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Aterrizo en Perth (Australia) dos aviones y 19 horas de vuelo después de despegar de Barajas. Los trámites fronterizos, comparados con EEUU, son un suspiro: un visado gratuito tramitado por internet, un simple sello, una sonrisa policial franca y un control de entrada de alimentos -¡mejor no lleve nada comestible!-. Para llegar a la capital del Oeste australiano opto por un Uber. Conduce otro joven sonriente, eso que llaman un "ser de luz". Es Sufyan, un universitario que aprende informática e inglés gracias a un visado que le permite estudiar y trabajar. Es de Bután, el supuesto país de la felicidad donde los jóvenes sueñan con emigrar a Australia (vea la película Lunana, un yak en la escuela).
Anochece y la ciudad se levanta orgullosa a orillas del río Swan (Cisne). En el centro, crece un puñado de rascacielos de oficinas entre los que destaca la compañía Río Tinto. Estamos en la metrópolis de la minería, el centro corporativo y financiero de quienes extraen hierro, oro, níquel, gas y litio. Símbolo de un país de fortuna. El lema de la ciudad es "florecer, prosperar". El del país: "Avanzar". Sin duda, estoy en el destino correcto.
Tras un sueño urgente, mato el jet lag y la diferencia horaria de siete horas corriendo 10 kilómetros por el carril bici del río Swan, conocido por sus cisnes negros, y estirando con una sesión de taichi en Langley Park. Son las 5 am, luce el sol y no dejo de cruzarme con ciclistas, runners y caminantes. Los australianos madrugan y son deportistas. La carrera me lleva a toparme con la University of Western Australia (UWA) y sus colegios mayores. Sobre el río se deslizan piraguas con estudiantes que palen al compás del tam-tam del timonel. No es Cambridge, no es Oxford, pero tiene un aire.
Doy la vuelta en la Reserva de Matilda Bay y reparo en su café Bayside Kitchen, que será mi centro de desayunos favorito. Cafés de autor, té matcha, tostadas con aguacate y huevos. Las casas, los apartamentos, los parques verdes lucen cuidados y repletos de pájaros, de perros pastores australianos de ojos claros. Hay clubes de veleros y yates. Incluso hay quien se atreve a bañarse, pero conviene recordar que los tiburones famélicos van de caza río arriba, así que cuidadito. En mi regreso, observo a los turistas haciéndose selfies en la pasarela de la casa de pescadores Crawley Edge Broatshed y el firme skyline de Perth.
Perth es un magnífico punto de entrada y salida a Australia si quiere alejarse del tumulto y descubrir la costa salvaje. Turísticamente no es Sídney ni Melbourne. Basta con dos o tres días para recuperarse del viaje y visitar sus calles repletas de restaurantes internacionales, descubrir Elizabeth Quay o bañarse en las playas de Cottesloe Beach. De plato fuerte, cruce a la isla de Rottnest. Aguas cristalinas. Playas mágicas como The Basin, Longreach Bay, Salmon Bay o Paterson Beach y cero tráfico salvo bicis, peatones y un minibús. Como animal terrestre, las quokkas, una especie de híbrido entre ratón y canguro que hace las delicias de los turistas que a veces muerden a quienes creen que son peluches de Disney.
Entre canguros y delfines
Para recorrer el suroeste australiano y sus playas paradisíacas lo mejor es alquilar una camper o autocaravana. Primé la comodidad, la seguridad, al 4x4. Yo, que viajaba con mi hija universitaria, opté por Indie Campers; 2.400 euros por 14 días a todo riesgo, exceptuando daños en los bajos o accidentes de atropellos de canguros. Barato no es, como el país, pero el destino es tan remoto y falto de hoteles que ésta es la opción más inteligente. Si se anima, compare precios con Go Cheap, Go Camper Hire, WA Experts, Cruisin, Maui, Mighty o Britz.
Allí se conduce a la británica: volante a la derecha y adelantamientos por este mismo lado. Los australianos manejan bien, respetan los límites y son amables con los guiris. No problem! La primera parada la hacemos en Bunbury. La idea es descansar y ver delfines en el Dolphin Discovery Centre. A falta de delfines, acabamos tomando capuchino, chai latte y tarta sin gluten en el café Benesse. Cuando bebo agua de una jarra, mi hija me recuerda que Bunbury es conocida como la capital de la metanfetamina, que sus aguas rebosan de restos de drogas.
