CRÓNICA
CRÓNICA

Los desheredados de Sacaba Beach: Vivir en una caravana a 200 metros de un ático de 10 millones

Casi un centenar de personas han convertido un solar abandonado en un 'trailer park' de bajo coste juntoa la nueva milla de oro de Málaga. La mayoría son divorciados o parejas, expulsados por el boom inmobiliario de la ciudad y claman por su dignidad: «Nos ven como perroflautas»

Las caravanas de Sacaba Beach, delante de las torres de lujo en construcción.
Las caravanas de Sacaba Beach, delante de las torres de lujo en construcción.
Actualizado

Rafael vive en una furgoneta de 8 metros cuadrados. Divorciado, con 54 años y con una pensión de manutención mensual a pagar, los 1.500 euros que cobra por su trabajo el aeropuerto de Málaga no le dan para un alquiler. Ni siquiera para una habitación en un piso compartido.

Hace un año que aparcó su hogar en Sacaba Beach, el mayor asentamiento de caravanas, autocaravanas y furgonetas de Málaga y, probablemente, de toda Andalucía. Casi un centenar, plantadas con poco orden a pie de playa, en los terrenos de una antigua planta de envasado de butano al oeste de la ciudad, en la nueva milla de oro y a solo 200 metros de una torre de lujo en construcción en la que un ático con vistas alcanza los diez millones de euros.

A su casa sobre ruedas, pintada de rojo intenso, la ha bautizado como a su hija, Estrella, y en la parte de atrás exhibe, en una pegatina, lo más parecido a un lema, aunque también suena a desahogo, a denuncia y a enfado. «Que se compre un piso tu puta madre», proclama desde una de las fachadas del único hogar que se puede permitir.

Rafael y su furgoneta adaptada como vivienda rodante.
Rafael y su furgoneta adaptada como vivienda rodante.

Hoy (es martes y las borrascas han dado una tregua) se ha levantado a primera hora de la mañana y desayuna un café mientras mira el móvil. El café se lo ha preparado en la hornilla de su pequeña cocina, que funciona con la electricidad que obtiene de las placas solares instaladas en el techo y que también le permite, entre otras cosas, cargar su teléfono.

Sonríe porque, a diferencia de las últimas semanas, el sol asoma, aunque tímido, y puede tener abierto el portón mientras saborea su café. No tiene que trabajar hasta por la tarde y podrá, hoy sí, ir en su moto, aparcada y protegida por un plástico justo al lado de la pegatina que lo dice todo en solo ocho palabras.

Cuatro años lleva Rafael Sanchiz viviendo con la casa a cuestas y, aunque sonríe, lo tiene claro: «Si pudiera, preferiría otra cosa».

Pero no puede. Ni siquiera soñar con otra cosa que no sea su furgoneta. Su sueldo, poco más que el SMI, y su estatus de padre divorciado con cargas se lo impiden.

Cuenta que, en otra vida antes de ésta, tuvo paredes de ladrillo y cemento. Que tenía baño con agua corriente ilimitada y muchos más metros cuadrados que los ocho con los que ahora se tiene que conformar. Como tantos otros, dice, se divorció y tuvo que irse de casa y destinar parte de su sueldo a mantener a su hija.

El 'lema' de una vivienda con ruedas de Sacaba.
El 'lema' de una vivienda con ruedas de Sacaba.

Lo de la fugoneta/casa no fue su primera opción. Intentó vivir de alquiler, «pero llegaba el día 5 y no quedaba dinero». Y eso que el piso, que arrendó en el barrio de Ciudad Jardín de Málaga capital, solo le costaba 500 euros. «Hoy piden más de mil euros», señala a modo denuncia.

«Cuando estaba con mi hija no la podía llevar ni a una hamburguesería, tenía que tirar de tarjeta de crédito». Así que Rafael invirtió todo lo que tenía (20.000 euros más otros 7.000 en adaptarla) en la mini casa rodante y dejó atrás aquella vida de ladrillos, a la que le gustaría volver, cómo no, pero que le permite ahora pasar el mes con alrededor de 700 euros e invitar a su hija a una hamburguesa de cuando en cuando. Un lujo que antes era impensable.

Intentó ver y difundir el lado positivo de su nueva vida y hasta se abrió un canal en Youtube (Estrella nómada van life) en el que pregonaba en sus vídeos las bondades de la vida que él no había elegido. Pero no tardó en abandonar su faceta de youtuber porque «era un trabajo y había que dedicarse a él» y porque las bondades le parecieron cada vez menos.

