A algunos periodistas les sentó mal que Netflix promocionase Bienvenidos a Edén fletando aviones a Ibiza y llenándolos de influencers. Nada que no haya pasado antes. Y desde luego no será ésta una serie que no haya hecho también campaña en medios tradicionales. Pocos productos de Netflix lo han intentado tanto. Pero que Bienvenidos a Edén sea bastante mala no juega a su favor. Ni que trate sobre una isla que atrae a jóvenes con promesa de fiesta y evasión para una vez allí tenderles una trampa. El chiste con los influencers volando a Ibiza se hace solo.
Hacía yo el otro día otro chiste sobre cómo podría existir ya el equivalente televisivo de esa inteligencia artificial capaz de dibujar lo que tú le pidas. Una plataforma, llamémosla Netflix, encarga una serie que tenga unos determinados elementos y esa empresa responde a la petición perfectamente. Bienvenidos a Edén es el enésimo ejemplo de serie cuyo proceso de gestación parece haber sido ése. Firmada por Joaquín Górriz y Guillermo López Sánchez, la serie tiene un montón de elementos que bien podrían haber salido de un informe de consumo de la plataforma: jóvenes, isla, fiesta, torsitos, misterio, influencers, tecnología y Amaia Salamanca. Ahí los tienes, ahora hazme una serie. Esa serie es Bienvenidos a Edén y, efectivamente, es un déjà vu constante. Todo parece ser una copia barata de algo que has visto en otros sitios: en Raised by Wolves, en Black Mirror o en Élite, qué más da. A la hora de emitir sus informes, la máquina no distingue de dónde vienen los números.
A estas alturas, no sorprende tropezarse con una serie sin alma, promocionada a través de redes sociales y refractaria a cualquier tipo de análisis adulto. La era del contenido también es eso: alpiste audiovisual que parece hecho por una inteligencia artificial. Una inteligencia o una tontería.
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