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La heroica ciudad que dormía la siesta en La Regenta necesita en octubre pocas palabras: Campoamor, Reconquista, gaitas. Y con eso basta para evocar el culto cívico que en cada discurso anual del Rey y la Princesa, fija estándares y compromisos: qué celebramos y por qué. Luego, el palmarés los aterriza. El primero de todos, el que pronunció Don Felipe todavía preadolescente en la edición de 1981, contiene un leit motiv que sostiene los Premios de la Fundación Princesa de Asturias a lo largo de los tiempos: "Esta ceremonia contiene una gran esperanza en el futuro". Aquél fue un mensaje político en voz baja pero cargado de sentido que, precisamente aquel año, señalaba un camino de normalidad institucional y continuidad del proyecto democrático; establecía un nuevo ritual civil de país que fijaba la excelencia como fórmula de consenso, apertura al mundo y autoestima, y legitimaba la Corona por servicio público, no por pompa, porque la encuadraba como facilitadora de talento y bien común. En plena reconversión industrial, situar Oviedo como capital simbólica de una aspiración nacional enviaba otra señal: el futuro también se teje en provincias con historia y músculo cultural. La "esperanza" tenía acento asturiano.
Felipe VI recuperó el sintagma "esperanza en el futuro" en 2015, su primera edición como Rey, de Leonor como Princesa y de la Fundación con ese nombre. Tres mensajes en uno: continuidad con propósito, porque el prestigio sólo sirve si empuja hacia adelante; relevo generacional explícito, porque cuando Leonor se incorpora, la "esperanza" se convierte en un proyecto intergeneracional; y anclaje asturiano con vocación global, porque los Premios se celebran en Oviedo, en el marco extraordinario del Campoamor, pero miran a los retos planetarios de la ciencia, la cultura y la concordia.
De María Zambrano a Byung-Chul Han, de Mijáil Gorbachov a Mario Draghi, de Sebastian Coe a Serena Williams, cada octubre los Premios renuevan una esperanza en el futuro que no es decorado: se apoya en obras que amplían derechos, abren conocimiento y mejoran vidas; en un diálogo intergeneracional que convierte la excelencia en tarea común, y en un arraigo asturiano que, lejos de encogerla, la proyecta.

