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El resultado de España es malo. La tentación es hablar de fracaso, dadas las expectativas creadas, pero la palabra exacta es la de parálisis. Con 18 medallas, España continúa en la horquilla de entre 15 y 20 metales en la que se ha movido después los Juegos de Barcelona, hace ya 32 años. Las 22 medallas de entonces, 13 de oro, permanecen como un récord que no ha podido ser batido en París, pese a contar con la segunda delegación más importante de la historia (383 deportistas), después de la de 1992, en la que la condición de anfitrión permitió inscribir a 422.
España supera en una medalla las cosechas de Tokio y Río, pero empeora las de Londres y Atenas, ambas con 20 tras las correcciones por sanciones por dopaje. Suma 51 diplomas, con nueve cuartos y 20 quintos puestos, más que nunca. En oros, que es lo que define la posición en el medallero, logra cinco, en la media de sus actuaciones desde el 92, hecho que la desplaza a la decimoquinta posición, a distancia de los países de nuestro entorno, como Italia, Alemania, Países Bajos o la propia Francia, aunque su referencia no tenga valor esta vez, al tratarse del anfitrión, que siempre vierte recursos extraordinarios, como España en el 92.
La primera justificación para estos malos resultados es siempre la de la inversión en el deporte de alto nivel, que depende del Estado y suele enfrentar a las federaciones nacionales y el Comité Olímpico Español (COE) con el Consejo Superior de Deportes (CSD). Alejandro Blanco volvió, ayer, a referirse a la necesidad de destinar más fondos.
La extinción del programa de Ayuda al Deporte Olímpico (ADO), puesto en marcha a partir de la concesión de los Juegos a Barcelona, se interpretó como una catástrofe por el aparato deportivo hasta su reconversión en el programa Team España Élite, por el que el Gobierno se comprometía a destinar 48 millones de euros por ciclo olímpico para el alto nivel, una ayuda complementaria a la que reciben las federaciones a través de los Presupuestos del Estado, y directa para los deportistas. La realidad, sin embargo, es que durante los años que el ADO, clave en el éxito de Barcelona, siguió con más dotación, los resultados, en Atlanta'96 y Sidney 2000, no despegaron, incluso bajaron. No deberíamos, pues, hablar únicamente de la inversión, sino de la eficiencia de la inversión. Es momento de reflexionar sobre el modelo.
Una cultura poco competitiva
Los resultados previos a los Juegos en este último ciclo, en Europeos o Mundiales, auguraban estar por encima de Barcelona, pero esta competición no se parece a ninguna otra en términos de presión. La pandemia del Covid obligó, además, a reestructurar y comprimir competiciones, por lo que las referencias no eran demasiado fiables. Una medalla en un Mundial o Europeo que se celebra el mismo año que los Juegos debe ponerse en duda, porque los deportistas dosifican su preparación. Es lo que le ha ocurrido al nadador Hugo González, oro y plata en el Mundial de Doha, o el atleta Mohamed Attaoui, plata europea. El primero no ha progresado prácticamente desde Tokio; el segundo acaba de aparecer y tiene un largo recorrido por delante.
Por otra parte, el sistema de deportistas subvencionados crea una cultura poco competitiva. Un atleta puede garantizarse esa ayuda con un solo podio o una sola marca al año, lo que le permite refugiarse y competir menos, porque económicamente no lo necesita. Los Juegos llevan esa competitividad al extremo. Eso es más fácil para los más profesionalizados, como Carlos Alcaraz, los futbolistas o Carolina Marín, que se exprime en el circuito asiático. El infortunio de su lesión es una variable que afecta, asimismo, a otras delegaciones.
El análisis debe ser más pormenorizado nicho por nicho, y eso implica a las federaciones. Pese a las medallas del waterpolo y la natación artística, la natación en línea necesita un impulso distinto, incapaz de recuperarse del efecto Mireia. El atletismo ha logrado cuatro medallas, como en Barcelona, pero una, la de Jordan Díaz, llega por el atajo de las nacionalizaciones exprés. Abusar de ello no es el camino. España no lo ha necesitado para volver a ganar el oro en deportes de equipo (waterpolo femenino y fútbol masculino), algo que no hacía desde Atlanta, con el oro del waterpolo masculino. Somos un país con cultura de deportes de equipo y eso resta volumen en la formación temprana a las pruebas individuales.
El resultado podría haber sido peor si Rusia, apartada por la invasión de Ucrania y antes sancionada por dopaje, hubiera competido. En Londres sumó 82 medallas que habría que restar a los demás, España incluida, una España poco olímpica.





