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Casualidad o juegos del destino, dos décadas atrás y por estas mismas fechas en Roma se elegía un nuevo Papa, entonces el cardenal Joseph Ratzinger, bajo el nombre de Benedicto XVI. Fue el año en que Camila de Cornualles se casaba con el príncipe Carlos de Inglaterra, Angela Merkel era elegida canciller de Alemania y nacía la Infanta Leonor. También lo hacían Liana Pinto, Fiamma Benítez y Martina D'Antiochia, tres jóvenes que hoy, con 20 años redondos, como los que cumple nuestra revista, se han convertido en auténticos referentes en lo suyo. Llegaban al mundo en un país que en esa fecha, 2005, se convertía en el tercero en el mundo en aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo, uno de los grandes cambios que se han producido en nuestra sociedad y del que sus madres fueron testigos directos. Entonces su vida, dos décadas atrás, también era muy diferente a la que hoy tienen sus hijas, que tampoco se parece mucho a la que viven la mayoría de las chicas de su edad. Trabajo, personalidad y carácter son los adjetivos comunes que definen a estas tres jóvenes y que entroncan directamente con la esencia de esta revista. Por eso las hemos elegido y reunido, junto a sus madres, representantes de aquella primera generación de lectoras de la publicación. ¿Veinte años no es nada? Depende, habría que responderle a Gardel, al menos en el caso de nuestras protagonistas.
Unidas por el fútbol
Fiamma Benítez Iannuzzi comenzó a jugar al fútbol con seis años en el equipo de su colegio, en Denia, y desde entonces no ha parado: pieza clave en las selecciones nacionales juveniles y en distintos equipos, como el Valencia y el Levante, hoy es centrocampista del Atlético de Madrid e internacional absoluta con la Selección Española. De su infancia sólo recuerda jugar con un balón, «ni una muñeca», afirma. Primero con niños y después en las categorías femeninas, hasta que dedicarse al fútbol de forma profesional fue «lo natural», porque siempre supo que era «lo que quería».
Nada que ver con la situación que vivió su madre, Cristina Iannuzzi (Buenos Aires, 1973). También ella tuvo siempre en los pies un balón y jugó en distintos equipos hasta los 23 años, pero las cosas entonces fueron muy diferentes: «Ser futbolista en Argentina cuando yo tenía 20 años parecía misión imposible. Fue mi sueño, pero éramos una familia de barrio y entonces el fútbol femenino no existía. Ojalá hubiera podido ser», recuerda. La vida que soñó entonces la ha vivido en España junto a su hija. Cuando a Fiamma la fichó hace cinco años el Levante, dejó su trabajo en Denia y la siguió hasta Valencia, porque ahora el fútbol femenino pasa por un buen momento y augura otros aún mejores. Es posible ganarse la vida como jugadora profesional. Y muy bien ganada: el Atlético «paga bien», asegura Fiamma. Lo suficiente como para que toda la familia tenga trabajos relacionados con su actividad deportiva e incluso pueda financiar en su ciudad natal, Denia, un campus de fútbol para niñas cuyo beneficio se destina a acciones sociales; «es la forma de hacer algo por la comunidad, yo he sido afortunada, hay que devolver lo que se recibe», afirma.
El camino no ha estado exento de sacrificios. De todos, especialmente de ella y de su madre, que dejó atrás su trabajo, dividió a la familia y cambió de vida. «En esa época lloraba mucho, extrañaba mi casa... Le preguntaba a mi marido: ¿pero la que tendría que llorar es la niña, no?», bromea Cristina. Fiamma también lo hacía, sobre todo cuando pasó una etapa complicada, en el Valencia, por la falta de confianza del entrenador, siendo apenas una adolescente: «Fue muy duro». Ahí, de nuevo, su madre, esta vez como psicóloga: «Hablaba mucho con ella, me acompañaba a correr, al parque...», explica la jugadora.
Los 20 años de su madre no fueron fáciles tampoco; eran otros tiempos y a los 17 ya estaba casada y tenía un hijo. «Mis padres intentaron disuadirme de la boda, pero no les hice caso. Me divorcié a los 29», confiesa. Mucho vivido a la espalda. «Después llegó la crisis, el Corralito, y vine a España con una nueva pareja, donde nació Fiamma cuando ya había cumplido los 40», añade.
Fiamma también se ha perdido muchas cosas, lo suyo ha sido un sacrificio enorme que ha incluido comer y estudiar en el coche -está cursando Derecho, «porque hay que tener la cabeza bien amueblada», insiste Cristina- y renunciar a casi toda su vida social y a los planes con sus amigas. Lo último que está en el aire, la boda de su hermana, que le coincide con la final de la Copa de la Reina contra el Barcelona. «Ya me perdí la de mi otra hermana, me odian», bromea.
Ahora que su nombre suena como futuro balón de oro, Cristina intenta «bajarla a la Tierra, que tenga siempre los pies en el suelo. A diferencia de mí, que lo hice todo de forma apresurada, ella está viviendo como debe hacerlo», concluye.
