En 1910 un niño de 12 años llamado William James Sidis consiguió entrar en la Universidad de Harvard tras haber sido rechazado dos años antes por la institución pese haber aprobado el examen de ingreso. Antes de los dos años, el pequeño William leía; a los ocho había inventado una lengua propia –a la que llamó vandergood– y a los 11 impartía conferencias a matemáticos. Destinado a la gloria, protagonizó portadas de periódicos, mientras que en las casas de apuestas se podía a especular si Sidis ganaría un premio Nobel, dos o incluso tres, dados sus diferentes talentos asombrosos. Sin embargo, quien había sido considerado «el hombre más inteligente del mundo» desapareció un día sin dejar rastro.
Años después sólo se supo de él que se hizo socialista, que vivió alquilado en una habitación en uno de los barrios más humildes de Boston y que tuvo distintos empleos alimenticios, que iban desde bedel hasta administrativo. Sólo se relacionaba con sus compañeros de trabajo, que no vieron en él nada extraordinario salvo la velocidad con la que resolvía el crucigrama del periódico. En la década de los años 40, una periodista, que contactó con él ocultando su identidad, escribió un reportaje en el que lo describió como alguien «infantil». En el artículo se acusaba con crueldad a Sidis de no haber respondido a las expectativas depositadas en él por la humanidad. Poco menos que se le trató de fraude. ¿Cómo era posible que la persona con mayor coeficiente intelectual detectado hasta la fecha viviera de forma tan miserable?
Sidis murió a los 46 años por culpa de un derrame cerebral. Su vida sirvió como inspiración para la película que, según los expertos, mejor ha contado cómo es el mundo interior de un genio: El indomable Will Hunting (1997). El guión fue escrito por dos chavales de Boston que hoy son megaestrellas en Hollywood: Matt Damon y Ben Affleck. Ambos son superdotados.
Evitar que haya william sidis maltratados en España es la cruzada de Javier G. Recuenco. «Las personas con altas capacidades deberían ser tratadas como una especie de recurso natural que puede aportar mucho a la sociedad», explica este ingeniero informático de 55 años que, durante años presidió la delegación española de Mensa, la asociación global de superdotados más antigua del mundo, cuyos miembros deben tener un cociente intelectual (CI) superior a 130. «Hay que salir del armario y no avergonzarnos de nuestro CI», continúa el ingeniero, que llega a los 165 puntos. «Por fortuna la sociedad se ha vuelto muy tolerante con una serie de diversidades, pero cuando hablamos de las personas con altas capacidades a la gente todavía se le disparan unos gatillos: que si elitismo, que si eugenesia, que si arrogancia... Hay que eliminar todos estos prejuicios».
En su reivindicación, este activista de la inteligencia aboga por que la comunidad superdotada se inspire en la lucha histórica en defensa de sus derechos y contra los estigmas del movimiento gay, que se agrupó desde la diferencia para conseguir la igualdad. «La gente de altas capacidades necesitamos nuestro Stonewall y nuestro Harvey Milk», dice Recuenco, en referencia a la protesta frente al acoso policial en este famoso bar neoyorquino en 1969 y al primer político abiertamente homosexual elegido para un cargo público en EEUU, que se convirtió en mártir de la causa.
Dada esta inspiración se puede poner nombre al movimiento reivindicativo de la superinteligencia y denominarlo Orgullo IQ. Aunque aún no tenga bandera, representa en España a unas 900.000 personas, alrededor del 2% de la población, y aspira a convertirse en una comunidad orgullosa que logre reconocimiento y respeto por parte de una sociedad a la que históricamente tanto han contribuido con descubrimientos, inventos y obras artísticas.
