Han pasado 35 años pero recuerda vívidamente aquella salita. Ella, sentada ante una mesa imponente para una adolescente aún demasiado niña. Su madre y la psicóloga en la entrada, susurrando lo suficientemente alto como para que le llegaran retazos de la conversación. «Su hija es muy inteligente, y ya está», cuenta que escuchó, y se enfadó muchísimo: «Esta mujer nos está engañando. ¡Pero qué mentirosa es! ¿Cómo puede decir eso? ¿A santo de qué?».
No sabía entonces que esa inteligencia suya era especial y muy superior a la media. Que su cerebro funcionaba mucho más deprisa que el del resto y su mente discurría por caminos ignotos para el común de los mortales. Que los demás no sentían esas emociones tan bestias que la abrumaban a ella, esa empatía que le hacía tantísimo daño. Tampoco tenía ni idea entonces de que había, que hay, otros muchos como ella, que perciben algo distinto en su interior pero no son capaces de entender el qué.
A Amparo Ferrero le identificaron altas capacidades en 2022. Tenía 47 años.
Y descubrirlo le cambió la vida.

"Si levantaba mucho la mano en clase, me miraban mal"

"Tienen miedo a los demás... pero, sobre todo, a sí mismos"
Estadísticamente, los superdotados (con un cociente intelectual superior a 130) suponen el 2% de la población, y las personas con altas capacidades (con un cociente intelectual superior a 120), el 10%. Sin embargo, según los últimos datos del Ministerio de Educación, en los colegios e institutos sólo hay un 0,62% de alumnos identificados como tal. Y eso ahora que los test están mucho más generalizados.
Muchos pasarán por la vida sin saber poner nombre a su diferencia. Otros, como Amparo, resolverán su propio misterio ya de mayores.
«Tendemos a creer que los superdotados son conscientes de ser más inteligentes, pero muchos sólo perciben una dificultad para integrarse en la sociedad y hacer amigos que les hace sentirse profundamente fracasados. La mayoría de mis pacientes llegan a la consulta movidos por un sentimiento de soledad e incomprensión, no con dudas sobre sus talentos», relata la psicoanalista francesa Monique de Kermadec, una eminencia en el ámbito de las altas capacidades que presenta en España su best sellerEl adulto superdotado (Península). Cuenta la autora que cuando su libro salió a la venta en Francia, en 2016, los empleados de la Fnac le describían oleadas de clientes vestidos de oficina que se acercaban a la hora de comer a ojear sus páginas pero nunca llegaban a la caja. «Ahora mis pacientes se atreven a preguntar: '¿Será eso lo que me pasa?'. Antes ni siquiera osaban pronunciar la palabra superdotado», asegura.
En el caso de Amparo, todo empezó muy pronto, en segundo de EGB. Había sido la primera de la clase el curso anterior, cuando tenía una amiga. Sólo una, pero muy cercana. Eran inseparables. Y sin embargo, las separaron. Y la solitaria niña Amparo se abonó a un fracaso escolar que la acompañó hasta el instituto y la llevó a ver a aquella psicóloga que determinó que era muy lista para sorpresa de todos, sobre todo, de ella misma. «Nadie se paró a pensar qué había pasado ahí, pero ahora entiendo que a nivel emocional yo no estaba en el entorno adecuado. Me veía muy sola. Soy una persona extrovertida y sociable pero nunca me sentí integrada. No encajaba con lo que les gustaba a las otras chicas, me sentía muy diferente. Terminé adaptándome para pasar desapercibida, construí una personalidad acorde a lo que se esperaba de mí. Pero no era yo. Y eso pesa y te va minando la autoestima», rememora.
"Yo no creía que pudiera ser inteligente, ¿a santo de qué? Para mí, todos mis logros eran cuestión de suerte"
Las malas notas tampoco ayudaron, los profesores la castigaban, primero de cara a la pared con los brazos extendidos; más tarde, pasando unas horas a la semana en el curso inferior para humillarla. Terminaron renunciando a ella. La única respuesta que obtenía su familia era: «Amparo puede hacer más de lo que hace». Y supone que así era, efectivamente, porque en tercero de BUP suspendió Filosofía pero dos años después le explicó la materia a su hermana y ella sacó un sobresaliente. «El conocimiento lo tenía, pero llegaba tan absolutamente derrotada al examen que no era capaz de exteriorizarlo. Para mí, estudiar era horrible».