Tres años aguantó sin llegar a fin de mes y otros tres, ya con Estrella, su furgoneta roja, deambuló por diferentes municipios cercanos a la capital. «Aparcaba en cualquier sitio, como un vehículo cualquiera» y allí se instalaba hasta que le echaban. Con el tiempo, apunta, «vas conociendo gente y te vas informando» y alguien le habló de Sacaba: «Lo que pasa aquí no pasa en ningún sitio, es como si fuera un cámping».

Y tiene razón... pero solo hasta cierto punto.

El trailer park de Sacaba Beach es una gran extensión de terreno baldío, una parte con el suelo de hormigón y otra de tierra (y agua en estos días de temporales). Hasta donde alcanza la vista, y algo más allá, hay caravanas, autocaravanas, furgonetas y hasta tiendas de campaña. Algunas, diríase que con algunas comodidades (tampoco muchas), con sus terrazas incluso; hay una con un pequeño y cuidado jardín; algunas en primera línea, a pie de playa. Con vistas incluso.

Miguel Ángel, delante de su caravana con plásticos.
Miguel Ángel, delante de su caravana con plásticos.

Pero hay otras recubiertas de plásticos para evitar goteras empecinadas; algunas que parecen que vayan a venirse abajo de un soplo de viento y hay una decena, quizás más, de camiones amarillos en los que aún se puede leer la marca, muy conocida, de unas patatas fritas que se alquilan a razón de 500 euros al mes, todos propiedad del mismo empresario, que ha visto una oportunidad de negocio (un mínimo de 6.000 euros al mes de ingresos y gastos mínimos) en la necesidad de alojamiento de quienes no pueden pagar ni una habitación en un piso compartido.

Miguel Ángel Caparrós, 46 años, es de los que luchan contra las goteras con lonas y, pese a todo, el agua consigue entrar en la desvencijada caravana en la que vive con su mujer, Carmen, con una discapacidad. Hace seis meses que estrenaron casa en Sacaba Beach y, aunque la suya tiene goteras y amenaza ruina, dice que no hay comparación con la vida en la tienda de campaña con la que se instalaron nada más llegar.

En su otra vida, la vida antes de Sacaba, Miguel Ángel vivía en un piso, con paredes y todo lo demás. Lo compartía con su hermana, pero tuvo que dejarlo por problemas familiares y su pareja, Carmen, que vivía con sus padres, se fue con él.

«Intentamos buscar piso, pero fue imposible», se lamenta mientras cuenta que está empleado en una empresa de limpiezas, pero que está de baja por problemas en las cervicales que le impiden trabajar, entre otras muchas cosas. Él cobra 1.200 euros mensuales y Carmen, una paga de apenas 400 euros, insuficiente no solo para hacer frente a una mensualidad de alquiler, sino hasta para pasar el filtro de un contrato por el que «nos piden hasta aval».

La caravana en la que, al fin, encontraron refugio, les costó 1.500 euros y la encontraron, recuerda, a través del portal milanuncios.com. Pero, como dice Miguel Ángel, «está reventada» y no tiene ni electricidad. «Te tienes que adaptar y el agua, cuando llueve, entra por todos lados».

En el horizonte de chapa de este rincón junto a la playa de Málaga hay casi de todo y, aunque la inmensa mayoría no está aquí por gusto, también hay quien, dice, lo ha elegido. Claro que eso se nota.

Julio, argentino afincado en España, en su caravana.
Julio, argentino afincado en España, en su caravana.

Basta cruza el enorme charco que tiene delante de su casa Miguel Ángel para ver la diferencia.

Julio Romero es rara avis en Sacaba Beach. A sus 55 años, argentino de nacimiento aunque lleva en España una vida, afirma que no cambiaría sus dos caravanas en una vive con su pareja, en la otra trabajan) por un piso. De hecho, explica mientras sorbe mate humeante, tienen un piso que hace tres años le cedieron a uno de sus hijos y al que, insiste, no volvería.

Su trabajo -media jornada como repartidor de Just Eat- le deja mucho tiempo para disfrutar, para la vida a ritmo pausado que eligió hace tiempo, con la vista puesta en una jubilación -«me quedan diez años»- que le permita completar su sueño, viajar, pasar largas temporadas fuera de Málaga, en las islas Canarias apunta, y, siempre, a todos lados, con su casa a cuestas.

Pero la historia que cuenta Julio poco, o nada, tiene que ver con la de la mayor parte de sus vecinos. Lo mismo que este asentamiento se diferencia, y no poco, de un lugar de veraneo.

No se parece Sacaba Beach a un camping en que, por ejemplo, no hay suministro de agua por ninguna parte... ni se lo espera. Había, cuenta Rafael Sanchiz, duchas hace un tiempo, «pero las quitaron». Tampoco hay ningún sitio en el que poder tirar las aguas sucias o en los que recargar los depósitos. Los vecinos de este asentamiento tienen que cargar con sus residuos hasta un camping de verdad y pagar.

