- Carolina Castiglioni, de Marni a Plan C: "Es difícil ser sostenible en una industria que te obliga a ofrecer todo el tiempo cosas nuevas contra el aburrimiento dedel consumidor"
- De Vuitton a Mascaró, Bvlgari, Hermès... Los nombres propios detrás de los bolsos con los que sueñas y por qué casi nadie los conocía (hasta ahora)
La carrera profesional de la mallorquina Isabel Guarch tiene, al menos hasta el día de hoy, dos momentos cumbre, dos que han marcado profundamente la diferencia para ella y para su marca homónima. El primero, hace 20 años, cuando tras coger las riendas del negocio de joyería de su madre decidió atreverse a hacer algo muy diferente: piezas inspiradas en la tradición y la historia de la isla, con referencias tan distintas como la arqueología o el arte. El segundo, cuando en 2022 la Reina Letizia lució unos pendientes suyos en un acto en el Palacio de Marivent. Los volvería a llevar en otras ocasiones, como durante los Juegos Olímpicos de 2024. La fidelidad de Letizia a las joyas de Guarch es sin duda la más envidiada por las marcas españolas: desde aquel 2022, la Reina no ha fallado ni un año a su cita con la diseñadora.
Pero el reino de Guarch no se limita a Mallorca. Si la inspiración es mallorquina, la aspiración es global. Recientemente estuvo en Madrid para abrir camino en la capital -aunque hace tiempo que sus joyas tienen corner en algún El Corte Inglés de la ciudad- con una muestra de algunas de sus colecciones más idiosincráticas, a la que llamó Mallorca eterna.
El universo joyero de Isabel Guarch es un medidísimo equilibrismo entre artesanía milimétrica y creatividad desbordante. Cada pieza nace de un diálogo entre tradición y experimentación: cruces de Calatrava reinventadas, gemas poco convencionales engarzadas en metales preciosos, montajes que desafían la simetría tal y como la pensamos, texturas y volúmenes decididamente artísticos... Para lograrlo, Guarch ha construido durante los últimos 20 años un ecosistema completo de talleres, artesanos y proveedores, donde cada acto, técnica y detalle refleje el manifiesto respeto de la firma por la materia prima y el oficio. Es su sello.
La exposición de Madrid, ¿cuál ha sido su objetivo?
Es un proyecto para presentar y explicar la cultura y la tradición de Mallorca a través de los diseños de nuestras joyas. Llevo 20 años diseñando con inspiración mediterránea y contando historias, y pensamos que era un buen momento para hacerlo visible. Madrid es una ventana abierta al mundo. En Mallorca tenemos mucha esencia y mucha inspiración, pero también es importante darla a conocer, y Madrid es el sitio. Además, hace un año que pertenecemos al Círculo Fortuny y el hecho de poder hacerlo en este espacio (The Craft, de Abadía Retuerta), gracias a esa conexión... Nos pareció que todo encajaba.
Fuera de Mallorca, ¿existe sensibilidad hacia lo mediterráneo, hacia lo mallorquín? ¿Cómo se reciben tus joyas?
Bien. Tenemos muchos clientes que no son mallorquines y a los que les gusta la marca y lo que transmitimos. Muchas veces compran por el diseño, porque lo ven diferente a lo que encuentran en otros sitios, y después, cuando les cuentas la historia que hay detrás, todavía les gusta más.
O sea, primero entra el diseño y luego el relato.
A lo mejor les explicas que ese colgante es una moneda, que tiene una historia concreta, y ahí se quedan aún más sorprendidos y enamorados. Pero la compra inicial suele ser por el diseño.
Llevas veinte años buscando inspiración en la historia, la arqueología y la tradición mallorquina. ¿Eso no condiciona demasiado?
No, porque es como me gusta trabajar. El proceso creativo empieza por decidir qué historia queremos contar y a partir de ahí buscamos la pieza. No es nunca al revés. Por ejemplo, la colección Foners, la primera colección masculina de la marca, me llevó diez años de reflexión. No encontraba un motivo lo suficientemente fuerte hasta que, hablando un día con un director teatral mallorquín que trabajaba sobre historias de la isla, surgió la idea de los honderos, los primeros guerreros de nuestras islas. Ahí lo vi claro: quería contar esa historia a través de joyas.