La cosa mejoró cuando llegó al mundo laboral, tras una licenciatura en Gestión Comercial y Marketing que se sacó a trancas y barrancas. Ya trabajando, se metió en un máster, un programa de desarrollo para directivos en comercio exterior, y quedó presidenta de su promoción: «Imagínate, el 80% eran hombres y yo fui la primera. Hubo incluso dos compañeros a los que tuvieron que parar los pies porque me trataban fatal, despreciaban sistemáticamente todo lo que yo decía», cuenta. «Ahora veo que se sentían amenazados por la inteligencia de una mujer, pero entonces yo todos mis éxitos los achacaba a la fortuna. Nada sucedía porque yo fuera inteligente, sólo porque había tenido suerte».
En lo personal, Amparo siguió vistiendo aquella máscara, no fuera alguien a descubrir que era rara. Se ha divorciado dos veces y conserva muy pocos amigos de los de antes de la evaluación: ahora sabe que no eligió ella sino su máscara. Ni siquiera sigue trabajando en lo mismo, se ha reinventado como coach, terapeuta del método SHEC y mentora de mujeres con altas capacidades y Personas Altamente Sensibles (PAS). «Para mí ha sido un renacimiento: ahora soy la persona que quiero ser», afirma.
De los miles de pacientes que han pasado por su diván, a la psicóloga Monique de Kermadec se le ha quedado especialmente grabado lo que le dijo uno, un hombre de 50 años que, aparentemente, había triunfado en la vida. Era director ejecutivo de una gran empresa, ganaba muchísimo dinero, le habían dado innumerables premios, pero cuando De Kermadec le confirmó que tenía altas capacidades sólo le salió un lamento: «He perdido mi vida. He hecho siempre lo que se esperaba de mí y me estoy dando cuenta de que ni siquiera me conozco, nunca me he permitido ser yo mismo».
"Tendemos a creer que los superdotados son conscientes de ser más inteligentes, pero muchos sólo perciben una dificultad para integrarse en la sociedad"
«El peor reto al que se enfrenta el adulto superdotado es quitarse la máscara social y descubrir su verdadero yo. Muchos tienen la impresión de haber perdido un tiempo precioso», dice la psicóloga, y recuerda a aquella abogada que abandonó su puestazo en una consultora para montar un pequeño negocio de pasteles porque lo que le gustaba era la repostería. Terminó vendiendo a restaurantes de primer nivel, por cierto.
Personas con altas capacidades hay de todo tipo y condición, y no todas conviven con la frustración. Miguel Juan puso nombre a ese don suyo hace 20 años, cuando tenía 40. Para él ser diferente nunca fue un problema. Al revés, la vida le ha ido bien con menos esfuerzo. El presidente español de Mensa -«la asociación de personas de alto cociente intelectual más antigua y extensa del mundo» según su página web-, habla rápido y pasa de un tema a otro para después volver al anterior. Ahora reflexiona sobre cómo la sociedad se ha vuelto un poco blandita, ahora se marca una clase magistral de diez minutos sobre cómo funciona la IA generativa y concluye: «En este momento, ninguna inteligencia artificial es inteligente, ni siquiera un poquito».
Es complicado seguirle el hilo pero logramos devolverle a su infancia, al pie de la mesa camilla de una casa modesta, siempre con un libro entre manos. «Me levantaba, iba donde mi madre y le preguntaba: '¿y esta, qué letra es?'. 'Pues la M'. Y volvía a sentarme e iba encajando piezas», rememora. Miguel tenía dos años cuando aprendió a leer y esa habilidad abrió un mundo infinito de posibilidades a su curiosidad insaciable. «En casa no había libros porque mi familia era muy humilde, pero la vecina del otro lado de la calle tenía una pequeña biblioteca y me dejaba ir a leer allí. Recuerdo que empecé por los libros de Julio Verne y que me gustaron muchísimo», cuenta. Cuando el pequeño Miguel descubrió la biblioteca pública se sintió como el Charlie de Roald Dahl en la fábrica de chocolate. «¿Ostras, ¿pero en serio te dejaban llevarte libros de allí? Yo flipaba». Todavía se le ilumina la cara.
