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No deja de ser una paradoja que una competición deportiva relegada durante años, fuera de los focos de atención mediática y de los aficionados, haya sido la encargada de poner en el escaparate a una de las capitales europeas menos valoradas. El 18 de julio, España consiguió un hito histórico al ganar a Suiza y colarse en las semifinales de la Eurocopa femenina de fútbol. Y todo en un escenario que sorprendió con su mezcla de naturaleza y comodidades, de historia y de tiendas de lujo, con una red de trenes, tranvías y autobuses que llega al lugar más recóndito. Así es Berna y así se ha ganado con creces la etiqueta de destino emergente en Europa.
Antes de esto, ya había comenzado a etiquetar su nombre en las redes sociales como "la ciudad donde sus habitantes vuelven del trabajo a casa flotando en el río", con unas imágenes refrescantes y envidiables. Pero, ¿es así?, ¿los berneses se quitan la ropa de trabajo, la meten en una mochila y se lanzan al río para que la corriente los lleve de vuelta tras su jornada laboral? Realmente, no. Pero sí. De entrada, hay que aclarar que es una licencia poética. Parecida a las que dicen que los madrileños salen hasta tarde seis días a la semana o que en Andalucía cualquier desconocido que pasa por la calle te canta una saeta que te tumba de espaldas. Que la realidad no estropee un buen reel en Instagram.
Aclarado esto, llega la parte más divertida: Berna tiene en su río el parque de atracciones natural más alucinante que uno pueda imaginar, sin concesiones a toboganes ni grupos de animación. Una costumbre muy arraigada entre los locales en verano al salir del trabajo es dirigirse a la zona de piscinas de Marzili, a los pies del Parlamento nacional. En ese entorno, utilizan los vestuarios para cambiarse, algunos dejan sus pertenencias en taquillas gratuitas y otros las meten en una bolsa estanca para subir por la vía peatonal que discurre por la ribera, en un ambiente que desprende diversión y espíritu hippie. Hay muchos puntos habilitados para lanzarse al agua con seguridad, y los más jóvenes utilizan alguno de los puentes peatonales a baja altura para caer al agua turquesa del río Aar (señalizado en la ciudad como Aare). Y, una vez ahí, sólo dejarse arrastrar por la fuerte corriente disfrutando de un agua limpísima, con un gran contraste de tonalidades de verde, de la silueta de la ciudad al fondo, en lo alto, incluso de la charla con algún vecino de aventura. Porque no es necesario dar ni una brazada, la corriente se encarga. El paseo puede superar el kilómetro de distancia, hasta que llega la hora de volver a tierra. Para ello hay pequeños embarcaderos a lo largo del recorrido, pero no es aconsejable detenerse aquí si no se conoce bien la zona, ya que hay rocas que pueden provocar accidentes. Lo más seguro es seguir la indicación de desvío de nuevo a la zona de ocio de Marzili, donde un canal deposita decenas de bañistas cada minuto en alguna de las piscinas interiores. Hay que andarse con ojo, no es ninguna broma: la parte central del río tiene una fuerza tremenda incluso para nadadores experimentados, así que no hay que hacer tonterías, sino seguir con prudencia a los locales.
Para reponerse de la experiencia, una mezcla entre aventura y entretenimiento hippie del siglo XXI, una buena opción es pasar por el Restaurant Dampfzentrale, un local con una terraza a orillas del río ideal, para una cena o una copa hasta última hora.
Un escenario de cuento
Esta experiencia de naturaleza en el centro de la capital de Suiza cobra más valor cuando se pasea por el centro histórico y se comprueba que no estamos en ningún pueblecito pastoril, sino en una ciudad con siglos de historia. Lo atestigua su reloj astronómico, del siglo XVI, cuyo carillón es todavía hoy una atracción para los visitantes, que ven desfilar figuras de osos y oyen cantar a un gallo cada hora. Eso sí, hay que estar cerca tres minutos antes de las horas en punto para no perdérselo. Pero más recomendable aún es visitar su mecanismo desde dentro, uno de los poquísimos en Europa que se conserva con sus piezas originales, montado por Kasper Brunner. Un guía explica en una réplica cada una de las partes del reloj, ya que las visitas, por cuestión de espacio, tienen que ser siempre concertadas en la oficina de turismo de Berna o en su web. Es curioso ver desencadenarse el movimiento de los engranajes hasta llegar al soplido de una flauta afónica que imita al gallo. Y también destacan las vistas de la ciudad desde lo alto de la torre, con el edificio del Parlamento y la catedral gótica como emblemas.
