Por fuera parece una nevera corriente, pero su interior recrea el clima invernal de las montañas de California. A -1,5 grados, en esta cámara frigorífica invernan miles de orugas de una criatura tan delicada como especial para la ciencia: la mariposa parche de Edith (Euphydryas editha). Nos encontramos a más de 9.000 kilómetros de su hábitat natural, pues sólo vive en México, EEUU y el sur de Canadá. Pero, gracias a las instalaciones adecuadas y, sobre todo, a la experiencia, la paciencia y los conocimientos de la ecóloga estadounidense Camille Parmesan (Houston, 1961), estas mariposas traídas desde California se están criando en un laboratorio pionero del sur de Francia. "Hay que estar muy pendientes de ellas, son mis bebés", resume mientras nos conduce a una luminosa sala para enseñarnos varios ejemplares vivos.
Coloca una en mi mano para que pueda apreciar de cerca toda la belleza y los extraordinarios colores de esta mariposa icónica para la ecología. Y es que, gracias a ella, Camille Parmesan demostró por primera vez que las especies salvajes están modificando su distribución geográfica como respuesta al cambio climático. A aquel hito para la ciencia medioambiental, logrado a mediados de los años 90, le siguieron otras investigaciones que mostraron que miles de plantas y animales estaban sufriendo el mismo impacto. Un auténtico trabajo detectivesco por el que la Fundación BBVA le ha otorgado este año su Premio Fronteras del Conocimiento en Cambio Climático y Ciencias del Medio Ambiente, galardón que recogerá este jueves en Bilbao.
El principal escenario de sus investigaciones en la actualidad es la Estación Ecológica Teórica y Experimental (SETE), de la que es directora. Estas instalaciones, situadas en la localidad de Moulis, en la región de Mediodía-Pirineos, pertenecen al Centro Nacional para la Investigación Científica de Francia (CNRS) y le permiten hacer numerosos experimentos imitando las condiciones de la naturaleza. Junto a ella está su marido, el científico británico Michael Singer, considerado una eminencia en el campo de las mariposas, un insecto que cría desde que era un niño.
En un tarro guardan el cocktail con el que alimentan a las mariposas que nacen en cautividad: una mezcla de mieles orgánicas de flores salvajes que viven en zonas altas del Pirineo, una pizca de sal marina para proporcionarles minerales y hay quien añade un toque de aminoácidos. "Michael ha desarrollado una receta a lo largo de los años y ésta en concreto lleva miel de tomillo, lavanda y romero, aunque se pueden usar otras", explica Parmesan. Las mariposas que viven en libertad toman cantidades muy pequeñas de néctar un centenar de veces al día así que lo que hacen aquí es darles un cantidad mayor tres o cuatro veces. Si comen con esa frecuencia, asegura, "se mantienen más fértiles y saludables. Para evitar que se mueran basta con darles una vez de comer".
Y siempre lo hacen ellos dos. "No dejo a nadie más que las cuide porque cada vez que he pedido a estudiantes que se ocupen de las mariposas, me las han matado", afirma entre risas pero en serio. "Ahora tengo un equipamiento fantástico para que estén bien. Las tengo dormidas como si estuvieran en la nieve y las puedo dejar así meses". Su sistema, pensado al milímetro, simula también el clima de las montañas californianas en verano -"seco, soleado y en el que raramente llueve"-. A las que ya han nacido, las mantiene frescas en unos transportines llamados hábitats que guarda en otras neveras, con temperaturas de entre cinco y 10 grados, para que vivan más tiempo.
La mariposa parche de Edith sólo vive en Norteamérica: "Tiene primas en Europa pero no son tan interesantes", asegura Parmesan, que se licenció en Zoología y se doctoró en Biología en la Universidad de Texas. "Es muy singular, incluso entre las mariposas, que de por sí son muy sensibles a las actividades humanas que dañan la biodiversidad. Y como son hermosas, a la gente le encanta observarlas y coleccionarlas, por lo que tenemos muy buenos registros de ellas".
A principios de los 90, cuando terminaba su doctorado, se empezaba a hablar más del cambio climático: "En los datos meteorológicos, todavía no veían una tendencia significativa al calentamiento, aunque lo esperaban por la teoría básica y los conocimientos de física", recuerda. La científica consiguió una beca que lanzó la NASA en una convocatoria llamada 'Misión al Planeta Tierra' para investigar los impactos del cambio climático. Parmesan se dijo: "Sé mucho sobre la mariposa parche de Edith y sé cómo distinguir un buen hábitat de uno malo. Y sabemos que esta mariposa se extingue con frecuencia, y que estas extinciones están relacionadas con los extremos climáticos".
