Hacía muchos años, tantos que ni hay recuerdos, que el Festival de Eurovisión no estaba envuelto en tantas polémicas como este año: la participación de Israel, la censura de la Unión Europea de Radiodifusión (UER), las protestas de Europa, incluso con fundidos a negro de televisiones públicas, "el incidente" con Países Bajos, el nivel de las canciones... Suma y sigue.
De hecho, a última hora de este viernes, un "incidente", calificado así por la UER, con el representante de Países Bajos, Joost Klein, del que todavía no se ha dado información, lha llevado a la descalificación del país del Festival. Según el organismo, sigue investigándose junto a la televisión pública holandesa. En el último ensayo del pase de banderas, Países Bajos no estaba, mientras que en el ensayo de las actuaciones, justo después, la UER ha emitido el que grabó Joost en la segunda semifinal.
El Festival se encuentra en una encrucijada de la que sus organizadores no saben salir y que les señala directamente ante la falta de información y su permisividad con los ataques que están recibiendo varios periodistas por parte de medios israelíes por informar sobre las protestas contra Israel. Tanto, que hasta RTVE ha publicado en X una breve nota pidiendo a la UER que defienda la libertad de prensa.
Israel está inmersa en una guerra en Gaza, su ofensiva está siendo brutal tras el ataque de Hamas, pero la UER no sólo ha decidido no expulsar al país de la competición, como reclamaban algunos competidores, sino que está haciendo todo lo posible para apagar la voz de las protestas. Por ejemplo, no se ha pronunciado después de que varios acreditados israelíes amenazasen ayer a un periodista español que gritó "free Palestina" durante el ensayo de la final.
Y pese a todo esto, que no es poco, la polémica podría ir a más: Israel se ha disparado en las listas de las casas de apuestas y está en segunda posición. Podría ganar.
Cuando los representantes de la SVT, la emisora nacional sueca, se reunieron el verano pasado con el Grupo de Referencia de la UER para decidir cuál sería su eslogan para el Festival de Eurovisión en Malmö, lo tuvieron claro: Unidos por la música. El lema que la BBC ideó para el certamen de 2023 en Liverpool no solo destacaba la unión entre el Reino Unido y Ucrania como países anfitriones, sino que también hacía honor al poder de la música para hermanar a ciudadanos de todo el mundo. Gustó tanto que la entidad organizadora decidió convertirlo en consigna permanente, pues refleja la capacidad del concurso para superar las diferencias, independientemente de nacionalidad, lengua u origen. Pero pocos podían imaginar que meses de aquel hermanado encuentro, el certamen iba a llegar a Suecia más dividido que nunca.
Y es que, desde que la UER anunciara en febrero que definitivamente no expulsaría a Israel del concurso tras el estallido de la guerra en Gaza, las polémicas se han ido desatando una tras otra. Y no se han limitado a la esfera geopolítica. Los eurofans más conservadores, y el público en general, tampoco se han quedado satisfechos con los vestuarios, ciertas puestas en escena e incluso las letras de algunas propuestas.
Una de las mayores falacias sobre los grandes acontecimientos culturales -o deportivos- es que no pueden ni deben politizarse. Y aunque la UER ha insistido repetidamente en que Eurovisión se trata de un "evento apolítico", su doble rasero respecto a la expulsión de Rusia del concurso en 2022 tras su invasión de la vecina Ucrania y la participación del Estado judío ha provocado continuos llamamientos al boicot, tanto entre los espectadores como a las delegaciones participantes.
Durante toda esta semana las protestas en contra de la participación de Israel y de la UER han cortado vías ferroviarias, han llenado Malmö de banderas palestinas, han provocado que participantes hablen de censura y han convertido Eurovisión en un festival de tensión constante en el que todo el mundo está pendiente de cuál va a ser la siguiente protesta contra Israel.
Y no solo contra Israel, sino también contra a quienes no han plantado cara a la situación. Ha sido Olly Alexander, representante del Reino Unido, quien se ha llevado el grueso de este malestar, pues decidió seguir compartiendo cartel con Eden Golan, la abanderada israelí, a pesar de haber calificado de "genocidio" las acciones de este país en Gaza en una carta abierta antes de ser seleccionado para el certamen. En marzo, el grupo de presión LGTBI Queers for Palestine lanzó una petición para que el británico -que vuelve a estar en boca de todos esta semana por su "provocativa" actuación homoerótica- abandonara el festival, que reunió más de 2.000 firmas y saltó a los titulares de todo el mundo. Aunque respondió diplomáticamente en un post colaborativo de Instagram con otros artistas participantes, los incesantes comentarios de "vendido" y acusaciones de su "complicidad en el asesinato de niños pequeños", le han empujado al límite.