Recuenco sabe muy bien lo que es una vida atada a los prejuicios que arrastran los superdotados. Hijo de un humilde matrimonio conquense que abandonó el pueblo para emigrar a Madrid, su infancia se volvió dura cuando empezó a demostrar una curiosidad y una capacidad de razonamiento portentosas. En el colegio se sentía como «un alienígena» y pronto se convirtió en una víctima del acoso escolar. Todo cambió gracias a un estallido biológico: cuando dio el estirón, Javier Recuenco se elevó sobre los demás y se refugió no en su intelecto, sino en la fuerza física. «Sobreviví al bullying siendo el malote de la clase, me convertí en el macarra», reconoce.
En la universidad se centró y empezó a curar las cicatrices emocionales cuando fue consciente de que era diferente. Mientras trabajaba, estudió Ingeniería Informática y luego Administración de Empresas. Conoció la organización Mensa y trató con gente como él. Hoy es empresario y docente en un montón de instituciones, donde imparte clases en materias tan diversas como Inteligencia Artificial, Big Data, eSports, Innovación o Resolución de Problemas complejos.
El Orgullo IQ tiene representantes que dan la cara, pero hacer una comunidad muy grande no es tan fácil. Todavía son una gran mayoría los superdotados que ni siquiera saben que están escondidos dentro del armario de la superinteligencia. Al menos eso es lo que muestran los datos del Ministerio de Educación. En el curso 2022-2023 se identificaron en España a unos 50.000 estudiantes del segundo ciclo de infantil a bachillerato con altas capacidades. Es decir, un 0,75% del total del alumnado, muy lejos del 2% total que presuponen los estudios más solventes.
Muchos de estos chavales son invisibles, ya sea por desconocimiento o por voluntad propia.
«Es una responsabilidad social detectarlos porque ellos serán quienes traten los grandes problemas del mundo», dice Mónica Quintana, orgullosa superdotada y fundadora de Mindset, una consultora experta en talento e innovación. «Hace falta identificación temprana, recursos educativos y de orientación y, sobre todo, una altura de miras si es que España y Europa quieren tener un papel importante en el tablero global». Para esta mujer la población con altas capacidades conforma «un tesoro nacional».
A ella misma le detectaron un altísimo CI muy pronto, cuando sólo era una niña de seis años. Esta asturiana reconoce que en el colegio se aburríó mucho, que en el instituto la insultaban por sus rasgos de liderazgo y que en la universidad se sintió desalentada por la esclerosis de los planes de estudio. Ha sido en la carrera profesional donde se ha sentido mucho más realizada. Su currículum podría plantar cara a un tomo de las Páginas Amarillas. Tiene dos carreras y 17 posgrados.
«Estamos adentrándonos en la era de la inteligencia», explica Quintana. «Llegamos ahí tras haber pasado la era industrial, basada en el músculo, y la digital, basada en datos. Ya no se trata de tener más información, sino de la capacidad de tomar decisiones inteligentes con ella más allá de lo evidente, conectando los puntos y teniendo en cuenta lo que a menudo resulta invisible».
La visión de país de esta estratega está basada en los recursos intelectuales que conforman la geopolítica de la inteligencia. «Los cerebros de estas personas están cableados de forma especial», afirma. «Imagínate todo lo que se podría hacer si extendemos estas capacidades con el poder que nos otorgan tecnologías como la IA: podríamos marcar la diferencia y mover la aguja del progreso».
El progreso que describe está donde uno menos se lo espera. Quién sabe si la mujer que curará el cáncer de páncreas hoy está haciendo muñecos de plastilina en un aula de primaria en Parla o si el futuro creador de un biocombustible ultraeficiente pudiera ser un niño de Bilbao que se esconde en un baño para leer un libro mientras sus compañeros de colegio juegan al fútbol en el patio. O imaginemos un chaval de una aldea gallega que ha repetido curso, pero con gran oído musical, y que un día estrenará una sinfonía en Viena.
De estos chicos todavía no se sabe nada, pero sí de sus cerebros.