Pasó tres años viajando por el área de distribución de esta mariposa, desde México a Canadá, observando sus hábitats, y recorriendo todos los museos en los que podía encontrar registros sobre estas mariposas. Y lo que descubrió fue que se estaban extinguiendo en México, en zonas con baja altitud, y estaba bien en Canadá y en zonas de gran altitud.
Como hubiera hecho Sherlock Holmes, descartó que el declive en las zonas en las que iba en descenso se debiera a la pérdida y degradación de hábitat, a los efectos de los campos agrícolas, a los fertilizantes o la contaminación, demostrando que el único factor que podría causar la disminución de estas mariposas era el calentamiento. Ese estudió se publicó en la revista en Nature en 1996 y se considera la primera documentación concreta de una respuesta de una especie silvestre al cambio climático. La mariposa doncella de Edith se convertía así en un autentico termómetro del cambio climático.
En los años siguientes fue capaz de demostrar que muchas otras especies animales y vegetales estaban experimentando los mismos impactos, después de un laborioso proceso durante el cual entrevistó a numerosos coleccionistas de mariposas y viajó a museos de EEUU y Europa. España fue el segundo país donde demostró que muchas especies se estaban trasladando hacia el norte, una tendencia que documentó en numerosos países.
Antes de recalar en Francia en 2017, Parmesan había desarrollado su carrera en la Universidad de Texas y en la Universidad británica de Plymouth. Pero ese año, decidió unirse a un programa que puso en marcha el presidente francés, Emmanuel Macron, para atraer a su país a científicos estadounidenses cuya investigación iba a verse perjudicada o incluso cancelada por la llegada al poder de Donald Trump. Si el presidente de EEUU popularizó el lema Make America Great Again (Que Estados Unidos vuelva a ser grande), Macron denominó su programa para captar cerebros estadounidenses Make Our Planet Great Again (Hagamos nuestro planeta grande de nuevo).
La científica admite que nunca pensó en mudarse a Francia: "Vivía en Gran Bretaña y pensaba quedarme allí pero entonces se produjo el Brexit. Sabía que sería catastrófico para la investigación, y así ha sido. Me planteé regresar a EEUU justo cuando Trump fue elegido presidente por primera vez. No tocó las universidades pero en apenas un mes ya había comunicado a los miles de científicos del clima que no podrían publicar ningún artículo que mencionara el cambio climático, y dejaron de subvencionar estudios climáticos. Yo conocía a muchos de los científicos afectados en agencias gubernamentales, y de ninguna manera podía regresar a EEUU en esa situación. Aunque pienso que habría estado bien en una universidad, el ambiente intelectual era realmente horrible para el cambio climático por aquel entonces", rememora.
Sin saber qué hacer porque no había muchos puestos disponibles para científicos de alto nivel, mandó una solicitud para un cargo en Canadá y fue entonces cuando Macron lanzó su propuesta. Lo solicitó y lo consiguió: "La gente pensó que estaba loca porque renuncié a un puesto permanente en Inglaterra por una beca de cinco años. Pero yo me dije: 'Me divertiré durante cinco años y me las arreglaré, y ya encontraré algo'. Además, mi marido ya estaba jubilado, y siempre había querido vivir en Francia", cuenta. Finalmente consiguió una plaza permanente y, desde 2022, dirige la estación SETE.
La científica, convertida en una suerte de 'refugiada científica', no se arrepiente de su decisión de mudarse a Francia y de hecho, se muestra muy preocupada por este segundo gobierno de Trump: "Durante la primera legislatura, se lo puso muy difícil a muchos científicos del clima de agencias gubernamentales, pero lo limitó a la ciencia del clima y mantuvo la financiación del Programa de Investigación sobre el Cambio Global de EEUU, la del IPCC (el grupo de expertos de cambio climático de la ONU) o la de la Organización Mundial de la Salud. Ahora, ha ampliado su ataque a toda la ciencia, absolutamente a todo, desde las matemáticas a la física, la salud, la NASA... A todo", advierte. "En unos pocos meses ha multiplicado por mil el daño causado durante su primer mandato. No hay precedentes de algo así. Lo que está haciendo es increíblemente destructivo y no nos recuperaremos de esto con un nuevo presidente. Llevará 20 o 30 años", estima.
Pese a que Parmesan no cree que Trump consiga tener un tercer mandato, como ha manifestado que sería su deseo, teme que pueda llegar a la Casa Blanca el actual vicepresidente, J.D. Vance: "Será igual de negativo si él se convierte en presidente, porque él es el artífice de mucho de lo que está pasando".
