Una de las noticias que más me han entristecido estas semanas ha sido la separación de Los Javis. Siempre hay un seísmo cuando una pareja de artistas lo deja, pero el seísmo es todavía más fuerte cuando esa pareja ha sido un equipo que nos ha maravillado a todos. Después de la bajona inicial y de los comentarios catastrofistas que ya daban por muerto el universo creativo que tienen en común, me puse a pensar en la manía que tenemos de tirar enseguida el amor a la basura. En la heteronorma parece que sólo hay una manera de construir las relaciones: o separados o juntos. ¿Pero qué ocurre con esa tercera categoría, que pasa por transformar los vínculos en una amistad, en una familia, en un acompañamiento de vida para siempre?
La historia del arte está llena de parejas que pudieron continuar creando juntos a pesar de su separación: Brigitte Bardot y Roger Vadim, Ingrid Bergman y Roberto Rossellini. La cineasta Céline Sciamma y la actriz Adèle Haenel se separaron, pero siguieron creando juntas, para reencontrarse en esa obra maestra que es Retrato de una mujer en llamas (2019) donde Adèle brillaba de puro fuego tras la cámara de Céline.
Estos días releía las memorias de Patti Smith y su amor salvaje con el fotógrafo Robert Mapplethorpe. Él descubrió que era gay y no pudieron continuar su relación, pero los dos se querían tanto que siguieron acompañándose a lo largo de sus carreras hasta la muerte de Robert por sida. Él le hizo a Patti la famosa foto de portada de su disco más emblemático, Horses (1975), y ella le escribió la carta de amor más bonita de la literatura en Éramos unos niños.
También pensaba en Marina Abramovic y Ulay. El dúo de performers que convirtieron su amor y su desamor en una obra de arte, sublimándolo en esa última performance que realizaron juntos en The Artist Is Present en el MoMA en 2010, cuando Ulay se sentó frente a ella, después de 23 años sin verse, y la miró de nuevo a los ojos. Ni todas las performances que hubieran podido realizar juntos durante esos 23 años hubieran podido estar a la altura de esos dos artistas que durante un minuto se volvieron a mirar. Toda la historia del Amor (con mayúsculas) está contenida en esos segundos, en esos suspiros, en esas lágrimas que van a caerse y se caen, en todo lo que dicen sus ojos y que durante 23 años sus bocas tuvieron que callar, en esas dos manos que se sostienen en el reencuentro.
El final es parte de la vida, así que el final tiene que ser también parte de la creación. La separación es el final de un lenguaje común, pero es también la apertura de lenguajes propios que pueden volver a reencontrarse y colisionar de nuevo.
Hay un amor más allá del amor que se hace carne cuando aquello que fue deja espacio a una nueva forma. Y yo elijo creer, como cantaba Fito Páez, que el amor después del amor, tal vez, se parezca a este rayo de sol.