La estructura cognitiva de las personas superdotadas es muy diferente a la del resto de la población. Disfrutan de lo que se conoce como pensamiento arbóreo, que consiste en que una idea les lleva a otra idea y luego a otra y así sucesivamente… Se trata de un procesamiento mental que si se dibujara sería como las ramas de un árbol. Esto sucede porque no es lineal, sino que se extiende por múltiples direcciones. Se activa cuando una única idea produce una cascada de asociaciones rápidas y complejas que van desarrollando una extraordinaria creatividad y una profundidad, en muchos casos, inaccesible para el resto de los mortales. Esto les otorga una extraordinaria fortaleza –son capaces de administrar cantidades brutales de información– pero también una fragilidad cuando son más jóvenes, ya que organizar y estructurar el pensamiento es muy difícil. Así pensaban, con un cerebro en combustión, Orson Welles, Alan Turing o Galileo. Y también el pobre William James Sidis.
Un alto porcentaje de estos supertalentos tienen problemas de sociabilidad y eso es uno de los retos de pedagogos, padres y psicólogos. La sociedad tiene que hacer un esfuerzo por ayudarles, si bien Recuenco no quiere eludir responsabilidades. «Siempre digo que nosotros tenemos que hacer un esfuerzo porque los otros son más», comenta con humor.
Conviene aclarar que tener altas capacidades no supone ninguna patología. Hay que abandonar la visión del genio atormentado. Lo único que se ha demostrado es que cuando estas inteligencias no son comprendidas por el entorno y por quienes las disfrutan pueden aparecer problemas emocionales. Esto lo provoca no la inteligencia en sí, sino el miedo que experimentan los niños a verse diferentes y no integrarse. Enfrentarse sin orientación a una infancia y adolescencia sin apenas amigos y con estímulos diferentes a los demás niños, que encima los miran como bichos raros, puede convertirse en un desafío aterrador. Esto hace que muchos se escondan.
La propia Quintana proviene de la rama más indetectable de la superdotación. Según el Ministerio de Educación, sólo el 35% de los alumnos identificados en España con altas capacidades intelectuales son mujeres. Los especialistas consideran que esta brecha se produce porque los varones de este perfil suelen ser más problemáticos en el aula, ya que cuando se aburren manifiestan una actitud más desafiante y esto hace que sus padres les lleven antes y con
más frecuencia al psicólogo. Este paso propicia que los profesionales de la salud mental detecten sus cualidades, mientras que las niñas, que tienen muchas más ambiciones sociales y se adaptan mejor al entorno, se disfrazan para pasar desapercibidas. No quieren destacar para no ser señaladas.
Este camuflaje es una de las características que hizo que la psicóloga Jean Siaud-Facchin llamara cebras a las personas con altas capacidades intelectuales. Lo hizo en alusión a las características de estos animales propios de África: son independientes aunque forman parte de una manada, el ser humano jamás ha conseguido domesticarlas y sus rayas, diferentes en cada ejemplar, las ayudan para camuflarse de los depredadores.
Pese a los avances en educación y tecnología, la misión de identificar la parte de la población más talentosa resulta mucho más difícil de lo imaginado a estas alturas de 2025. La razón es que no basta con una prueba básica realizada en el colegio o un test de esos que circulan por internet que se hacen en 10 minutos. Jana Martínez-Piqueras, destacada experta en altas capacidades y presidenta de Indifferent Minds Foundation, explica que hace tiempo que el CI ha sido descatalogado por la ciencia como único medidor de la inteligencia. «Es un gravísimo error basarse sólo en estas pruebas», dice. «Es necesario incluir otras herramientas, como la redacción de perfiles cognitivos, pruebas que midan la creatividad y el análisis de las habilidades individuales. En definitiva, medir el talento exige un estudio muy complejo».
Las notas, el medidor estándar de cualquier actividad académica, tampoco son, según Martínez-Piqueras, las huellas más importantes a seguir. Incluso pueden ser fuente de interpretaciones equivocadas. «Todavía muchos profesores y padres asocian las altas capacidades con los sobresalientes», dice esta antigua profesora. «Y los datos no nos dicen eso».
