Estamos donde estamos. Donde nos ponen los demás. Donde nos ponemos nosotros: en el desván, donde, de caridad, nos permite vivir el fútbol. Somos fútbol y poco más. Una sociedad futbolera tanto como futbolística, redimida en parte por algunos jóvenes entusiastas y heroicos, nacidos aquí o nacionalizados, que se acercan a otros deportes. Incluso, a veces, con fortuna, en la espuma, no en la profundidad de sus disciplinas, huérfanas de densidad.
El fútbol nos la escatima. El triunfo olímpico de la selección masculina, magnífico por otra parte, no hará más que aumentar esa inclinación nacional, esa dependencia. El fracaso de la femenina, detenida en su racha de éxitos, no frenará el aluvión de deslumbradas muchachas que se acercarán al fútbol, como mariposas a la luz, en detrimento del número de licencias en otros deportes. Las niñas ya no quieren ser princesas, sino futbolistas. Y las que ya lo son exigen cobrar como los hombres. Pero el feminismo no da para tanto.
Casi nadie habla en el bar, en el trabajo, en la familia o en el vecindario de otro deporte que no sea el fútbol. Un país en el que, bajo un sol inclemente, y pagando, se reúnen 80.000 personas de todas las edades para adorar la figura, en carne mortal, de un recién fichado. Un país en el que, bajo el mismo sol inmisericorde, aunque esta vez gratis, cientos de miles de almas atestan unas calles céntricas para rendir aclamadora pleitesía a un autobús repleto de futbolistas vociferantes no puede aspirar a volver cargado de medallas olímpicas.
Ha habido pocas y la mayoría de bronce, el mismo número que las de oro y plata juntas. Quincalla, dentro del mérito objetivo. Botín deficitario en cantidad y calidad. Dentro de cuatro años tornaremos al empeño de superar las 22 medallas (13 de oro, ¿eh?) de Barcelona, la Ciudad de los Prodigios, nuestra Ciudad Eterna.
Pero antes, durante y después del encendido del pebetero, de espaldas a su llama, una ciudadanía ajena e indiferente seguirá gritando: "¡Gooooooool!".

