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Aletsch Arena. Recuerden este nombre. La primera vez que me plantearon en el diario ir a conocer este sitio, en Suiza, se me fue la cabeza pensando que se habían confundido y me estaban hablando de un estadio deportivo, de un pabellón inteligente obra de algún arquitecto de relumbre donde ver baloncesto, a la célebre Aitana o el Circo del Sol. Pero no, era pura incultura. Me estaban abriendo las puertas a conocer el glaciar Aletsch, el más grande de Europa continental por su longitud: veinte kilómetros. Una maravilla natural solo superada por el islandés Vatnajökull y, según la superficie, por los noruegos Austfonna y Jostedalsbreen. El de Suiza es una joya natural, Patrimonio de la Unesco, que Suiza preserva con mimo para tratar de que deje de retroceder a diario por el cambio climático.
Una masa de hielo del Pleistoceno tardío que abarrota un valle con peligrosas grietas de centenares de metros y ríos subterráneos que acabarán desaguando en el Ródano. Una masa imponente en pleno movimiento tanto a lo largo como a lo ancho. Un mar blanco y negro por efecto del hielo viejo y sucio que dibuja falsas carreteras y que en invierno coge vida y se cubre por completo con toneladas de nieve que lo rellenan hasta la primavera. Así, año tras año... Y ya son más de 10.000. Ahí es nada.
Para acceder a este capricho de la naturaleza hay que volar a Suiza vía Zúrich, Berna o Ginebra. Incluso se puede acceder desde Milán, Malpensa (Italia). Si opta por Zúrich, en el aeropuerto empalmará con un tren en dirección a Brig y luego, gracias a un cercanías, llegará a Bettmeralp Talstation. Unas tres horas sobre raíles, con trenes de doble piso, vagones silenciosos y una puntualidad que sonrojaría a nuestro ministro de Transportes, Óscar Puente. Lo más importante es que olvide el coche, no le hará falta. Para abaratar costes, consulte los descuentos que ofrecen Swiss Train Pass y Swiss Travel Pass.
Un telecabina de última generación le subirá hasta Bettmeralp (1950 m.), un pueblo de ensueño colgado en la inclinada ladera que luce un verde otoñal. El lugar está lleno de chalets alpinos y de calles estrechas transitadas por caminantes, bicicletas y, ocasionalmente, un vehículo eléctrico que hace las veces de taxi, de minibús o que portea materiales de construcción o maletas. Autos y motos están prohibidos salvo para los pocos propietarios de negocios y solo si tienen etiqueta cero. Los criterios de construcción son muy estrictos para evitar al máximo las emisiones de gases de efecto invernadero y no afear el paisaje. Se trata de preservar el glaciar a toda costa. Luce la madera, la carpintería fina, no más de tres o cuatro alturas, y unas vistas impresionantes hacia el valle y las cumbres.
Bettmeralp y sus vecinas Riederalp y Fiescheralp, que conforman el corazón del Aletsch Arena, son un todo armónico ideal para el culto a la montaña durante todo el año. Más de 100 kilómetros de pistas de esquí, remontes de última generación, 300 kilómetros de sendas balizadas para el trekking, 100 kilómetros ciclistas —ojo con las pendientes— y un campo de golf de nueve hoyos, el más alto de Suiza. Estamos en el cantón de Valais y, concretamente, en uno de los lugares más soleados de Suiza, pero no voy a engañarle, tampoco es Benidorm. Los Alpes son sinónimo de frío, de nieve, de lluvia, de nubes, de tiempo cambiante, así que abríguese bien. Y a poder ser, lleve varias capas y una buena chaqueta impermeable, un cortavientos transpirable tipo Gore-Tex. El idioma que se habla en Bettmeralp y alrededores es el alemán, pero en inglés se defenderá muy bien. En francés, también.
Para descubrir el glaciar Aletsch, le aconsejo arrancar subiendo al mirador Bettmerhorn (2.647 m) en telecabina. Arriba, las rocas están coloreadas en verde. Más que minerales, creo que son algas, musgos o líquenes que sobreviven a la altura. Una pasarela apta para sillas de ruedas se abre paso hacia la terraza semicircular que mira al glaciar. El primer impacto te deja sin aliento. Un ejército de nubes se desliza a toda velocidad para mostrar a los turistas la masa de hielo. Es de un blanco sucio y se ve repleta de surcos. Sube y toma una gran curva a izquierdas que esconde más kilómetros del Aletsch. Sobre el hielo no se ve a nadie, está terminantemente prohibido pisarlo, salvo una excepción porque a unos kilómetros de distancia permiten contratar una excursión con guía y crampones para adentrarse en el hielo durante dos o tres horas, no más. El glaciar es peligroso y cambiante, sus grietas son una trampa mortal.
