"El pasado 21 de agosto cumplí 101 años... ¡En un siglo pasan tantas cosas!", exclama Iñaxi Lasa, la entrañable centenaria guipuzcoana que lo revienta en Instagram y Tik Tok con sus admirables entrenamientos de fuerza en el gimnasio.
Mientras científicos y millonarios se afanan por encontrar el secreto de la 'eterna juventud' en puñados de pastillas y, en muchos casos, rutinas incompatibles con la vida de cualquier ser humano 'normal', Lasa es el mejor ejemplo de que, a veces, la solución puede ser mucho más sencilla, sensata (y barata) de lo que pensamos. ¿Cómo se le explica a una mujer de más de 100 años que se ha pasado la vida trabajando en el campo está obsesión por una longevidad cimentada 'entre algodones'? "Lo que yo viví durante mi infancia y juventud no tiene nada que ver con lo de ahora. No existe ni punto de comparación. Nuestra vida consistía en trabajar y trabajar".
Basta con escuchar el relato de su vida para entender de dónde saca esa fuerza colosal de la que hace gala. "Me quede huérfana de padre a los ocho años y, cuando tenía 12, comenzó la Guerra Civil. Vivíamos en un caserío y, como todavía no teníamos luz, nos alumbrábamos con un quinqué de petróleo".
Desde pequeña, prosigue, "trabajé en el campo, cuidando la huerta, con los animales, recogiendo la hierba en verano... Allí siempre hay trabajo; te jubilas cuando no puedes más".
Lasa confiesa que "el trabajo físico siempre me gustó". Lo que no le gustaba tanto era ir a la escuela. "Nos quedaba muy lejos de casa y teníamos que ir andando. Por aquel entonces, nevaba mucho más que ahora y, entre la nieve y el barro, la mitad de las veces ni íbamos. Lo cierto es que ir a la escuela hasta los 14 años era casi un lujo, porque, a esa edad, muchos niños tenían que ponerse a trabajar ya. Son cosas que ahora se las cuentas a la gente y no se las cree".
En su época, asevera, "cuidarse consistía en poder comer todos los días e intentar no coger una enfermedad infecciosa. Se puede decir que nos cuidábamos sin quererlo, porque todo el trabajo que hacíamos era físico".
¿Proteínas magras? ¿Grasas 'buenas'? ¿Hidratos complejos? ¿Qué ha comido esta guipuzcoana desde que era niña? "En aquella época, se comía lo que se podía. Nosotros no pasamos hambre, porque, como vivíamos en el campo, nunca nos faltó de nada. Podíamos cultivar nuestras verduras, frutas y legumbres y, además, hacíamos la matanza en casa".
Todo iba bien hasta que irrumpieron en escena los alimentos de etiquetas interminables (e indescifrables): "No empezamos a consumir comida procesada hasta la década de los 70. Por aquel entonces, no sabíamos ni lo que era eso. Solo sabíamos que todos esos productos llenos de azúcar y grasas estaban muy ricos. Lo mismo pasaba con el tabaco; nadie pensaba que era muy malo para la salud. Fue mucho más tarde, bien entrados los 80, cuando nos dimos cuenta de que no era bueno, pero, al principio, todos caímos en la trampa".
En 1994, relata, "me detectaron un cáncer de mamá. Fue un proceso durísimo y muy angustioso durante el que me extirparon la mamá y tuve que enfrentarme a cinco años de hormonoterapia con tamoxifeno años. Años más tarde, continua, "me fracturé una cadera y con 94 años, la otra. ¡Mi historial clínico era como una película de terror!", bromea.
A esa edad, los 94, tomó la decisión que le ha cambiado la vida. "Mi hijo me dijo que tenía que empezar a ir al gimnasio. Yo ya hacía mucha bici estática en casa y me mantenía muy activa, pero lo de ir al gimnasio me daba mucha vergüenza. Pensaba que la gente se reiría de mí, pero, después de un tiempo, vi que nadie reparaba en mi presencia y, encima, me encontraba muy bien, con mucho apetito y sin dolores".
Hoy, Iñaxi Lasa no perdona ni un solo día su sesión de entrenamiento. "Me levanto temprano y desayuno a las 8 am. Suelo dar un paseo de unas dos horas -unos 5 km- y después hago entre una hora y media y dos horas de gimnasio".
La recompensa de su esfuerzo no tiene parangón. "Me hace sentir más ligera y también me viene muy bien para la cabeza. Lo mejor que puede hacer una persona después de jubilarse es comenzar a entrenar. Es más, yo creo que los beneficios del ejercicio físico para los ancianos son incluso superiores que para los más jóvenes. El deporte es una pastilla universal que todo el mundo debería de tomar". La palabra procrastinar no existe en su diccionario: "¿Si alguna vez me da pereza hacer ejercicio? No, nunca. ¡Es más, creo que vivo para ello!".
Hacer deporte a diario le ha cambiado hasta la manera de comer. "Mi dieta de ahora es mucho mejor que la de hace 30 años. Tomo mucha verdura, legumbres y carne blanca. El pescado y el yogur no me gustan mucho, la verdad. Y trato de evitar las harinas, el azúcar, los zumos y los fritos".
En pleno boom de la suplementación, Lasa explica que ella lleva más de tres décadas tomando un producto en concreto. "Tomo magnesio desde hace más de 35 años, mucho antes de que se pusiera de moda, por un libro que leí de Ana María Lajusticia allá por los años 80", concluye.