Desde su punto de vista, si se ejecutan los recortes presupuestarios propuestos por la Administración Trump a instituciones científicas, éstas no podrán funcionar, por lo que considera que el Congreso debería pararle los pies. Por otro lado, cree que estados como California, que es la quinta economía del mundo, podrán seguir adelante con muchos de los programas estatales, pero otros como Texas, Ohio o Illinois, no serán capaces de hacerlo. Pese a que Texas es conocido como el estado del petróleo, la científica asegura que se ha hecho mucho trabajo a nivel local en el campo de las energías renovables: "En la mayor parte de las grandes ciudades texanas, una buena parte de la energía es renovable, en particular con parques eólicos. Por ejemplo, en Georgetown el 100% de la energía es renovable, pero Trump está quitando la financiación federal para la investigación y nuevos desarrollos de energías renovables", critica.
Además de sus estudios sobre especies, Camille Parmesan ha formado parte durante dos décadas del IPCC y fue una de las autoras principales del reciente informe emitido en 2022 por este grupo de científicos del clima. En los años 90, cuando comenzó sus investigaciones, pensaban que la situación en 2025 sería diferente. "El calentamiento del planeta ha ido mucho más rápido de lo esperado, estamos viendo ya aumentos de temperatura que no esperábamos hasta fin de siglo", asegura la investigadora, que se muestra convencida de que ya no es posible mantener el aumento de temperatura global por debajo de los 1,5 grados para 2100: "No hay forma de lograrlo, pero creo que sí podríamos mantener el aumento por debajo de los dos grados si hacemos todo lo posible para conseguirlo y ampliamos la energía nuclear".
En ese sentido, defiende la construcción de nuevas centrales nucleares de última generación: "Tienen diseños que evitan que su núcleo pueda fundirse [se llaman reactor modular de lecho de bolas o pebble bed reactor]. Y ahora sabemos que podemos conseguir que los residuos nucleares tengan una vida media relativamente corta, de 1.000 años y no de 100.000 años, porque no se puede almacenar nada con seguridad cuando se intenta hacerlo durante 100.000 años", propone.
La energía nuclear, añade, no vamos a poder utilizarla siempre porque nos quedaremos sin uranio: "Noes una solución, sino un puente hacia un futuro en el que lograremos mejorar mucho la capacidad de almacenamiento de las baterías, dado que el verdadero problema de las energías renovables es que no podemos almacenarlas como necesitaríamos", expone.
Asimismo, recuerda que las mejores baterías se basan en metales y tierras raras como el litio, que también se están volviendo muy escaso, y además su extracción es muy destructiva. Por eso, cree que "la respuesta final será la energía generada por fusión nuclear", que es como el sol produce energía y es una tecnología en desarrollo "que podría tardar 100 años en estar disponible".
No obstante, subraya que combatir el cambio climático implica muchas más cosas que la quema de combustibles fósiles: "Se trata de la agricultura industrial que usa pesticidas y fertilizantes derivados del petróleo, del cambio del uso de la tierra, la polución de los coches... Necesitamos modificar muchas cosas", sostiene esta científica, cuya investigación también ha puesto el foco en los efectos que la pérdida de especies y el cambio climático causan tanto en la salud humana como en la producción de alimentos. Paralelamente, trabaja también para determinar qué medidas de conservación son más eficaces para frenar ese declive de la biodiversidad.
Parmesan piensa que inevitablemente perderemos algunas especies icónicas para la humanidad, pero estamos a tiempo de preservar la la diversidad genética mundial: "No creo que podamos salvar a las que yo llamo especies adaptadas al frío más extremo, como el oso polar, pero su genética pervivirá porque se cruzará con otros osos", argumenta la investigadora, que defiende que las estrategias de conservación no deben centrarse en una especie en concreto.
"El oso polar necesita hielo porque se alimenta de animales que dependen del hielo, como focas, leones marinos, crías de morsas... Cuando se le obliga a estar en tierra, comerá lo que encuentre porque es un oso: zorros, basura humana, o cualquier otro animal que no contenga la suficiente cantidad de grasa que necesita, que es muy alta. Poco a poco su salud se deteriora. El número de cachorros así como el peso de las hembras ha ido disminuyendo, porque no comen lo que necesitan comer", expone.
Por ello, lo que están haciendo los osos polares es aparearse con osos grizzly, dando lugar a híbridos: "Muchos biólogos, conservacionistas y amantes de la naturaleza se asustan porque no vamos a tener ninguna población pura, pero ya hay poblaciones de osos polares que tienen un porcentaje de genes de oso grizzly [una subespecie del oso pardo] y viceversa. Cuando vuelva el hielo y las condiciones frías, esos genes de los osos polares seguirán existiendo en otros osos", argumenta la científica. "Con suerte, si mantenemos esa diversidad genética en el acervo genético mundial, cuando estabilicemos el clima y empecemos a absorber el CO2 atmosférico, todos esos animales tendrán entonces la oportunidad de volver a evolucionar. Esa es mi esperanza para muchas de estas especies adaptadas al frío. Soy optimista".





