse.

El suministro de las tropas situadas en los lugares más expuestos se ha convertido en un desafío que requiere la asistencia de robots. Lo mismo que la evacuación de los heridos. El desarrollo de estos drones terrestres todavía se encuentra en su infancia, pero cada vez son un elemento más requerido por las tropas.

"Es mejor usar robots, las personas valen mucho más que una máquina", coincide Tokarev, pese a que él siempre fue un miembro de la infantería.

Los uniformados han comenzado también a trasladar la logística con drones aéreos de carga ya que cualquier envío por los medios tradicionales -camiones o todoterreno- es ahora un viaje casi suicida. Los más arriesgados se atreven a acometer esos periplos sólo por la noche, sin luces y usando visores nocturnos.

En algunas localidades como Pokrovsk, los militares tienen que caminar kilómetros y kilómetros protegidos por uniformados especializados en "cazar" drones con escopetas para transportar esta logística o reemplazar a sus compañeros.

"Los rusos, por ejemplo, cada vez usan más los ponchos térmicos, que les permiten ser invisibles a los visores nocturnos ya que ocultan su temperatura corporal. Usan guantes y máscaras del mismo tipo", explica Mikhailo Artista Vovk, de la Brigada 102 de la Defensa Territorial.

El futuro de las guerras

Al igual que ocurrió con los AUV aéreos, que popularizaron las escuelas de pilotos de estos artilugios, unidades militares como la Tercera Brigada de Asalto han comenzado a crear sus propios colegios de enseñanza para conductores de robots terrestres, que empezó a funcionar en marzo y ya ha entrenado a más de 600 operadores de estos artilugios.

"El futuro pertenece a los sistemas autónomos y a la inteligencia artificial", declaró el responsable de ese centro a la publicación local NV.

Todos los elementos que definían la guerra clásica, los tanques o la artillería pesada, han tenido que replegarse o actuar en momentos puntuales: disparan sus proyectiles y evacúan la zona a toda prisa, antes de que los drones les localicen y los eliminen. Los asaltos con blindados son ya una rareza. La semana pasada este reportero pudo observar en Donbás la acción de las famosas baterías Himars, entregadas por EEUU al ejército ucraniano. El vehículo realizó dos lanzamientos y de inmediato uno de los soldados saltó de la plataforma para recoger todos los artilugios electrónicos desplegados en el entorno y salir acelerando en dirección contraria.

Conscientes del radical giro de las reglas de enfrentamiento bélico, los ucranianos fueron el primer ejército del mundo que establecieron ya en junio del pasado año una nueva rama de las fuerza armadas llamada Fuerzas de Sistemas No tripulados, que agrupa las unidades de drones terrestres, aéreos y marítimos.

Sin embargo, han sido los rusos los que han aprovechado esta fase para avanzar en casi todos los frentes desde principios de año, no sólo en el Donbás -escenario de la pugna más enconada- sino también en las regiones de Dnipropetrovsk o Zaporiyia.

La reconversión de drones como el citado Molniya -el que exhibe Tokarev en Pavlograd-, que han pasado de ser aparatos de señuelo que se usaban para despistar a las defensas antiaéreas a vehículos baratos cargados con varios kilos de explosivos y un alcance de más de 50 kilómetros, han ampliado el arco de la amenaza.

El ISW alertó además en el mismo análisis del pasado mes de agosto que es más que "posible que futuras adaptaciones de los drones hagan ineficaces las contramedidas tradicionales de guerra electrónica y defensa aérea". El think tank admitía que los rusos disponen de "una ventaja actual" a nivel tecnológico. "Es preocupante pero es posible que sea efímera", añadía el comentario.

Moscú pretende incluir en esas zonas de la muerte una amplia franja de grandes ciudades ucranianas Jarkiv, Zaporiyia o Sumy. El centro de la primera localidad fue alcanzado este lunes por uno de los pequeños drones FPV, en lo que los medios locales consideraron como otro paso en ese sentido.

"Estuvimos cuatro horas atrapados"

Mykhailo Vovk se mueve por el hospital de Zaporiyia apoyándose en una muleta. Los soldados de infantería ucraniana como él no dudan sobre la existencia del infierno. Y no aluden a principios metafísicos. El militar de 36 años recuerda su última experiencia como algo muy próximo a la descripción que hacen los textos religiosos de ese hipotético lugar. Los 11 agujeros que tiene en el cuerpo son testimonio de lo cerca que estuvo de engrosar las estadísticas de este nuevo tipo de hacer la guerra.

"Nos enviaron para cerrar una brecha en el frente. Estábamos a 100 metros de las posiciones rusas. Me hirió el primer dron y tuve que replegarme. Me escondí detrás de un pequeño muro, a 200 metros. Me lanzaron otros siete drones. Una explosión tras otra. Estuvimos cuatro horas atrapados. Me dediqué a mirar vídeos de mi hija pensando que era lo último que hacía", relata.

La pugna que mantuvo el grupo de Mykhailo en la aldea de Poltavka, no sirvió para mucho. Los rusos mantienen una progresión constante en esa zona, en el este de la provincia de Zaporiyia, donde el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, advirtió en agosto que Moscú estaba concentrando numerosas fuerzas.

La suerte de Zaporiyia está vinculada a la disputa por Pokrovsk, ya que si cae esa población de Donetsk, la poderosa 90 División Blindada del ejército ruso, podría dirigirse hacia esa gran urbe de unos 700.000 habitantes y otras localidades del entorno.

"Están infiltrando pequeños grupos. Conseguimos eliminar al 70% pero el resto se esconden en casas desocupadas y esperan a ver cuantos sobreviven y se infiltran en el nuevo intento".

Quien habla es Oleg Buriak, máximo responsable de la región de Zaporiyia, que minimiza la significación de los intentos rusos de superar las defensas ucranianas, aunque reconoce que los pequeños FPV comenzaron a alcanzar la capital del área en agosto pasado. "Zaporiyia ya está en la zona de la muerte. Los FPV han alcanzado los barrios del sur. En la región hemos tenido que cubrir unas 40 comunidades con redes anti drones para hacer frente a esta amenaza", manifiesta en su despacho.

Durante las jornadas en las que este reportero permaneció en Zaporiyia, la localidad sufrió el embate nocturno de cohetes y drones en varias ocasiones. Horas y horas de explosiones ininterrumpidas. En una de ellas, el pasado día 6, la aviación lanzó al menos dos bombas de cientos de kilos contra la presa de la ciudad, que dejaron un evidente destrozo en la carretera que recorre esa infraestructura.

"Han intensificado los bombardeos para dejarnos sin luz ni gas. No vamos a poder dar inicio a la temporada de calefacción (en Ucrania está centralizada) el 1 de noviembre. Pero esto ya no es como en 2022, cuando podías avanzar 100 kilómetros en un día. Para que los rusos pudiesen conseguir romper nuestras tres líneas de defensa tendrían que usar una pequeña bomba atómica", apostilló.