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No eres tú. Es tu biología. A ella puedes cargar la culpa de que no seas capaz de dejar de hacer scroll en la pantalla de tu móvil aunque sepas de sobra que no te conviene. Así lo asegura Nicklas Brendborg, el prestigioso biomédico danés conocido por ser el autor de 'La medusa inmortal', el libro sobre la longevidad que poco después de publicarse se convirtió en superventas en 18 países. Animado por el éxito de aquel volumen, Brendborg, investigador postdoctoral en Biología Molecular de la Universidad de Copenhague, ha continuado su empeño en acercar a los profanos el funcionamiento de la biología y de cómo ésta puede explicar la manera en que nos comportamos. Con ese propósito acaba de publicar el libro 'Superestimulados', un ensayo que explora de qué forma las diferentes industrias utilizan la ciencia para manipularnos y lograr que consumamos más, incluso a costa de nuestra salud.
Nicklas Brendborg analiza desde la perspectiva de la bioquímica las principales tácticas de la industria para crear estímulos que generen un placer inmediato y nos lleven a la adicción. Así, revela cómo un ejército de investigadores tiene como misión conseguir, por ejemplo, que siempre comamos un poco más o nos resistamos a apartar el móvil. El objetivo en ambos casos es el mismo: identificar algo hacia lo que nos sintamos atraídos y crearlo en versión artificial y exagerada. Es lo que él llama superestímulos y son los responsables de que no seamos capaces de abandonar los malos hábitos; no es cuestión de falta de voluntad, sino de química, porque estos estímulos, que superan con creces los que podemos encontrar en la naturaleza, nos hacen felices. Por eso caemos rendidos.
En este sentido, los peores enemigos se encuentran en las industrias alimentaria y tecnológica, especialmente en su consabida extensión a las redes sociales. Y en ambas el patrón afecta en mucha mayor medida a las mujeres: el porcentaje de quienes sienten que las redes condicionan su salud mental duplica al de los varones y, según un estudio reciente de la Universitat Pompeu Fabra (UPF) y de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), ellas usan de forma más intensiva y compulsiva plataformas como TikTok e Instagram. Es una brecha de género que responde a que "las chicas se sienten más observadas y presionadas por la imagen y el aspecto físico que proyectan, además de necesitar mayor validación externa", explica Mireia Montaña, coautora del informe.
Hablando de alimentación, los superestímulos que analiza Brendborg han provocado que se disparen las tasas de obesidad "hasta tal punto que la mayoría de la población a nivel mundial está camino de sufrir sobrepeso en pocos años", asegura el investigador. "Hemos ganado muchos kilos porque los alimentos que consumimos están diseñados para comamos en exceso. Los fabricantes hacen lo que está en su mano para manipular la regulación del apetito. Todo está optimizado, hasta el color, la textura y el sonido de los alimentos. El resultado es que nos enfrentamos a una crisis sanitaria global que ha llegado a los rincones más recónditos del planeta", añade. Porque, en contra de lo que pueda pensarse, la epidemia de obesidad no es un fenómeno exclusivo del primer mundo; en algunos países de Oriente Próximo, como Egipto, Catar o Kuwait, hay ahora más sobrepeso que en Estados Unidos y son las pequeñas islas del océano Pacífico las que encabezan hoy la lista en cuestión de gordura: en la mayoría de ellas el 80% de la población tiene sobrepeso y el récord lo ostenta Nauru, con un 90%.