Además, la joya conecta muy bien con el pasado: gran parte de lo que sabemos de épocas remotas nos llega precisamente a través de ellas.
Así es.
El negocio lo inició tu madre. ¿Qué tipo de joyera era?
Hacía joyas por encargo. Es algo que seguimos haciendo hoy, aunque en mucha menor medida. Tenía un gusto exquisito y un gran conocimiento del saber hacer artesanal. Ella buscaba las gemas, hacía los diseños... Y después contaba con muy buenos artesanos, que es algo clave para poder materializar una idea. Era un proceso muy bonito, porque al final era cumplir un sueño del cliente.
Al tomar tú el relevo, ¿cuándo decides romper con ese modelo?
En 2005. La idea inicial no fue solo mía, sino de una persona del equipo con la que llevo trabajando 20 años. En aquel momento nadie hablaba de storytelling. Me propuso rediseñar una joya tradicional mallorquina y fue un reto enorme, porque yo venía de trabajar por encargo, con el feedback directo del cliente. Diseñar ya no una pieza sino una colección entera y lanzarla al mercado generaba muchas dudas, pero el éxito fue tal que decidimos crear una colección nueva cada año.
¿Cuál fue la primera pieza?
La Cruz de Calatrava, este colgante que llevo. Es un símbolo muy mallorquín, con más de 500 años de historia. Lo reinterpretamos de una forma más depurada y moderna, y funcionó muy bien. También gustó mucho cómo lo montábamos, porque empezamos a utilizar la cruz, por ejemplo, para hacer unos brazaletes combinados con cueros y perlas y con dos crucecitas colgando... Todo eso añadía modernidad y permitía llevar la joya de una forma diferente.
¿Convivieron durante un tiempo las dos formas de trabajar?
La joya por encargo nunca ha desaparecido del todo.
¿No está influida hoy por el universo estético de la marca Isabel Guarch?
Sí, aunque cuando alguien encarga una joya lo que busca es contar su propia historia. Es una experiencia muy personal, donde el cliente comparte conmigo su historia, el proceso creativo... Todo ese trato al final es algo muy bonito.
Antes mencionabas el 'storytelling', que ahora es una especie de mandato superior para las empresas... En tu caso, ¿esa narrativa no puede llegar a oprimir?
No, porque para eso están las piezas únicas. A veces ves una gema que te gusta, diseñas algo y ya está, sin narrativa detrás. También hacemos eso.
En 20 años, ¿cómo ha cambiado tu propia forma de trabajar?
Yo creo que la experiencia es un grado, eso está claro. El gran reto fue mi primer diseño de la Cruz de Calatrava: no sabía ni por dónde empezar. Cuando haces sólo una pieza, se la encargas a un artesano especializado y sabes que la va a interpretar bien. Nosotros trabajamos con varios talleres y sé perfectamente qué tipo de piezas puedo encargar a cada uno. Algunos son auténticos artistas y crean piezas hechas a mano, pero siempre una por una. Cuando llegas a hacer una colección y necesitas producir más unidades, todo cambia. Por ejemplo, nunca había trabajado con fundición, moldes o cera perdida, así que tuve que informarme y asesorarme con tres artesanos. Recuerdo ir hace 20 años a un taller en Santa María, presentarles la cruz y preguntar cómo podíamos producirla y qué costos implicaba. Así vas aprendiendo todo el proceso. Hoy eso ya lo tengo dominado, pero al principio era todo nuevo y diferente. El acabado y el montaje también son fundamentales. Por ejemplo, el collar Formentor está montado con jades de diferentes tallas, y eso es lo que lo hace especial. Me gusta que las cosas no sean uniformes; lo habitual sería usar piedras del mismo tamaño, pero nosotros rompemos esa regla. Cada detalle del diseño implica buscar materiales, montar, enfilar... al final, hay mucho equipo detrás.
El tema de los artesanos preocupa mucho al sector del lujo, porque cada vez hay menos, no existe apenas relevo generacional. ¿Cómo lo ves en Mallorca?
Es cierto que muchos jóvenes que están en estas artesanías quieren crear su propia marca y no tanto trabajar para otros. Aun así, yo no soy pesimista; creo que el trabajo artesanal seguirá existiendo. Siempre habrá un nicho de personas dispuestas a pagar por algo hecho a mano y con alma.
¿Qué peso tiene para Isabel Guarch el canal online?