Fanny, veintipocos, tiene muy claro que no vive en un camping. Su caravana, en la que pasa sola la mayor parte del día, no tiene ni electricidad e ilumina sus noches con guirnaldas de luces a pilas, ésas que adornan las terrazas de los pisos que ella no habitará. Su pareja, relata, trabaja en la venta ambulante y los ingresos, inestables y reducidos, no dan para más.

Rafael, Miguel Ángel y Carmen, pero también Fanny, Fabio o David, comparten, además de vecindario en este peculiar trailer park, una historia similar. Una tragedia común, han sido expulsados del mercado inmobiliario en una ciudad, Málaga, que ha visto en los últimos años cómo los precios de la vivienda se disparaban muy por encima de la media nacional, ya de por sí extraordinaria. Al calor de la pujanza económica que la ha convertido en hub tecnológico y destino de grandes multinacionales y legiones de profesionales altamente cualificados y mejor pagados, la capital de la Costa del Sol se ha convertido en inaccesible para quienes a duras penas llegan al salario mínimo.

Fanny, en la puerta de su 'casa' sobre ruedas.
Fanny, en la puerta de su 'casa' sobre ruedas.

Málaga está en el top de los precios de vivienda del país y se cuentan por decenas los informes periódicos que avalan hasta qué punto vivir en esa ciudad es prohibitivo.

El portal idealista.com, por poner un ejemplo, certifica que Málaga alcanzó su máximo histórico en octubre del año pasado, con un precio de 3.623 euros el metro cuadrado, un 12,2% más que en los doce meses anteriores. Mientras, en España el metro cuadrado se cotizaba, de media, a 2.650 euros.

En el barrio de Pacífico, que está justo al lado de Sacaba Beach, idealista anuncia un ático de 525 metros cuadrados (como 65 veces la furgoneta roja de Rafael), solarium privado, piscina, garaje y vistas al mar por diez millones de euros.

Desde ese ático, todavía en construcción, se ve, además del mar, la furgoneta roja de Rafael, su humildísimo hogar de ocho metros cuadrados, sin solarium, sin piscina, sin paredes...

Las torres, más altas cada día, se ven desde Sacaba como una amenaza creciente y son muchos -Rafael entre ellos- quienes ponen fecha a su desalojo, el año próximo, 2027, que es cuando se prevé que sus ricos vecinos puedan mudarse a sus pisazos de lujo. «Nos quieren echar de todos lados», se queja con amargura y un punto de enfado.

Defiende Rafael la dignidad de quienes viven en Sacaba Beach, aunque «nos ven como perroflautas» y reclama el derecho a vivir con esa dignidad que, reitera, nadie les puede arrebatar.

Por eso, hace ya unos meses, empezó a armas la defensa de su aldea gala de caravanas y chapa y anda liado con un germen de asociación con que pretende convertir en altavoz y muralla frente a esos que les ven como «perroflautas» y, sobre todo, contra quienes quieren echarles «de todos lados».

De momento, es solo un grupo de WhatsApp, aunque ya cuenta con 120 miembros (y subiendo), pero la intención es que, en el menor tiempo posible, se convierta en una organización que represente a quienes, como Rafael, Miguel Ángel o Jenny no encuentran más techo bajo el que vive que uno de chapa y sobre ruedas.

Rafael no quiere dar pasos en falso y ha contacto con un despacho de abogados para que le asesore.

Un perro bebe agua en un charco enorme formado por la lluvia en mitad del asentamiento.
Un perro bebe agua en un charco enorme formado por la lluvia en mitad del asentamiento.

Tiene en mente una asociación para «las personas que vivimos de forma permanente en vehículos vivienda» y lo que pide, explica una especie de manifiesto que está distribuyendo, es el reconocimiento por parte de la clase política. «Que también somos personas, familias, ciudadanos, votantes... Que contribuimos y formamos parte de la sociedad activa. Y que cada vez somos más a consecuencia de la economía».

Concretando, reclaman tener zonas en las que puedan llenar y vaciar sus depósitos y lugares «en los que podamos estar aparcados/viviendo con dignidad, cerca de zonas comerciales y con transporte público».

Se queja de que son perseguidos, de que «se nos tacha de ciudadanos de tercera, incívicos y cerdos, cuando los que vivimos así, al menos el 90%, cuidamos y miramos por nuestro entorno, ya que es parte de nuestro hogar».

No es una elección propia, repite Rafael, «nos vemos abocados a hacernos nómadas» y recuerda que en otros países, como Australia o Estados Unidos, hay multitud de trailer parks, con servicios de todo tipo. Muchos Sacaba Beach, pero sin torres de lujo que van proyectando su sombra y su amenaza de desalojo.