El templo fue construido como católico y tras la Reforma se convirtió al protestantismo, pero mantiene una bellísima portada original de 1460 en la que se muestra el Juicio Final y cómo incluso los poderosos, ricos y altos cargos eclesiásticos son engullidos por monstruos marinos aterradores como pago por lo que se supone que fue una vida de pecado. Se puede subir hasta la tercera galería tras ascender 300 escalones, o quedarse a nivel del suelo y admirar las vidrieras.
La catedral es el edificio religioso más alto de Suiza y el más destacado y antiguo de lo que fue una ciudad amurallada levantada en una peña cerca del río, que la rodea como si fuera un cinturón. Berna es la capital de la confederación suiza a pesar de no estar en el podio de las más habitadas. Eso sí, es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Para recorrerla, lo mejor es imaginarla como una península rodeada por el Aar y las murallas, porque en esta parte es donde uno se introduce en el escenario de un cuento clásico centroeuropeo, con casas de tejas ocres en pendiente bien pronunciada y amplias arcadas y soportales a ambos lados. Así es Kramgasse, que recorre la almendra central de modo longitudinal, con banderas coloridas a ambos lados en las fachadas desde la Zytgloggeturm o Torre del Reloj hasta el final del casco antiguo, con 11 fuentes coloridas que representan otras tantas virtudes y que a su vez poseen el don de ofrecer agua fresca y pura al sediento. El paseo se puede completar por las calles Rathausgasse o Münstergasse. También están de moda en verano los bares emergentes, pequeños locales informales que crecen como setas en la época veraniega, como el Midas, en Loryplatz, con el té matcha de fresa como especialidad, o el Piazza im Park, en el parque Hirschengraben, para aficionados a la música y la cerveza.
Y siempre es una buena opción visitar la casa museo de Einstein, abierta todos los días de 10 a 17 horas, el apartamento humilde en el que el genio nacido en Alemania residió entre 1903 y 1905, su Annus Mirabilis, cuando publicó cuatro artículos que revolucionaron la física, entre ellos la famosa Teoría de la Relatividad. Un apartamento que compartió con su primera esposa, Mileva Maric, apasionada de la física y las matemáticas que estudió en Zúrich, poco reconocida por su marido y durante décadas sepultada por la historia.
Zentrum Paul Klee: arte dentro y fuera
El círculo cultural bien podría abrocharse con una visita al Zentrum Paul Klee, un museo dedicado al pintor suizo que acumula ni más ni menos que el 40% de toda su extensa obra. Ya aproximarse al edificio es toda una experiencia: diseñado por el italiano Renzo Piano, es una estructura ondulante totalmente integrada en las lomas del terreno y rodeada de huertas que cultivan simpáticas vecinas de la zona. En el interior nunca falta la luz natural ni la fuerza expresiva de este destacado miembro del movimiento Bauhaus. Klee creció en esta ciudad y en ella pasó también los últimos días de su vida. La obra expuesta de este admirador de Goya va desde sus dibujos infantiles hasta la influencia de su estancia en Túnez, pasando por su pasión por las culturas arcaicas y otras obras con aires naíf. Al estar algo alejado del centro, conviene tener en cuenta la posibilidad de comer o cenar en el restaurante Schöngrün, justo al lado del museo y con una terraza idílica para los meses de verano.
No muy lejos de aquí, ya de vuelta al centro histórico de Berna, está el Stiftung Bärenpark, una extensión de 6.000 metros cuadrados con vistas al río que es el hogar de una familia de osos compuesta por tres ejemplares que se dedican a subir y bajar por la ladera y chapotear en un estanque, como recuerdo de la importancia que tuvo este animal para la ciudad, que se ve reflejado incluso en su escudo.
A poca distancia de aquí está el jardín de rosas de la ciudad, un paraíso para los amantes de las flores, con 400 tipos de flores diferentes, toda una explosión de colores y de aroma. El parque tiene una historia peculiar propia de película de terror ochentera, ya que hasta 1877 fue cementerio de la ciudad. Una vez remodelado, se abrió al público con su actual función en 1913.
Porque la naturaleza tuvo y tiene aún un peso específico en la capital suiza. Lo más cercano es la montaña de Gurten, reconocida internacionalmente por acoger un festival de música que este año cuenta en su cartel, entre el 16 y el 19 de julio, con artistas como Franz Ferdinand, Will Smith, Nathy Peluso y la española Judeline, entre otros. Un funicular rojo salva desde 1899 los 300 metros de desnivel que separan esta pradera de la ciudad, en la que los berneses tanto suben a hacer barbacoas como a caminar por los senderos o utilizar las pistas de descenso vertiginoso en bicicleta. La primera vez que se sube es obligado acercarse a la torre para tener una vista casi perfecta de la región de Berna e incluso de los picos prealpinos de más de 2.000 metros.
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