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Con su probada capacidad de seducción, Yusuf Abdullah tarda unos segundos en quitarnos de la cabeza la idea del testi kebabi. La olla de barro sellada, rellena de carne y verduras cocidas a fuego lento un par de horas, es muy pesada para la cena. Qué se le va a hacer, nos hacía ilusión romperla a martillazos. Seguimos el consejo del maître y elegimos una mercimek corbasi, sopa anatola de lentejas salpicada con polvo de pimiento rojo, y unas icli köfte, albóndigas rellenas de bulgur, trigo integral, y carne.
Sin respirar apenas, Yusuf parte a aconsejar a otros comensales, tan perdidos entre las especialidades del Seki como nosotros. No solo explica la proximidad de los platillos, también se esmera en resaltar las mil y una vueltas que el chef Serkan Seker da a la culinaria tradicional de Capadocia, para que hable el idioma internacional de las grandes mesas.
Atraídos por el aroma de esta cocina, discretas escuadrillas de inspectores de las principales organizaciones gastronómicas del mundo, léase World Luxury Awards, Gault & Millau o Wine Spectator, han testado estos años menús y establecimientos, para regresar rendidos por su seductora fuerza. La última en hacerlo ha sido la Guía Michelin que, por primera vez, ha incluido de una tacada a 18 establecimientos de la región. Destaca en ellos su énfasis hacia la memoria de la gastronomía local.
Concluido el ágape, la vista se recrea en el panorama que regala al anochecer la terraza del Seker. Las casas de Uchisar descienden hasta el fondo del Valle de las Palomas en una escalera de tejados, galerías, miradores y jardines. De un minarete surge la llamada del muecín a la oración. Hora de irse a la cama.
Enclavado entre rotundas agujas y conos de roca caliza, el Anatolian Houses es un coqueto hotel boutique de Göreme, cuyas habitaciones son suites-cuevas, cada una diferente de las demás. Antiguo refugio eremita, en su patio se abre una piscina con aires de terma romana. Aunque lo que más sorprende del establecimiento es la fuente que mana a los pies de un monolito. Tiene dos grifos con los que hay que tener cuidado, no precisamente por la potencia de sus caños. En vez de agua, de ellos brota el vino de las viñas de la propiedad. Se puede elegir entre blanco y tinto, eso sí, de las variedades locales Emir y Kalecik Karasi.
volar en globo aerostático
Aunque merezca la pena, a Capadocia no solo hay que venir en busca de los placeres más hedonistas. Son un atractivo más de los muchos que encierra esta región de Turquía central, que la han convertido en uno de esos lugares que hay que conocer, sí o sí, una vez la vida. Empezamos pronto a ello.
Las 4 de la mañana es la hora señalada. Capadocia debe ser considerado primer destino del planeta para volar en globo aerostático. En las últimas décadas han florecido las empresas y en una mañana soleada es posible ver suspendidos del aire más de cien balones de aire caliente. Después del madrugón, y mientras se hincha el ingenio, se ofrece a la clientela un desayuno, que muchos no prueban por los nervios.
Ya a bordo, hasta 28 personas por globo se agarran a la borda de mimbre de las barquillas, mientras el ruido de los quemadores asemeja la respiración de un animal gigantesco. Sin darse cuenta, el ingenio se eleva del suelo con una suavidad impensable. Y a volar. A dejarse llevar por el viento, a no cesar en el frenesí de móviles y cámaras fotografiando el paisaje irreal que se extiende varios cientos de metros allá abajo.
Un par de horas después, no se sabe dónde, el piloto avisa de que es momento de tomar tierra. De nuevo los nudillos del pasaje se quedan blancos de tanto apretar el borde de la cesta. El impacto puede ser suave, o un poco menos; a veces vuelca la barquilla. Una copa de champán y el obligado diploma disipa las risotadas nerviosas y deshace los últimos manojos de nervios.
De volar por el cielo, en Capadocia se pasa de un plumazo a las profundidades de la tierra. La naturaleza de Anatolia Central, originada por las erupciones de los volcanes Erciyes, Develi, Melendiz y Keciboyduran, cubrió el territorio con una densa capa de toba calcárea. La acción de los elementos sobre esta piedra blanda esculpió su orografía, creando un irreal escenario de agujas, campanarios, paredes y torreones que lleva al visitante al país de la fantasía. La estilizada silueta de la mayoría de estas formaciones rocosas les otorgó el nombre con que se las conoce: chimeneas de hadas.