TOBLERONE-MATTERHORN
El día es ligeramente ventoso e inestable. Los cúmulos y los estratos mejoran las fotos, pero impiden ver montañas emblemáticas como los 4.478 metros del Matterhorn (o Cervino), el monte que luce en las cajas de los ricos chocolates Toblerone, o los 4.805 metros del francés Mont Blanc. Los turistas gastan el glaciar con sus selfies, visitan la expo gratuita Faszination y amontonan piedras a modo de monolitos de la felicidad. Bajo el lomo de hielo, más allá de las corrientes de agua, solo habitan millones de pulgas que resisten a menos 15 grados. Aletsch es un ser vivo con una altura de casi 900 metros que retrocede a diario (desde finales del siglo XIX ha perdido más del 60% de su volumen).
Un cartel advierte a los visitantes de que están ante un Lugar de poder y plasma unas instrucciones para meditar y llenarse de energía. Pero puestos a repostar, optamos por el restaurante Chüestall en la cota 2.000 de Riederalp. Una antigua granja de vacas con terraza y platos míticos como el cólera (cholera), un pastel de puerros, cebolla, queso, manzana, patatas... que preparaban cuando las autoridades les encerraban por los contagios. El queso está muy presente en su cocina: fondue,raclettes... o rösti (esa especie de tortilla de patatas sin huevo) y platos convencionales como el risotto y la pasta, no en vano estamos a tiro de piedra de Italia.
Aunque es temporada baja, nos topamos con un grupo de coreanas que posan como influencers y ríen felices. Entre los caminantes, vemos parejas de suizos que se mueven con soltura. Se nota que disfrutan, lo llevan en su ADN. Seguimos caminando y perdiendo altura, viendo las copas de los pinos del bosque de Aletsch, uno de los más antiguos de Suiza. El suelo, plagado de matorrales y flores, es de un verde rojizo mullido. A la derecha, 300 metros más abajo, el final, o el principio, del glaciar. De frente, la hendidura en la que se asienta el Glaciar Beich, y el pico de Scheinhorn (3.797 m) y Nesthorn (3.822 m.).
La vista y los sentidos no paran de recrearse hasta que nos detenemos en un banco que mira al glaciar desde su parte más baja. El sitio invita a parar, a respirar hondo y reflexionar. Parafraseando a Ricardo Piñero, catedrático de Filosofía y Estética de la Universidad de Navarra, el profesor agitador que todos debimos tener: es un "pensadero" y de los buenos.
El sendero desemboca en una casa victoriana que aprovecha un claro estratégico en Riederfurka. No estamos en la campiña inglesa, pero lo parece. Es Villa Cassel, el palacete que mandó construir en 1902 Ernest Cassel, un rico inglés, cuando el médico le prescribió pasar los veranos en los Alpes para mejorar su salud. La imponente casa sirve ahora de centro de exposiciones, de restaurante e, incluso, de hotel, pero cierra en invierno porque no es ecológica.
La última perspectiva del Aletsch la tomaremos desde el Eggishorn (2.869 m). Para ello se baja de Bettmeralp en el teleférico, se coge el cercanías hasta Fiesch y tras otros dos telecabinas saltamos al mirador más alto. Es fácil que haya nieve y hielo, pero la perspectiva del Aletsch merece el esfuerzo. La mirada hacia la zona helada que llaman la Plaza de la Concordia se queda en la retina. Es de las que no se pueden olvidar.
El viaje acaba a la española: en el supermercado Migros, el Mercadona suizo. Arraso con los chocolates y me instalo en la zona refrigerada de los quesos para cargar con gruyère, enmental, appenzeller y unas tiras para la raclette. La cuenta en francos, mejor no recordarla. Por falta de tiempo, me quedo con ganas de buscar por el aeropuerto de Zúrich más souvernirs suizos: unas zapatillas On y una chaqueta de montaña de la reputada marca Mammut. Así que me tocará volver a rematar las compras, a descubrir nuevos rincones y, ya de paso, tratar de toparme con Roger Federer en uno de esos trenes panorámicos que promociona. ¿Se puede ser mejor embajador de Suiza que él? Seguro que no.
GUÍA PRÁCTICA
CÓMO LLEGAR
Swiss vuela de Madrid y Barcelona a Zúrich. Desde el aeropuerto, se debe tomar un tren a Brig y un cercanías a Bettmeralp Talstation.
DÓNDE DORMIR
Panorama en Bettmeralp. Hotel de aire alpino en la calle principal, cerca del teleférico. Renovado, muy bien aislado. Con buenas vistas y un restaurante digno.
DÓNDE COMER
Restaurante Chüestall. Antigua granja de vacas casi en cota 2.000, con terraza espléndida, donde probará el cólera (cholera), un pastel de verduras, patatas, manzanas, cebolla, queso y puerro que se servía cuando se aislaban por la enfermedad. ¡Muy rico!
MÁS INFORMACIÓN
Más posibilidades en: aletscharena.ch/en/ Vídeos: youtube.com/aletscharena
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