Para saber bien de qué va eso de la desaparición de la clase media, del reparto desigual de la riqueza, y de la clase trabajadora precarizada que no puede acceder a una vivienda, uno puede leer a los economistas Milanovic, Zucman, a los Nobel Deaton y Stiglitz, o meterse entre pecho y espalda las 970 páginas de El Capital en el siglo XXI de Piketty. Todos ellos se dedican a imaginar un futuro pero, si quiere verlo con sus propios ojos, solo tiene que meterse en un avión y viajar a Ibiza.
Lo han hecho este verano Karol G, Sofía Vergara, Will Smith, Lamine Yamal, Lewis Hamilton, Carlos Alcaraz, Kate Hudson, Sydney Sweeney, Dakota Johnson, Jennifer Aniston, Justin Bieber, Dua Lipa, Camila Cabello, Magic Johnson. No sé, diga un nombre al azar y seguro que acierta. También fueron avistados los multimillonarios gemelos Winklevoss; el cofundador de Google Sergey Brin, quien apareció a bordo de su yate 'Panthera', más grande que un campo de fútbol. Y Jeff Bezos, quien mandó un helicóptero a Leonardo Di Caprio para embarcarlo en el Koru, su velero de 500 millones de dólares, para irse a navegar por Cala Xarraca y Portinatx.
Al que ya no se espera este año es a Marc Márquez: "He ido una vez en mi vida a Ibiza y, con una vez que te roben, ya es suficiente", soltó en El podcast de final de mes. Hubo un tiempo en el que las noticias de Ibiza eran las noches a 5.000 euros en una suite de Ushuaïa; los 300.000 que costaba alquilar una semana el islote de sa Ferradura; los 1.650 que cuesta un menú en el restaurante Sublimotion; o los 150.000 que cobran por una botella de 30 litros de Armand Brignac, servida con una bengala clavada en el corcho. Pero hoy, el despilfarro obsceno está a la altura de todos los bolsillos, como los nueve euros que te cobran en una terraza del centro de Ibiza por un cuenco con doce aceitunas; o los doce euros del alquiler de un gancho para colgar el bolso, que le costó a una clienta del restaurante Wakame.

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Y a pesar de todo, de acuerdo con el Institut Balear d’Estadística (Ibestat), en los primeros seis meses del año los turistas se han dejado en la isla 1.412 millones de euros, un 1,8% más que en el mismo periodo de 2024, a una velocidad de crucero de 233 euros al día por visitante. Muy por debajo de lo que se dejan los tripulantes de los megayates que desembarcan en Marina Ibiza, o en Marina Botafoch, lo que supone desembarcar en las tiendas de Dior, Dolçe Gabbana y Bulgari. Desde la cubierta, al mar azul, se le une estos días un mar todavía más azul, pero a 300 metros de la orilla, formado por los plásticos de decenas de chabolas y tiendas de campaña. Son las residencias de trabajadores de la construcción, de mantenimiento de los hoteles, de limpieza de viviendas de lujo a diez euros la hora, de lavanderías, de lava coches de rent a car, de vigilantes de seguridad que cobran 1.400 euros al mes, de empleados de la subcontrata municipal de basuras, de mecánicos, de auxiliares de enfermería que cobran 1.300 euros, y de socorristas de las piscinas de alguno de los 23 cinco estrellas que relucen en la isla.
En el último lustro, los asentamientos se han convertido en barrios anexos a la ciudad. Algunos, como el de Platja d’en Bossa, crecen al lado de una promoción de viviendas de lujo (entendiendo por lujo pagar 500.000 euros por un piso de un dormitorio). Ahí viven argentinos, paraguayos, colombianos, gaditanos, catalanes y saharauis. Los hay que están pasando su primera temporada. Los hay que llevan cinco. Los hay que se traen el agua en garrafas de diez litros desde San Rafael. Los hay que se asean en gimnasios. Los hay que se asean en los baños de los Mercadona. "No son una forma de vida viable ni segura, y su único destino posible es el desmantelamiento total", asegura el presidente del Consell Insular, Vicent Marí, del Partido Popular.
Hace un año, los Ayuntamiento contaron que había unas mil personas en sus campamentos. Lo hicieron antes del inicio de la temporada, y ya no han vuelto a contar. "Ya no es sólo un riesgo para las personas que viven allí, sino para todos los vecinos, por la acumulación de residuos, por el uso de bombonas de butano, carbón y hogueras, que pueden provocar un incendio", advierte la concejala de Bienestar Social del consistorio de Ibiza, María Dolores Penín. El 25 de junio hubo uno, el 26 otro, y el 31 de julio otro, por nombrar solo los incendios de esta temporada.
Y eso que el gobierno insular tiene una ley que prohíbe la entrada en la isla de caravanas que no tengan reservado previamente un sitio adecuado, y el Ayuntamiento de Ibiza una ordenanza que, directamente, prohíbe las acampadas. ¿Y entonces? "¿Y entonces? Pues nada, el Ayuntamiento notifica al propietario que esa gente no puede estar ahí, y el propietario lo pasa a la justicia para poder hacerlo, como en el desalojo de una vivienda. Al ser un terreno privado, el Ayuntamiento no puede actuar", responde Penín.
