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St. Moritz en verano: el exclusivo refugio alpino de George Clooney o los Grimaldi con 'clima champán' al que no sólo se va a esquiar

El turismo de invierno se inició en esta bucólica localidad del cantón de los Grisones cuajada de hoteles de lujo, lagos y las tiendas de firma más caras del planeta. Pero el estío oculta infinitas sorpresas...

Panorámica de la localidad alpina de St. Moritz.
Panorámica de la localidad alpina de St. Moritz.MY SWITZERLAND / I. GARCÍA
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Si alguien piensa en invierno, lujo, nieve y champán, piensa en St. Moritz, el exclusivo enclave suizo encajonado entre los Alpes donde se escapa a esquiar la jet set internacional y celebrities de toda condición con la llegada de los primeros copos. Léase la familia real de Mónaco al completo (y la mayoría de las europeas), George Clooney, John Travolta, los Beckham, los Agnelli, Claudia Schiffer, Robert de Niro... Eso ahora, porque antaño ya eran incondicionales Alfred Hitchcock (quien lo descubrió en un rodaje y pasó aquí su luna de miel y varias nocheviejas), Coco Chanel, Elizabeth Taylor, Sofia Loren, Charlie Chaplin, Audrey Hepburn, John Lennon, Briggitte Bardot, los Onassis y hasta los Kennedy. Incluso los Romanov se trasladaban durante la temporada de verano antes de ser asesinados por los bolcheviques.

Pues bien, olvídese de la típica imagen de postal toda nevada. St. Moritz, a 1.856 metros de altitud, también es el lugar ideal para las vacaciones en verano. Su llamado "clima champán", dorado (por el sol: aquí calienta 322 días al año; de ahí que sea el símbolo de la localidad), fresco y seco, hace que la nieve sea espectacular en invierno, asegurando igualmente una temperatura ideal durante los meses estivales, cuando se rondan los veintipico grados, perfectos para practicar todo tipo de deportes al aire libre, darse un chapuzón en sus bucólicos lagos o pasear por las calles empedradas (y algo empinadas) del casco antiguo entre la mayor concentración de las boutiques más caras del planeta.

Paseo por el casco antiguo del municipio.
Paseo por el casco antiguo del municipio.

No en vano, antes de popularizarse como un lujoso destino de esquí, los viajeros venían sólo en verano para disfrutar de sus manantiales de aguas termales, que existían desde el 1411 a. C. con propiedades terapéuticas casi milagrosas. Pues bien, un hotelero del lugar, Johannes Badrutt, pensó en 1864 que por qué no iba a aprovecharse del turismo durante todo el año e hizo una apuesta con cuatro británicos fans de este bello rincón alpino. "Si volvían con el buen tiempo y no les gustaba la experiencia, les devolvería todo el dinero pagado", cuenta Susi Wiprächtiger, guía local, quien luce un pañuelo rojo anudado al cuello con el logo de St. Moritz, el ya mencionado sol. Los ingleses vinieron, vieron y se quedaron. "Llegaron en Navidad y se fueron en Semana Santa", añade.

El boca a boca fue haciendo su labor, arrancando el denominado turismo de invierno a nivel internacional, ya que ese mismo año se inauguró la estación de esquí de St. Moritz, considerada la más antigua del mundo. La primera escuela de dicho deporte en Suiza llegaría apenas 12 meses después. Y luego, el primer torneo europeo de curling, de patinaje sobre hielo, de polo en la nieve, dos Olimpiadas de invierno...

Unos jóvenes practican 'running' a orillas del lago.
Unos jóvenes practican 'running' a orillas del lago.

La llegada del Ferrocarril Rético en 1889, cuyo recorrido Albula/Bernina por los Alpes a lo largo de 130 kilómetros forma parte del Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, acabaría por catapultar a la fama este idílico refugio del cantón de los Grisones. Por algo está considerado uno de los viajes en tren más bonitos del mundo atravesando fotogénicos bosques, montañas, lagos, ríos, gargantas, pueblecitos con encanto, verdes pastos salpicados de vacas, ovejas o cabras, puentes, túneles y viaductos como el de Landwasser, todo un prodigio de la ingeniería con su estructura curva de seis arcos que parecen flotar sobre un desfiladero de vértigo.

Lo mejor es adquirir el Swiss Travel Pass para moverse en transporte público sin límites por el país. Quien lo prefiera tiene los vagones panorámicos del turístico Bernina Express, románticamente denominado "el expreso más lento del mundo". St. Moritz también cuenta con helipuerto y aeropuerto para jets privados a unos minutos (los de Zúrich y Milán, los más cercanos, están a unas tres horas en coche), aunque la llegada en tren es la forma más genuina de comenzar la estancia en esta cuna del lujo alpino.

