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Como si se tratase de Pamplona el 14 de julio tras el Pobre de mí, en Colmenar Viejo hay quienes el último sábado de enero activan un reloj que marca la cuenta atrás hacia su día más esperado del año. Se trata de La Vaquilla, una cita muy especial para el pueblo que provoca que sus vecinos, colmenareños y colmenareñas, vivan con gran pasión esta festividad declarada de Interés Turístico Nacional desde 1986. La impaciente espera termina hoy cuando, a partir de las 16 horas, las calles de esta Villa se tiñan de un colorido único al compás de un sonido inconfundible, el que provocan el chascar de las hondas y el de las campanas de los mozos bailando alrededor de La Vaquilla.
«Es un día grande, de los más grandes que podemos vivir aquí; Colmenar no se entendería sin La Vaquilla», explica Maximiliano Madero, vaquillero desde 1997 y que hoy correrá junto a Relamida. Para Lorenzo Romera -su vaquilla Benjamina cumple este año su 40 aniversario- este día «despierta en tu interior algo inexplicable, algo que te sale de dentro y que te conmueve. Tus antepasados lo han hecho y desde que se es chiquitito uno está deseando seguir sus pasos, que te vistan de vaquillero y salir a chascar la honda». Para Antonio Berrocal, 35 años de vaquillero y que bailará a Arrimadita, «es un día de fiesta pero también de arraigo y de muchos recuerdos».
¿Cómo se explica esta emoción? ¿En qué consiste exactamente esta fiesta? Lo primero es describir a la propia Vaquilla, un armazón de madera (o aluminio) con palos a modo de costillas, adornados con mantones de Manila, pañuelos de seda, flores, lazos y divisas con los hierros de las ganaderías de lidia locales. En el frontal, unos pitones de res reales, con la testuz adornada con espejos y distintos collares. El último día, la parte superior de la pieza se adorna con las rosquillas típicas elaboradas para esta jornada por las pastelerías locales. En total, entre 30 y 40 kg de peso que apoyan sobre los hombros de los mozos más preparados para bailarla.
Cada Vaquilla está compuesta por alrededor de una veintena de mozos, perfectamente ataviados: una gorra visera a cuadros, pañuelo rojo al cuello, camisa blanca remangada, faja azul, pantalón de pana negro y alpargatas blancas con cintas rojas entrecruzadas sobre medias blancas. Todos portan en el torso correas de cuero cruzadas con campanillas y, cómo no, el complemento estrella, la honda de cuero. A los mozos les dirige el mayoral, vestido de traje corto campero y al que siempre acompaña el último integrante por describir, el taleguero, el más joven del grupo, un personaje único vestido igual que los mozos pero portando una talega, que es donde antiguamente se guardaban los frutos de la cuestación.
Así, todos listos y uniformados, la fiesta ya puede comenzar, una fiesta sobre cuyo origen no hay nada concreto ni exacto, si bien desde el Ayuntamiento apuntan «a la Antigüedad romana o incluso, tal vez, a la Prehistoria». A pesar de no haber constancia escrita, «todo hace suponer que la celebración de La Vaquilla existe ya desde la andadura estable de esta Villa, a mediados del siglo XIII», explican en el Consistorio.
El programa del día se inicia a las 16 horas con la salida de cada grupo por las calles desde un local distinto simulando escenas de la vida en el campo, con La Vaquilla intentando salir del grupo y los vaquilleros evitándolo, bailando alrededor suyo. En esta primera fase no hay un recorrido fijo pero sí un destino común, la Plaza del Pueblo, donde desde las 17.03, tras la lectura del pregón, comenzará el desfile frente al gentío que, desde horas antes, se acumula en las gradas montadas con capacidad para 600 personas. Allí viven el momento definitivo, apenas unos segundos en los que deben demostrar, Vaquilla a Vaquilla, mozo a mozo, su mejor versión del baile. Primero es turno de los más pequeños, alguno tanto que aún tiene que hacer La Vaquilla en brazos de sus padres. El desfile este año lo estrena Colmenera, la primera de las ocho vaquillas infantiles, que preceden a las 18 Vaquillas adultas con el cierre de Chisconera cuyo baile está previsto para las 18:18.