Desde el Neolítico, el ser humano empezó a horadar sus rocas para construir las cuevas que fueron sus viviendas. A partir del siglo XV antes de nuestra era, sucesivas civilizaciones se asentaron en la región, en especial hititas y frigios. Para protegerse de las sucesivas invasiones de persas, griegos, romanos, bizantinos y selyúcidos, ampliaron aquellas cavidades. Surgieron auténticas ciudades trogloditas, como Derinkuyu y Jaymakli. Con más de diez pisos bajo tierra, alcanzan 85 metros de profundidad y dieron albergue a más de 20.000 almas. Cuatro mil años después, centenares de turistas viven su particular aventura subterránea en sus galerías, salas, escaleras y pasadizos.
templos trogloditas
La llegada del cristianismo en el siglo IV fue una invasión más pacífica. Trajo consigo la aparición de las primeras iglesias rupestres en la región. Convertidas en refugio de eremitas y santos, estos templos proliferaron. En la actualidad se conservan más de un millar, la mayoría decoradas con una impresionante profusión de frescos bizantinos. El lugar perfecto para admirarlas es el Museo al Aire Libre de Göreme. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, concentra las más espectaculares. No hay que pasar por alto Elmali Kilise (la Iglesia de la Manzana), Karanlik Kilise (la Iglesia Oscura), la Iglesia Nueva, Tokali Kilise (la Iglesia de la Hebilla) y Yilanli Kilise (la Iglesia de la Serpiente).
Chimeneas de hadas, templos trogloditas y las fantásticas formaciones rocosas hacen que el viajero se sienta en un lugar sobrenatural. Sensación que perciben de igual modo los habitantes de este escenario mágico. Una leyenda tradicional capadocia, que advierte de que no conviene aventurarse por los laberintos de roca cuando cae la noche, establece un singular paralelismo con las tierras gallegas.
Si las espesuras boscosas que la niebla diluye en Galicia hacen temer el paso de las almas en pena de la Santa Compaña, los capadocios se andan con cuidado de no toparse con los monjes y eremitas que habitaron sus cuevas, pues de noche abandonan sus tumbas para recorrer en procesión el bosque de agujas. Tal vez por eso Göreme sea conocido como el Valle de los Espectros. Al fin y al cabo, aquí yacen sepultadas más de 60.000 almas.
De día es otra cosa. La caminata, trekking se la llama por aquí, es la manera más aconsejable de sumergirse en la naturaleza de este mundo fantástico. Las rutas más populares transitan por el fondo de gargantas y desfiladeros fluviales: Güllüdere (Valle Rosa), Kizilcukur (Valle Rojo) y Ihlara Vadisi (Valle de Ihlara).
Aklar Vadisi es otro recorrido interesante. Se trata de la depresión que acoge una de las mayores concentraciones de chimeneas de hadas. Para algunos, el nombre de este valle recuerda la trágica historia de dos jóvenes de familias enfrentadas enamorados, para otros se debe a la forma de sus rocas, representación física de ese amor, por lo que lo llaman Valle de los penes. Como sea, es una hermosa ruta de 10 kilómetros carente de dificultades, aunque como todas las demás deben recorrerse con un guía local.
A quienes no les apetezca andar, en Zelve existe la posibilidad de dar un paseo a caballo, en bicicleta de alquiler y quad, en excursiones que llevan a Pasabagi y al pueblo rupestre de Cavusin.
Tras la activa jornada, Uchisar es un lugar perfecto para recuperar las fuerzas. Tras subir a la cima de la rotunda montaña que se alza en el centro del pueblo, aguarda el Museum Hotel. Levantado en 2002 donde se extendían unas ruinas, hoy pasa por ser el más exclusivo de Capadocia. Como su nombre señala, este dédalo de cinco mil metros cuadrados es un verdadero museo. Innumerables piezas arqueológicas y antigüedades, todas convenientemente catalogadas en el Museo de Newsehir, se esparcen por espacios comunes y habitaciones privadas. Luces tamizadas de tonos alabastros, camas de desmesura, viejos tapices, muebles y arcones hacen el resto.
Para acabar con idénticas pinceladas gastro a las que empezaron estas líneas, se impone una visita al Lil'a. Gobernado por Saygin Sesli, este restaurante es el único capadocio incluido en las listas del Relais & Chateaux. Feroz defensor de la slow food, este chef empodera en sus recetas productos tan locales como el exclusivo ajo Topac y el trigo Alyanak. En el menú, hojas de parra ecológica cocinadas al tandoor con salsa de tomate y yogur, un caprichoso pulpo del Egeo bañado en puré de alcachofas, paletilla a la Karamanlides cocinada a fuego lento con albaricoques, ciruelas, exclusivo arroz pilaf de firik y trigo verde ahumado... mejor no seguir, porque se te va la olla.
GUÍA PRÁCTICA
Como llegar. Kayseri es la ciudad importante más cercana a Capadocia. Vuelos diarios desde Madrid a Estambul y de la capital turca a su aeropuerto.
Dónde dormir. Anatolian Hoses, en Goreme, y Museum Hotel, en Uchisar.
Más información en www.capadocia.com
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