El 'Bernina Express' atravesando el viaducto de Landwasser.
El 'Bernina Express' atravesando el viaducto de Landwasser.SHUTTERSTOCK

Justo enfrente de la estación, elevado estratégicamente sobre una ladera, se encuentra la mejor base de operaciones posible, el Grace La Margna, un cinco estrellas recién renovado con unas vistas únicas en 360º al lago de St. Moritz y al valle de Alta Engadina que arrancó su historia en 1906 con un clásico estilo art nouveau, el mismo que luce la estación, puesto que fue el mismo arquitecto, el ya prestigioso por aquel entonces Nicolaus Hartmann, el que diseñó ambos. Tras permanecer décadas cerrado, la reforma llevada a cabo por el estudio londinense Divercity Architects ha traído consigo una minuciosa ampliación al sumar un edificio anexo, Grace Wing, así como un spa de última generación que alberga una piscina interior de 20 metros de largo mirando a la montaña.

De esta forma, "se convierte en el primer hotel que abre sus puertas aquí en más de 50 años, manteniendo la yuxtaposición entre lo antiguo y lo moderno a través de la conservación de elementos originales como los pilares de granito, los paneles de madera, la chimenea abierta o las yeserías ornamentadas, los mismos que recibían a los viajeros hace más de 120 años", explica Jarik Tschirky, executive assistant manager, en un perfecto español (nació en Mallorca, aunque de padres suizos).

Vista del hotel Grace La Margna.
Vista del hotel Grace La Margna.

Con 74 elegantes habitaciones y suites (impresiona el Ático Grace, de 215 m2, con una terraza privada con jacuzzi de otros 165) de enormes ventanales, pertenece a la exclusiva cartera de Small Luxury Hotels y ha venido a dar un soplo de aire fresco a la población al alejarse del barroquismo imperante en otros hoteles de lujo de la zona "para que el huésped se sienta como en casa", agrega Tschirky.

Ese ambiente distendido se advierte en la nada pretenciosa recepción, de aire minimalista; en las osadas fotografías de artistas como Tony Kelly que decoran las paredes; en el bar N/5, corazón del lugar donde igual se puede pedir un cóctel de autor que una cena a base de tablas, tapas y snacks (en invierno es uno de los lugares claves del tardeo en modo aprés-ski); en la coqueta terraza frente al lago o en el restaurante The View, con vistas obvias al valle y una carta mediterránea para compartir que incluye platos como el tartar de atún Balfegó (el mejor del mundo), el risotto de tomate, los ravioli rellenos de berenjena, la ternera a la milanesa con trufa y queso o el delicioso tiramisú que preparan delante del comensal.

Terraza con jacuzzi y vistas al lago del hotel.
Terraza con jacuzzi y vistas al lago del hotel.

A pie de calle se sitúa el Stüvetta Moritz, especializado en las típicas fondues suizas, que sí, por estos lares apetecen en verano. En los maridajes hay que dejarse asesorar por Benjamin Zimmerling, Mejor Sommelier Suizo 2025, quien anima a "atreverse a jugar acompañando un vino tinto con pescado o un blanco con carne". Todo está permitido, en su opinión, "siempre que se conozca el vino y se entienda el estilo del chef".

Es más, su combinación favorita mezcla "champán con patatas fritas". ¿En serio? "La acidez carbónica y la mineralidad de la bebida equilibran perfectamente la riqueza de las patatas, que aquí son grandes, crujientes por fuera y suaves por dentro", explica orgulloso y convencido.

Tradicional 'fondue' del restaurante Stüvetta.
Tradicional 'fondue' del restaurante Stüvetta.

Es hora de recorrer el casco histórico, cincelado a base de callejuelas adoquinadas y bellas plazoletas como las del Ayuntamiento o la de la escuela de 1886, iglesias católicas y protestantes en las que se celebran conciertos de Bach, Verdi y Puccini o la Chesa Veglia, la hacienda más antigua de la ciudad todavía en pie, levantada en 1658. El nombre, "casa vieja", hace referencia al idioma romanesco que se habla aquí, uno de los oficiales del país helvético. En contraposición estaría la vanguardista Chesa Futura, un bloque de lujosas viviendas en forma de burbuja proyectado por sir Norman Foster, otro de los asiduos a St. Moritz junto a su esposa, la española Elena Ochoa.

Otra de las construcciones más llamativas es la "torre torcida" de la iglesia de San Mauricio, del siglo XII, con más inclinación que la propia torre de Pisa, 5,5 grados frente a los 4 de la italiana. Los amantes del chocolate suizo tienen que pasarse por las confiterías de Läderach o Hanselmann, que data de 1894, con su estilo belle époque y su legendaria tarta de nueces. A unos pasos está la Oficina de Turismo, en cuyo vanguardista interior venden preciosos souvernirs de diseño; nada de los horribles imanes y camisetas a los que estamos acostumbrados.

Fachada de la confitería Hanselmann.
Fachada de la confitería Hanselmann.