Tras la exhibición y la entrega de premios a los mejores bailes y mayorales infantiles y adultos, las Vaquillas vuelven a las calles, donde continúan la fiesta hasta llegar a su lugar de salida, donde se simula su muerte con tres disparos al aire. Una vez muerta, mozos y familiares comen rosquillas y beben sangría simulando su carne y su sangre. Para que este solemne final pueda ser disfrutado por todos y no limitado a los familiares de cada Vaquilla, el Ayuntamiento ha organizado un baile y muerte de carácter público en el Pósito Municipal y a cargo de Loquilla, cuyo mozo, Jesús Vergara, leerá previamente el pregón al celebrar esta Vaquilla su 25 aniversario.
Tras la cena en cuadrillas y el alargue de la noche, cuando se apaguen las luces y cese el sonido de las hondas y las campanillas, será el momento de echar la vista atrás. Y es que la pasión por esta fiesta se despierta varias semanas antes del gran día. La tradición marca unas pautas que hacen de la preparación un rito: los mozos se reúnen y organizan todo para que no falle nada este día, los niños entrenan por las calles aprendiendo a chascar la honda, en los colegios se instruye a los más pequeños sobre esta fiesta y los locales se preparan para la ocasión.
Pero de todas estas ceremonias previas sin duda la más bonita es en la que entran en acción las madres y las abuelas de los mozos, que días antes de la fecha se reúnen para vestir La Vaquilla, un acto solemne del que hemos sido testigo este año.
«Lo hemos vivido primero con nuestros hijos y ahora seguimos con ellos y con nuestros nietos. La emoción es indescriptible, para nosotras es un orgullo muy grande y mientras tengamos salud seguiremos vistiendo a La Vaquilla», afirma Mari Carmen García mientras decora a la Castita, creada en 2014 y que procede de la histórica Curra, con 25 años de antigüedad. Uno de sus integrantes es su hijo, Pedro de la Morena, Perico, que observa con orgullo el rito. «Nosotros empezamos en el 77 y mi madre ya vestía vaquillas de antes. Imagínate lo que es para mí verla aquí, con esa ilusión...», explica mientras las madres continúan con su labor, una tarea «muy gratificante» y a la que dedican «al menos cuatro días al año», dice Remedios Francisco.
Cambiamos de hogar, cambiamos de madre, pero no de sentimiento, pues para Mara Felipe, «ver la cara de felicidad de los chicos compensa todo». Mara, 26 años vistiendo vaquillas, explica que una vez pasado el día de La Vaquilla, madres y abuelas se juntan para desvestirla y evaluar daños como primera previsión de la tarea que tendrán en unos meses. En función de la misma, fijan una fecha. «Normalmente dos meses antes. Hay que cambiar mantones, limpiar los lazos...», explica Mara, que al preguntarle por la incorporación de la mujer a la Vaquilla más allá de esta labor responde contundente: «Ole por nosotras».
La pregunta viene al caso porque, antiguamente, la participación de las mujeres en La Vaquilla se limitaba a esta tarea casera, pero poco a poco con el paso del tiempo, su participación ha llegado a las calles como unos mozos más, hasta el punto que desde 2014 existe una Vaquilla, la Descará, compuesta íntegramente por mujeres. Leticia del Valle es una de sus integrantes y explica cómo fueron los inicios y las dificultades que tuvieron que superar. «Fue difícil, pensaban que era una idea de un grupo de locas que se nos pasaría. Fuimos muy criticadas, todas las miradas estaban puestas en nosotras, pero íbamos muy en serio, nos esforzamos mucho y hoy hemos conseguido que la presencia de la mujer en La Vaquilla se haya normalizado. Es un orgullo». Tanto se ha normalizado su presencia que tienen tantas peticiones para sumarse a Descará que ya piensan en hacer otra Vaquilla femenina. Y es que, como decía Mara, la madre de Loren, ole por ellas.
Todo está listo. Llegó el gran día de Colmenar Viejo: ¡Viva La Vaquilla!
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