En tercero de primaria, un profesor le hizo la gracia de ponerle los exámenes del curso siguiente. Los sacó con nota y le adelantaron un curso. Nadie evaluó nada, todo parecía evidente. «En el colegio yo siempre conocía la respuesta a todas las preguntas, era el empollón y ni siquiera necesitaba estudiar. Sabía que se me daba mejor que a los demás pero eso nunca me supuso un problema de integración, la verdad, imagino que me ayudó mi carácter», explica. Ese curso que le adelantaron se lo cobró más tarde el sistema, aún poco flexible para atender casos como el suyo. «Cuando llegué al instituto me dijeron que era demasiado pequeño para estar allí, y tuve que repetir».
"Durante mucho tiempo pensé que la vida era un juego en el que había que resolver problemas para mantenerte entretenido"
Al crecer, Miguel Juan fue convirtiendo su existencia en una especie de escape room: «Durante mucho tiempo pensé que la vida era un juego en el que había que resolver problemas para mantenerte entretenido», dice. Al llegar el momento de elegir carrera, dudaba entre física, matemáticas o ingeniería. Le dijeron que la ingeniería era lo más difícil. Pues estudió ingeniería. Al llegar el momento de elegir especialidad, directamente preguntó cuál era la más complicada. Electricidad. Pues a por ella.
Y en esa carrera de obstáculos de la que siempre salía ganador se encontraba, ya enfilando la cuarentena, cuando dio por casualidad con un test en internet: «Descubra si es más inteligente que la media contestando 20 preguntas en 20 minutos». Lo pasó con creces. Un psicólogo especializado de Mensa lo citó en su casa para una entrevista personal y el resto es historia. «Al hacerme mayor dejé de pensar que mi objetivo era resolver cosas y me centré en una perspectiva un poco más ética», reconoce. Por eso hoy preside una asociación que actúa de refugio para quienes son como él pero lo han llevado peor.
Para entender por qué tantas personas con altas capacidades llegan a la edad adulta sin poner nombre a su peculiaridad tenemos que volver a Amparo. Su evaluación fue, en realidad, un suceso colateral e inesperado. Ella había viajado de Valencia a Zaragoza junto a una amiga en busca de respuestas para su hija de 12 años que sufría bullying en el colegio. Le habían diagnosticado de todo: trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), trastorno de la personalidad social... Y cuando ya supo que no era nada de eso, que su hija tenía algo llamado altas capacidades, su amiga se giró y le ordenó: «Y ahora te evalúas tú». Y Amparo contestó: «¿Pero estás loca? ¡Si yo soy idiota!». Pero lo hizo.
«Después de un rato de entrevista, el psicólogo me dijo: 'muy mal tienen que ir las siguientes pruebas para que no seas superdotada', y me eché a llorar. Joder, por fin podía poner en su sitio toda mi vida».
"Las mujeres son expertas en enmascarar su propia habilidad para evitar que les suelten el típico: ya está la lista"
«Se tiene un poco mitificado el asunto, se ha hecho mucha incidencia en los niños y niñas, lo cual es maravilloso, pero los adultos se han quedado fuera», confirma Bárbara Díez, psicóloga supervisora nacional en Mensa España, y lanza un dato para la reflexión: estadísticamente, en España 980.000 personas presentan altas capacidades, identificadas o no; su asociación tiene sólo 3.000 afiliados, y sólo el 30% son mujeres. «Ellas son expertas en enmascarar su propia habilidad para evitar el típico: ya está la lista. Y no es siempre consciente, muchas veces acomodan su vida a esa situación sin darse cuenta y se sienten un fraude. El ser humano es gregario y el miedo al rechazo guía muchas de nuestras decisiones».
«Los hombres pueden ser intensos, pueden destacar. Ellos no andan con dudas a la hora de hacerse la evaluación, van y la pasan. Pero nosotras estamos mucho tiempo rumiando ese síndrome de la impostora: si yo no he conseguido nada, si soy tonta», dice Amparo Ferrero. Lo ve a diario en su consulta, como lo ve también Monique de Kermadec, que en 2019 dedicó un libro a la mujer superdotada que no se ha traducido al español. «Se enfrentan a un doble reto: encontrar su lugar como superdotadas y acomodar su diferencia a cómo considera la sociedad que debe ser una mujer. La mujer es sumisa, cuidadora, no busca el triunfo, ya sabes».
Insiste la psicoanalista francesa en la importancia de identificar las altas capacidades para reconciliarse con uno mismo. «Mi paciente más veterana tenía 82 años, y simplemente quería que alguien escuchara y reconociera su periplo vital. Nunca es tarde para conocerse mejor».