Ni siquiera el paraíso se salva de esta lacra, qué pena. Huimos de Bunbury a Busselton. Aquí el atractivo es recorrer el jetty que se adentra mar adentro durante casi dos kilómetros. Es una pasarela de madera a recorrer a pie (tres euros) o en trenecito creada como muelle ligero para cargar y descargar mercantes mar adentro. El paseo está plagado de carteles que recuerdan que bañarse no está exento de riesgo porque no disponen de red contra tiburones. A pesar de ello, los mayores pescan y los adolescentes hacen mortales, ligando entre chapuzón y chapuzón.
La primera noche nos lleva a dormir en el parking de un club náutico de Dunsborough. Se nota que somos nuevos en esto de vivir en roulotte. Creía que en cualquier momento la Policía iba a tocar la puerta para mandarnos a otro sitio. Pero no pasa nada. Hay mucho flow y eso se agradece. La camper tiene wc, ducha, cocina y nevera pero aprovechamos todos los servicios públicos, que son muchos y están limpios, para evitar suciedad y olores intestinos.
Amanecemos en Eagle Bay. Los colores del agua son intensos. Las nubes viajan rápido tiñendo el cielo. Llueve a ratos, luce el sol, sopla el viento. La naturaleza es salvaje. Los chalés que miran al mar son pocos y se camuflan en el verde. Las indicaciones nos llevan al trek de la Ballena en Cape Naturaliste Lighthouse (faro). Un banco mira al océano infinito, un banco de madera ideado para fabular, para observar las ballenas azules o las orcas cuando migran. Los meses punta son de septiembre a noviembre o de diciembre a febrero y aunque cumplimos el calendario, el mar solo nos regala espuma y relax. Los cetáceos deben andar de pesca subterránea. Tampoco vemos focas. El sosiego es atronador. La belleza, rotunda.
La camper para en Yallingup. Las señales de tráfico con canguros advierten que al amanecer y al anochecer cruzan la carretera de forma desafiante. Probamos un camping público sin luz ni agua en un parque natural. Se paga con parquímetro, pero temo que ningún extranjero afloja su cartera. Pero nos sabe a poco cuando descubrimos los recomendables y lujosos campings del RAC, el Real Automóvil Club de Western Australia. Precio medio por noche y camper: 30 euros. La curva de aprendizaje nos muestra que debemos reservar y llegar antes de las 17 horas. Los australianos madrugan, pero a partir de las 17 se acaba el mundo. Todo está cerrado salvo algunos restaurantes, pocos. Son los reyes de la conciliación.
Cerca del turístico Margaret River, nos acoge el sofisticado chiringuito White Elephant Cafe. Es la playa de Gnarabup. En los carteles del parking leemos: interacción con personas de un tiburón blanco de 2,5 metros. Un vídeo en redes nos lo muestra: un surfero local sufrió un ataque, pero el ñasco que se lo llevó la tabla y él reaccionó a puñetazo limpio logrando que el animal huyera. Así que desayunamos, contemplamos los colores azul turquesa pero ni ganas de bañarnos, no sea que...
El camino se hace llevadero con paradas en bodegas de vino como Voyage Estate Winery. Chardonnay y Chenin Blanc a precios desorbitados. El alcohol es tan caro que Australia es el lugar ideal para una cura de abstinencia. Hamelin Bay es otro stop obligado si se quieren ver mantas rayas en su hábitat. Estamos cerca de los cabos Freycinet y Leeuwin, santuarios marinos dignos de un documental de La 2. Para alimentarnos, optamos por desayunos contundentes y con cenas tempranas (18/19 horas) a base de carne y patatas, pizzas, comida china o japonesa. Los australianos viven en el Edén, pero no tienen el don de la cocina. Sus menús recuerdan a los de Reino Unido, incluidos los fish and chips y las pintas de cerveza. Se come, pero la gama es muy limitada, al menos en Western Australia.
En Denmark sobresale Greens Pool: aguas turquesas, verde jade, salpicadas de gigantes de granito de formas redondas dan lugar a Elephant Rocks. Masas caprichosas, como si fueran una manada de elefantes, se bañan en un mar idílico cuando luce el sol. El agua está fría, pero no imposible: es como nadar en el Cantábrico. En Albany desayunamos en el histórico Dylans (la cocina cierra a las 3 pm) y cenamos en un rico hindú disimulado en un motel, el Royal Turban. La cama la improvisamos en un camping salvaje en Kronkup (East Camp Ground). Encontramos señales del tipo ¡cuidado con las serpientes! y nos hacemos los suecos cuando descubrimos que debemos pagar en el parquímetro.