Es muy importante, y no sólo por las ventas, sino porque sirven como un escaparate a nivel internacional. Aunque la joya es algo que gusta tocar y ver en persona, el online abre nuestra historia y nuestras colecciones al mundo.
Y que la Reina Letizia lleve joyas de Isabel Guarch...
Eso es fantástico. Da una visibilidad enorme y es algo muy de agradecer, no sólo en nuestro caso, sino para todas las marcas españolas que ella utiliza.
¿Hay una pieza 'eterna' en la marca, una que la identifique especialmente?
Es difícil elegir, pero el rosetón de la Catedral de Palma creo que identifica mucho a la marca. La colección Formentor (en oro y piedras preciosas, con motivos vegetales de esta zona de la isla), también es muy especial. Y luego está la colección Estel, cuyo motivo central es la estrella de mar, que se vende muchísimo porque para muchos clientes es un recuerdo directo de Mallorca.
¿Cómo es tu proceso creativo hoy?
La verdad es que compagino el diseño con la gestión, así que es bastante complicado por lo limitado del tiempo. Somos un equipo pequeño y el día a día a veces se come la parte creativa. Cuando toca crear una colección, decidimos primero el hueco que queremos cubrir y después el motivo. A partir de ahí vienen bocetos, modelos, pruebas, materiales y combinaciones de gemas. Las nuevas tecnologías ayudan mucho, pero la esencia sigue siendo la misma.
Como empresa, ¿prefieres crecer o mantener un tamaño controlado?
Prefiero un crecimiento controlado. Hubo intentos de internacionalización que no funcionaron, y decidimos centrarnos en Mallorca y en reforzar la marca. El componente internacional llega a través de los visitantes y de la prensa extranjera que se interesa por lo que hacemos.
¿Se puede crecer sin crecer?
Sí. Se puede.
¿Tu madre llegó a ver la transformación de la empresa? ¿Qué le parecían las nuevas joyas?
Sí. Falleció hace diez años, pero pudo disfrutarlas. Le gustaban y además las lucía muy bien. Estaba muy orgullosa del espacio que habíamos creado en Palma. Una vez me dijo: "Yo lo he hecho bien, pero tú me has superado". Nunca se lo dije, pero me emocionó mucho.
Siempre has vivido en Mallorca. ¿Nunca te planteaste moverte a la península?
No. He tenido la suerte y la oportunidad (además me encanta) de viajar mucho, porque mi marido era piloto. Y siempre aparece la típica pregunta: ¿y dónde vivirías si no lo hicieses en Mallorca? Al final siempre acabo diciendo: es que no cambiaría vivir en Mallorca por ningún otro sitio de los que conozco. Me encanta, por ejemplo, venir a Madrid, de hecho mi marido es de aquí, y mi padre era madrileño. Pero me encanta para esto, para venir de visita. Pero para vivir, Mallorca.
Si tu marca hubiese nacido en Madrid... ¿sería muy diferente?
Buena pregunta. Pues igual hubiera seguido un poco la misma línea. De hecho, por ejemplo, una de las piezas que hemos hecho en el pasado y que a lo mejor retomamos algún día es una pulsera que me encanta y se llama Nostra. Está hecha con piezas de tela de los trajes tradicionales de las payesas de Mallorca y entre tubito de tela y tubito de tela hay una entrepieza, en total 12, y cada una de ellas cuenta un pasaje de la historia de Mallorca desde los primeros habitantes hasta nuestros días. Cada motivo es un símbolo. Como esta pulsera le gustaba tantísimo al que era entonces gerente de El Corte Inglés, me decía: "Si me haces una de Madrid, yo te la pongo en El Corte Inglés". Y la hicimos, y era muy bonita. De hecho, la presentamos en el Parador de Alcalá de Henares, hicimos ahí la presentación de la pulsera, y después hicimos otra de Barcelona.
Para cerrar: Isabel Guarch es una empresa familiar. Pero ¿tendrá continuidad?
Sí [en este momento de la entrevista aparece Gonzalo, uno de los dos hijos de Isabel, con el que luego continuará la conversación]. Gonzalo trabaja ahora en Londres, en investigación de mercado, pero participa en los momentos clave para le empresa. La colección masculina la diseñamos juntos, de hecho. La empresa es y seguirá siendo muy familiar. Es una forma de asegurar continuidad sin perder identidad.