Superestímulos en la pantalla
No obstante, y a pesar de las cifras anteriores, Brendborg señala las redes sociales como uno de los peores superestímulos a los que estamos sometidos, "porque remodelan la atención, el comportamiento social y nuestra salud mental", asegura. "La adicción a las redes y otras actividades online está desplazando cada vez más nuestras vidas del mundo físico al digital. Coincidiendo con ello, asistimos a un aumento espectacular de los casos de soledad, a la caída de las tasas de natalidad y al aumento de problemas como la ansiedad y la depresión", afirma. El experto sustenta sus argumentos en un estudio llevado a cabo en España, publicado por IZA Institute for Labor Economics, que constató una importante correlación entre el acceso a internet y a las redes sociales y una creciente brecha de género en la salud mental de los adolescentes. Los científicos se centraron en los cambios que ocurrían cuando los jóvenes tenían acceso a una red de alta velocidad: se incrementaban los ingresos hospitalarios por problemas de ansiedad, depresión y autolesiones en las chicas. Esto no sucede porque la tecnología sea "intrínsecamente perjudicial, sino porque sustituye la interacción social y la presencia del mundo físico real, al mismo tiempo que distorsiona nuestras percepciones", explica Brendborg. El instinto hace que nos atraigan las personas hermosas y los algoritmos de las redes, ávidos por captar nuestra valiosa atención, se aprovechan de ello. "Los que 'ganan' y llegan a nuestras pantallas son los más hermosos entre miles, millones de personas. No son representativos de la población en general, pero, por desgracia, el cerebro tiene un sesgo cognitivo: 'lo que ves es lo que hay'. Como nos pasamos horas en las redes sociales, esta gente tan inusal se convierte en nuestra referencia, y eso altera nuestro sentido de la realidad social", sostiene. Es decir, vemos más a menudo a los que son 'uno entre mil' o 'una entre un millón' que a quienes podrían considerarse la norma.
Enganchados al scroll
Si sabemos lo mucho que nos perjudica, ¿por qué no somos capaces de dejar de hacer scroll? "Porque las redes sociales modernas están diseñadas para enganchar el máximo tiempo posible. Las empresas ganan dinero con la publicidad, por lo que su estrategia es mostrar tantos anuncios como puedan para maximizar sus ingresos. El diseño en sí mismo funciona con mecanismos similares a los que utilizan las máquinas tragaperras de los casinos. En este caso, la recompensa no llega en forma de dinero, sino de algo divertido, sorprendente, cargado de emoción o que nos valida socialmente. Y como estas recompensas aparecen de forma impredecible, activan el sistema de aprendizaje del cerebro y hacen que nuestro comportamiento sea inusualmente persistente", responde Brendborg.
En cualquier caso, no se trata de convertirse en ermitaño: las redes sociales son una realidad de la que hoy día no es posible apartarse, sólo que hay que aprender a usarlas de la forma correcta. ¿De cuánto tiempo de uso hablamos para que sean saludables?, le pregunto. "Lo relevante no es cuántos minutos al día podemos usarlas, sino saber si lo hacemos de manera intencionada o compulsiva y si eso desplaza al sueño, la actividad física, el trabajo o la interacción social real. Cuando esto empieza a pasar, no es sano, independiente del tiempo exacto que dediquemos", responde el experto.
Para que no se nos vaya de las manos, Brendborg señala cuatro consejos muy prácticos que nos ayudan a limitar nuestro tiempo frente a la pantalla. Son los que él, que sí usa las redes sociales de forma habitual, se aplica a sí mismo para librarse de la adicción del móvil:
- Consigue un despertador físico para no empezar el día desplazándote por la pantalla. No guardes el teléfono en tu dormitorio.
- Utiliza aplicaciones de bloqueo para impedir el acceso a las que son más adictivas hasta determinadas horas del día, por ejemplo, por la mañana o durante las horas de trabajo.
- Desactiva todas las notificaciones de las aplicaciones adictivas.
- Los seres humanos tenemos una excelente visión del color; eliminarlo hace que usar las aplicaciones sea mucho menos estimulante y gratificante.
Y el consejo definitivo, añade el experto, es "tener dos teléfonos. Uno práctico que lleves contigo y tenga todas las aplicaciones que realmente necesitas para la vida diaria (mensajes, mapas, herramientas de productividad, etc.), y el otro de entretenimiento, para las redes sociales y similares. Este último es el que debe quedarse en casa y bloqueado durante la mayor parte del día".
Por último, señala el experto, lo que sí debe limitarse es el acceso de los niños y los más jóvenes a las redes sociales. "Es lo prudente, porque su cerebro aún se está desarrollando, especialmente en las áreas relacionadas con el control de los impulsos, la recompensa y la comparación social, lo que los hace especialmente vulnerables a estas plataformas", concluye Brendborg.
Superestimulados. Por qué no podemos resistirnos a los malos hábitos y cómo liberarnos
Un libro que analiza desde la perspectiva de la bioquímica las principales tácticas que utilizan industrias como la alimentaria, la tecnológica, la pornográfica o las tabacaleras, entre otras, para crear estímulos que generan un placer inmediato y llevan al consumidor a la adicción. Ed. Destino. 295 páginas. Precio: 18,90 ¤. Puedes comprarlo aquí.