Quien busque té, café o caviar premium (sólo venden eso) tiene que pasarse por el espacio Glattfelder, glamuroso a más no poder. Para las compras de artículos de lujo están la Vía Serlas y las adyacentes Veglia y Maistra, donde se suceden firmas como Louis Vuitton, Prada, Dior, Bulgari, Hermès y compañía.

St. Moritz también es un interesante destino cultural con una nutrida lista de galerías de arte —encabezadas por la poderosa Hauser & Wirth, de origen suizo y con sedes en Zúrich, Londres, Nueva York, Hong Kong e incluso Menorca— y museos como los de Engiadinais (rescata la historia del valle en el que nos encontramos), Berry o Segantini, que rinden homenaje respectivamente a los artistas homónimos, referencias de la pintura alpina ambos.

Interior del museo Segantini.
Interior del museo Segantini.

Sin olvidar la Design Gallery, con su retrospectiva de antiguas y bellísimas fotografías en blanco y negro del municipio, recorrida por una de las escaleras mecánicas más largas del país.

Entre tantas direcciones se cuelan infinidad de festivales cuando llega el buen tiempo. Del de running al de polo o el de jazz, con conciertos gratuitos desde las 5.30 —sí, de la mañana, y hay que reservar plaza con mucha antelación porque se llena— a las 23.30 horas en bares, terrazas, plazas y lagos. Sin olvidar el Open Doors Engadin, que abre las puertas de más de 80 edificios históricos a través de visitas guiadas.

Una joven tras bañarse en el lago Staz.
Una joven tras bañarse en el lago Staz.

Los adictos a los deportes al aire libre tienen el Engadin Swimrun, competición que alterna carreras por las montañas con tramos de natación en los lagos circundantes. Estos también son perfectos para practicar pádel-surf, kayak o vela de la mano de centros náuticos como Segel Club, a orillas del de St. Moritz. En invierno la cosa cambia, claro, con partidos de polo, patinaje y críquet sobre hielo e incluso carreras de caballos.

En los alrededores se pueden realizar rutas de senderismo (empezando por la de los filósofos que seguía el mismísimo Nietzsche, cuya casa sigue en pie en la cercana pedanía de Sils-Maria), en bici o a caballo, así como jugar al golf (hay un campo de nueve hoyos) o subir en funicular a la cabaña de Heidi, en Chantarella, ya que en los Grisones situó Johanna Spyri las aventuras de la niña suiza más famosa de todos los tiempos. La última película inspirada en ella se rodó aquí en 2015, al igual que algunas de 007 (de La espía que me amó a Panorama para matar) o House of Gucci, el biopic sobre el desaparecido diseñador, quien poseía varios chalets aquí, por lo que venía con frecuencia.

Ruta en bici de montaña por el valle de Alta Engadina.
Ruta en bici de montaña por el valle de Alta Engadina.

Acabamos la experiencia en la quesería Alp-Schaukäserei Morteratsch, a apenas unas paradas en tren de St. Moritz, a las afueras del pueblito de Pontresina. Allí no sólo es posible degustar las mejores especialidades suizas mediante un generoso brunch alpino (del gruyère al emmental o el sabroso appenzeller, con su aliño de hierbas secreto) en mesas corridas en plena naturaleza, sino ver cómo las elaboran delante de tus ojos.

Y todo, entre muestras de danzas folclóricas y vacas pastando tranquilamente a unos pasos. "Hacemos todo de forma artesanal como antaño, por lo que nuestra producción es pequeña, pero de una calidad excepcional, abasteciendo a hoteles y tiendas de la zona", comenta Rafael Weyrich, uno de los responsables de la hacienda, mientras unos cencerros resuenan de fondo.

Muestra artesanal de la quesería Alp-Schaukäserei Morteratsch.
Muestra artesanal de la quesería Alp-Schaukäserei Morteratsch.

GUÍA PRÁCTICA

CÓMO LLEGAR

Con la aerolínea Swiss (swiss.com) se llega vuelo directo desde varios puntos de España a Zúrich. Desde allí se puede coger un tren con el Swiss Travel Pass (swisstravelpass.com), que permite viajar por todo el país en transporte público de forma ilimitada.

DÓNDE DORMIR

Hotel Grace La Margna (gracehotels.com). Cinco estrellas de diseño y 74 habitaciones con vistas al lago de St. Moritz y a la montaña construido en 1906 en estilo art nouveau y recién reformado. Sus restaurantes The View y Stüvetta (especializado en fondues y raclettes), los cócteles de autor del bar N/5 y el spa de última generación lo convierten en la perfecta base de operaciones.

MÁS INFORMACIÓN

En la web de Turismo de Suiza, con información en español: myswitzerland.com

Acogedor salón del bar N/5, con sus cócteles de autor.
Acogedor salón del bar N/5, con sus cócteles de autor.

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