De armas tomar
Cuando terminó el Bachillerato científico, Liana Pinto aparcó la carrera de Biología para jugarse el tipo. Literal: es especialista de acción en películas de cine y series de televisión, ella es la doble que salta por los aires o se parte la cara en las escenas de riesgo. Al verla, difícil creer que tenga 20 recién cumplidos; a su edad, las españolas que hacen lo mismo se cuentan con los dedos de una mano: «Yo sólo conozco a dos», afirma con modestia. «El control que tiene de su cuerpo es extraordinario [desde niña destacaba en gimnasia artística, ballet y acrobacia aérea], pero también domina su mente, no es una cabecita loca, es muy coherente», afirma su madre, Clara Giraldo (Cali, 1967). Ser especialista nunca fue su vocación, todo vino tras la Ebau, cuando decidió tomarse un año sabático «para pensar qué hacer y no equivocarme», recuerda. Lo llenó con un máster de Especialista de cine. Y llegaron los rodajes: 'The Walking Dead', 'Los Sin Nombre', 'Dos tumbas', 'Viaje de fin de curso'... La primera película, 'Estación Rocafort', la rodó con sólo 16 años.
Es la pequeña de tres hermanas en una familia poco habitual: la mayor, Manuela, rehabilitadora de fauna salvaje, le abría el camino desde Tailandia, donde comenzó a trabajar. Es la figura que ha facilitado una relación madre-hija sencilla, incluso durante la adolescencia. «Manuela me explica cómo son ahora las cosas cuando yo no las entiendo. 'No se te olvide que también tú fuiste adolescente', me dice», recuerda Clara. La relación que ella misma tuvo con su madre, una «muy mayor y sumamente amorosa», fue muy distinta a la que mantiene con Liana. Se define «ruda», como su hija, y pertenece a esa generación de mujeres que intentaban cuadrar lo mejor que sabían vida profesional y familiar. «Nunca quise quedarme en casa cuidando de mis hijas; reconozco que a veces les faltaba un poco de atención, el tipo de cosas que nos pasan a nosotras cuando pretendemos desarrollar una profesión», confiesa. «Por suerte, he contado con un enorme apoyo de mi pareja».
Su vida entonces podía parecer muy diferente a la que ahora lleva Liana. A los 20 años Clara se recuerda «fiestera, nada que ver con la forma de ser de mi hija, que sale poco», señala, «y compartía piso con amigas en Bogotá». Pero realmente la situación no es tan distinta en cuanto a arrojo: a esa edad se plantaba por primera vez en una comunidad indígena del Amazonas para vivir durante tres meses con las mujeres Siona y aprender cómo usan las plantas en situaciones propias de su género: puerperio, embarazo, parto, lactancia, menopausia..., una investigación con la que completó sus estudios de Antropología. Siguió trabajando en comunidades indígenas hasta que recaló en Barcelona, donde hoy reside la familia y donde nació Liana. «Tuve muchísima libertad», añade. Su hija, disciplinada y exigente, también la tiene, y como ella, arriesga, aunque de otra manera. El miedo siempre está presente en su profesión «y es bueno que esté, para no hacer locuras, pero lo importante es cómo se gestiona. A la hora de saltar, no se puede dudar», asegura. Esa confianza la ha ganado gracias a la actitud de su madre: «Me he quedado al margen de su vida, cuanto más intervengas, más inseguridades y dudas despiertas», concluye Clara.
Creatividad por bandera
De casta le viene al galgo, dice el refrán. Martina D'Antiochia siempre ha sido muy creativa, en parte porque su madre, Carmen Espada (Málaga, 1973), es artista. «Lo típico de que en casa te inculcan lo que les gusta, aunque con las matemáticas y la ciencia, mi padre, que es dentista, no lo consiguió, ese palo no lo saqué», bromea. A Martina le encanta escribir, pintar, cantar... Era su forma de combatir su extrema timidez, aunque eso sorprenda ahora viendo su desparpajo y cómo cada uno de los libros que escribe -de la serie 'La diversión de Martina', de la que ha vendido más de un millón de ejemplares-, reúne a miles de personas en cada firma. «He cambiado mucho», asegura.
A los 10 años abrió un canal de YouTube de manualidades, para aprender a dirigirse al mundo, con su madre al otro lado de la cámara, grabando. «Vamos a intentarlo, le dije poco convencida. Y desde el primer día se le dio bien. Ella hacía sus propios guiones y me dirigía. Nos peleábamos muchísimo, como siempre; no paramos», recuerda Carmen.
A los 11 escribió su primer libro: «Era como llevar un diario personal, pero fantaseando», recuerda. Hoy cuenta en librerías con más de 10, ha grabado un disco y rodado de la mano de Santiago Segura las películas 'Padre no hay más que uno'. «Ha sido de las mejores experiencias de mi vida, aunque cuando acababa el rodaje llegaba el choque de realidad; no era fácil compaginarlo con las clases», explica Martina. Con 5,2 millones de seguidores en TikTok, la suya ha sido una vida muy rápida que un día explotó. «Estaba muy estresada y necesitaba parar, por eso he aparcado las redes sociales, me exigen demasiado», dice.
La confianza entre ellas no es igual a la que a su misma edad Carmen, una joven de 20 años a quien le «daba todo igual», mantenía con su propia madre. «Martina vive de forma muy diferente a como yo lo hacía entonces. Ella sobrepiensa para no defraudarme y yo era muy, muy rebelde. Cuando me saqué el carnet de conducir llevaba el pasaporte siempre a mano en la guantera por si alguna vez tenía que salir pitando», ríe Carmen. Nada que ver con su hija disciplinada. Y añade: «Mi madre era una mujer muy moderna para su edad y para aquellos años, pero siempre había entre nosotras una pequeña distancia», añade. Con Martina no existe: «Hemos llegado a ser como una sola persona. Trabajamos por y para lo mismo y eso ayuda», apunta. «Es fácil, porque nos gustan las mismas cosas. Entre nosotras no hay secretos, comparo nuestra relación con la de mis amigas y sus madres y tiene poco que ver», dice Martina. Como los 20 años de entonces y de ahora.