Un 50% de estos alumnos de inteligencia preclara sufren fracaso escolar y hasta un 70% muestran resultados académicos nada destacados. No son tantas las personas con altas capacidades que muestran un expediente extraordinario.
Si identificar superdotados es difícil, para los expertos todavía resulta más frustrante el siguiente paso, el que hay que dar cuando ya han sido identificados. Es cuando se ven las grietas de un sistema que nunca ha tenido en cuenta estos perfiles. «En ese punto la educación en España es muy cateta, aburrida y basada en repetir y repetir», dice Martínez-Piqueras. «Estos niños terminan desconectando por aburrimiento sin que nadie se preocupe de estimularlos, lo que resulta aún mucho más difícil para las familias de menos recursos, que no pueden pagar clases extraescolares». Es aquí cuando aparecen los suspensos o los padres y educadores sin orientación los tratan de vagos y despistados.
"No se trata de tener información, sino de ser capaz de tomar decisiones inteligentes más allá de lo evidente"
Ante este panorama, esta experta en altas capacidades es muy crítica con el papel general de los centros educativos respecto a estos alumnos. Ha detectado que no cumplen con su obligación de enseñar a todo el mundo. Aprender consiste en que los alumnos accedan a cosas que no saben, pero a muchos chicos listos se les quita el derecho del conocimiento acorde a su capacidad. Pone un ejemplo que todo el mundo entiende. «Basta con fijarse en el deporte de élite», dice Martínez-Piqueras. «Los países que más invierten, que dedican más recursos y mejores entrenadores a la formación son los que, llegado el momento, más medallas ganan en los Juegos Olímpicos, no es algo que suceda por generación espontánea. Pues con el intelecto sucede lo mismo».
El Orgullo IQ, como tantas veces con el Orgullo Gay, también es fuente de debates internos y discrepancias. ¿Es necesario un activismo más cañero para llegar al fin buscado de respeto e integración? ¿Vale la pena diferenciarse? La psicóloga francesa Monique de Kermadec, autora del ensayo El adulto superdotado (Ed. Península), aboga vía email por una exposición con un perfil más bajo.
«Aceptarse a uno mismo, asumir la propia superdotación e integrarla positivamente en la vida no requiere una proclamación ruidosa, sino más bien una nueva relación abierta con el otro, cuya diferencia ahora se comprende y se acepta», dice De Kermadec. «El mejor aliado tras la toma de conciencia será entonces nuestra inteligencia relacional, la que nos permitirá hacernos entender por los demás. La experiencia lo demuestra: la etiqueta reivindicada y afirmada con fuerza suele ser mal percibida, incomprendida y vivida como arrogancia, lo que provoca rechazo».
Sea cual sea el camino más adecuado, el reclutamiento de superdotados en pro de un papel más activo en la sociedad va a exigir un mayor esfuerzo de los dirigentes educativos, desde los ministros del ramo hasta los directores de colegio. En primer lugar porque hay que encontrarlos y potenciarlos. Por eso pedimos a los expertos consultados cuáles serían sus demandas más acuciantes para hacerlo, aunque vista la calentura política actual más bien puede considerarse una carta a los Reyes Magos que esperemos que no guarden en un cajón.
Este es un resumen de sus peticiones:
–La firma de un Pacto de Estado con una única política educativa para altas capacidades, no las 17 actuales de cada comunidad autónoma que difieren en requisitos y recursos.
–Personalizar la enseñanza y disminuir el ratio de alumnos por clase.
--Formar al profesorado para tratar a estos niños de forma más adecuada.
Si estos asuntos se resuelven, el camino de los superdotados españoles será más claro y tendrá menos trampas. Quizás hasta se resuelva la paradoja que siempre les ha envuelto. Esa mezcla de admiración y recelo, por un lado y de aspiración a la normalidad, por el otro. Esto lo resume bien un chiste muy popular entre superdotados que cuenta Recuenco: «¿Sabes en qué se parecen las altas capacidades y un matrimonio? En que los que están fuera quieren entrar y los que están dentro quieren salir».