Seguimos bajando, devorando kilómetros. Nos detenemos en Bremer Bay para ver orcas, pero los animales siguen esquivándonos. La playa parece un manglar. Albuferas caprichosas con láminas azul verdosas. Al fondo, el rugir del mar. En las carreteras de rectas interminables nos cruzamos con decenas de camper compuestas por parejas, familias y grupos de amigos. No faltan los españoles: universitarios de intercambio, nómadas digitales y aventureros que ya no cumplirán los 50. El resto de tráfico lo componen algunos locales, pocos, y muchos camioneros con vehículos triples de hasta 42 metros, los impresionantes road trains, los trenes de la carretera. Trailers que transportan cereales y derivados de la minería. Un trabajo solitario que recuerda a las carreteras del Oeste americano. Las gasolineras escasean: una cada 100 kilómetros, así que llevamos siempre el depósito medio lleno.
La Bahía de la Suerte
Los pueblos son minúsculos, prefabricados y eminentemente agrícolas. La dispersión humana da mucho que pensar. En los pubs locales, como el de Jerramungup, donde comemos regulín, los carteles nos advierten que no se puede entrar con ropa de trabajo y botas sucias. Y que don't fucking drink outside (no jodas bebiendo fuera del local).
Esperance es el punto álgido de la excursión. Solo las playas que rodean a la capital del sureste australiano nos dejan sin respiración: West Beach, Fourth Beach, Twilight Beach, Nine Mile Beach. Aguas turquesas. Cristalinas. Extensiones kilométricas y peligro real de tiburones. Nos bañamos pero con la mirada puesta siempre en el infinito. Refrescante, pero nada relajante. Para hacer largos, mejor la piscina. Mi hija, como si fuera local, maneja la APP Smart Shark WA, que nos informa en tiempo real de la presencia de tiburones. A veces, en los aparcamientos, una megafonía atronadora nos avisa del peligro por la proximidad de dos depredadores blancos y lejos de huir nos ponemos en modo Rodríguez de la Fuente a la caza de aletas. Eso sí, desde la distancia.
Desde Esperance hacemos largos trayectos para descubrir las playas de Cape Le Grand, que deberían estar catalogadas como Gran Maravilla. Lucky Bay, la Bahía de la Suerte, es la más conocida, pero solo es la punta del iceberg. Catalogada en 2023 como la "mejor del mundo", también es la favorita de los canguros, que a veces atardecen en su orilla para regocijo del personal. Arena blanca, azul piscina y un camping público integrado entre los árboles que debe reservar con meses de antelación. Y aquí sí que la Ley es estricta: nada de pernoctar si no tiene reserva. Esa norma nos lleva a hacer entre 120 y 150 kilómetros diarios de ida y vuelta, pero cada metro merece la pena.
La limpieza es brutal. Todo está rotulado, explicado al detalle. Los wc públicos están limpios y en los parques hay barbacoas eléctricas gratuitas. Los aparcamientos son cómodos y están muy bien concebidos. La ecología es superlativa por lo que llama la atención que permitan a los 4x4 pasear por su arena chirriante (squeaky sand), que cruje bajo nuestros pies. ¡No se aventure con la furgoneta camper y menos aún con una autocaravana!
A la búsqueda de más playas inauditas descubrimos Hellfire Bay (La Bahía del Infierno) y su versión Little. Paseamos por sus acantilados (Whistling Rock) y nos adentramos en inmensos arenales. Pero el tachán más grande, el redoble de tambores, se lo lleva la playa de Wharton Beach. Apunte este nombre. Un puñado de personas. Una pareja de pescadores australianos que lanza sus cañas y bebe cerveza. Un partidillo de fútbol al fondo y la naturaleza salvaje en su máximo esplendor. En Technicolor. En Dolby Surround.
Y entre playa y playa, encontramos un monte caprichoso, casi infantil. Es Frenchman Peak. Una cúspide de 262 metros con roca agujereada a modo de sombrero que se sube y baja en poco más de dos horas. Un trek indispensable en compañía de millones de moscas, de salamandras, de anfibios negros, que permite una visión 360 de este paraíso marítimo.
Antes de volver a Perth trazando una diagonal interior de más de 700 kilómetros, hacemos un alto en las dunas gigantes de Wylie Head. Estamos en Mullet Lake Nature Reserve, a 300 metros del mar, un desierto vivo donde el viento dibuja crestas caprichosas y los niños croquetean arenas abajo. La vuelta rápida camino del aeropuerto pasa por las salinas de Lake King. La nada blanca y salada atravesada por una carretera silenciosa que nos devuelve a la capital financiera de la minería donde locales y extranjeros buscan fortuna mientras los turistas furgonetean a la caza del paraíso playero o sueñan con ahorrar y convertirse en boomerang para volver pronto. Muy pronto.
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