"Hay muchas cosas que desearía que fueran diferentes. Ojalá no hubiera guerra ni esta crisis humanitaria. Deseo la paz", explicó entre lágrimas en una entrevista concedida la semana pasada a The Times. "Me he sentido muy triste y angustiada durante toda esta experiencia, pero sigo creyendo que es bueno que la gente se reúna para divertirse. Por eso quería ir a Eurovisión".
En lo único que se han mojado los organizadores fue en rechazar dos canciones propuestas por la misma Golan, October Rain y Dance Forever, por su "contenido político". La primera describe el estado de los civiles durante el ataque de Hamas del pasado 7 de octubre -"No queda aire que respirar, no hay lugar, no hay yo de un día para otro"-, y la segunda hacía una mención indirecta a los ciudadanos israelíes implicados en la guerra en su estribillo: "Oh baila como un ángel. Ahogándome en el amanecer. Mi corazón está tan frío pero mi alma está ardiendo. Alguien llama desde el paraíso".
Pero cuando la artista presentó una tercera opción -Hurricane-, inspirada en las secuelas emocionales de los israelíes tras el ataque, aceptaron sin pestañear. No solo la aceptaron, sino que la han protegido hasta niveles nunca vistos con un representante en la historia de Eurovisión. "Este tema sí que cumple los criterios necesarios para participar, según las normas de Eurovisión", se limitaron a decir. Por eso, tras la conclusión de la primera semifinal, Ebba Adielsson, responsable de la UER, tuvo el valor de cargar públicamente contra el sueco Eric Saade por llevar un pañuelo palestino en el brazo durante su actuación. "Él conoce las reglas que se aplican cuando se sube al escenario. Nos parece triste que se aproveche así su participación", indicó la productora ejecutiva del certamen.
La censura no se detuvo ahí. El artista no binario y representante irlandés Bambie Thug ha revelado que se le ordenó quitarse el maquillaje pro palestino antes de subir al escenario del Malmö Arena el martes: "Soy una persona a favor de la libertad y la justicia, pero la UER me ha obligado a retirar de mi propuesta los mensajes que llevaba pidiendo el alto el fuego y la libertad para Palestina".
Y es que Bambie Thug es uno de los ejemplos de las otras polémicas eurovisivas de esta edición: las peculiares puestas en escena. A la irlandesa se le ha acusado de "promover el ocultismo" e incluso el "satanismo" por presentar una propuesta que mezcla elementos de mitología y hechicería con una puesta en escena, producida por el español Sergio Jaén, en la que se despoja de una capa de bruja a lo Maléfica para transformarse en una crisálida trans. ¿Su respuesta? "Es icónico haber creado tanto revuelo. Estoy cabreando a la gente más adecuada: a los que suprimen el amor, la compasión, la comprensión, a los transfóbicos, a la ultraderecha y a unos cuantos curas, por lo que parece".
Otro participante que ha estado bajo la mirilla de la UER ha sido el finlandés Windows95Man por su llamativo vestuario. Durante su actuación, luce un tanga de color carne, con el fin de simular que está desnudo de cintura para abajo. Sin embargo, saltaron las alarmas tras filtrarse imágenes de sus ensayos generales, ya que el uso de ropa interior que implica la desnudez podría infringir las normas sobre qué tipo de contenidos se pueden emitir en televisión antes de las 21.00 horas, por protección de menores. Debido a los diferentes husos horarios de Europa, en algunos países el certamen empieza a las 20.00 horas. Sin embargo, pese al temor de algunos eurofans, la entidad organizadora ha dado luz verde a Teemu Keisteri -el nombre real del cantante- para que aparezca sin pantalones.
Y no nos olvidemos de la ZORRA de Nebulossa, que se libró por los pelos del veto eurovisivo. Desde el momento en que Mery Bas y Mark Dasousa bajaron del escenario del Benidorm Fest, se formó un huracán mediático -que se extendió más allá de nuestra frontera- difícil de frenar por el uso de este insulto misógino como símbolo de empoderamiento femenino. Tras convertirse en objeto de una pugna política entre Gobierno y oposición -el propio Pedro Sánchez salió en defensa del dúo ondarense, afirmando que "este tipo de provocaciones tienen que venir de la cultura"-, la entidad organizadora consideró la canción "apta" y dio por zanjado el asunto.
Todavía queda la gran final de esta noche. Tiempo de sobra para que surja otra polémica o, mejor aún, para que el continente se una o se desuna en un festival que se supone que es de música.