Por esa vía, el pasado 15 de julio fue desmantelado el asentamiento de Can Rova 2, en el que residían 200 trabajadores, y que en realidad surgió por el desalojo de otro en 2024. Y el pasado 7 de julio fue desalojado el de es Gorg, cerca de un polígono industrial, en el que había caravanas, autocaravanas, furgonetas camperizadas y tiendas de campaña, muchas de las cuales se han movido apenas unos metros, al otro lado de la carretera, hacia el asentamiento de Sa Jovería, para poder terminar la temporada.
Allí, entre el hospital de Can Misses, un colegio de primaria, el recinto ferial, y un restaurante-espectáculo con filetes a 150 euros el kilo, han aparecido avenidas entre los cañaverales. Y urbanizaciones de lonas, chapas y palés de madera, interiorizadas con colchones, alfombras, esterillas y almohadas. En los exteriores hay mobiliario abandonado en los contenedores, mesitas, sofás, sillas plegables, y todo lo necesario para la supervivencia: tendederos, ollas, bandejas, velas, platos, camping gas, sillas de plástico y placas solares para la luz y los teléfonos móviles. Tan habitables que alguna se le ha colado a Airbnb a 45 euros la noche.
"Esto no es un problema solo de la administración, también de los empresarios, que tienen que mirar por sus trabajadores. El que vive en esas condiciones no puede rendir", sugiere Penín.
En Ibiza, el apartamento nuevo más barato mide 48 metros cuadrados, tiene un solo dormitorio, y cuesta 385.000 euros, de acuerdo con el portal Idealista. El alquiler de una cama, ronda los 800 euros de media, y los 1.000 por una habitación. Como si citara a Deaton, o a Piketty, un chabolista argentino diagnostica: "Somos un laboratorio de la Península". Y advierte: "Nosotros no venimos a crear un problema, venimos a solucionar un problema".
El problema es la falta de mano de obra precaria e inestable, cuando ya es un problema la estable. En Ibiza faltan mecánicos, la lista de espera es de seis meses. Faltan sanitarios, han tenido que habilitar 23 habitaciones en un viejo hospital para alojar a los médicos. Faltan jueces, el Juzgado de lo Social está fijando juicios para el 2027. La semana pasada la Guardia Civil se disculpó con el director de un hotel de lujo de la isla, por no poder mandar a nadie tras el robo de su caja fuerte, y que fuera a poner una denuncia al cuartel. ¿El motivo? Acababan de llegar 288 inmigrantes en 34 horas a Formentera, donde hay 26 guardias civiles.
"La isla está al borde de convertirse en un coto privado de millonarios extranjeros, donde los residentes resultan una molestia y van siendo progresivamente arrinconados en su propio hogar. Los barrios de chabolas se multiplican justo enfrente de los megayates y las villas de superlujo", apunta Joan Lluís Ferrer, autor del libro Ibiza masificada. Así nos expropian la isla y nos expulsan de ella (Balàfia Postals). La culpa, dice, "del exceso de turismo, que ha agotado los recursos hídricos mientras las autoridades siguen aprobando nuevas urbanizaciones, y mientras sigamos celebrando esto, estamos celebrando nuestro suicidio, hasta que no asumamos que debemos reducir la llegada de turistas, las cosas no se arreglarán, serán solo parches". Por eso, cree que la responsabilidad principal no viene de fuera ni lleva chanclas con calcetines. "Cada ibicenco tiene capacidad de decisión sobre lo que ocurre: si tienes un terreno y lo tienes para que se urbanice, también eres culpable de lo que pasa; o si tienes un piso y lo alquilas ilegalmente a turistas también eres culpable".
En el año 2000, Ibiza tenía 89.611 habitantes y ahora supera los 160.000. En 2015 la isla recibió 2,5 millones de turistas, y diez años después se acerca peligrosamente a los 4 millones, lo que a su vez dispara la demanda de trabajadores para atenderlos. "No es solo la masificación, es que nos la están expropiando. Hay lugares donde los ibicencos ya no podemos ir. No es que estemos a punto de alcanzar el colapso, estamos en ese colapso", sentencia.
El pasado mes de junio la isla acogió una manifestación en la que se coreaban lemas y se portaban pancartas del tipo: "No podemos aparcar, con tanto ‘rent a car’", "Turismo de lujo, ni harto de orujo", "Airbnb, fuera de aquí", "No queremos, una isla de cemento", "Rentista, pingajo, búscate un trabajo", "Turismo de yates, menudo disparate" o "Queremos poder pagar el alquiler". En su manifiesto, apuntaron contra los cruceros y los jets privados. Y que la presión humana se traduce en "playas masificadas y privatizadas, espacios naturales invadidos, praderas de posidonia degradadas, carreteras atascadas y aguas marinas contaminadas".
En los últimos años, los activistas de Futuro Vegetal pusieron la diana en Ibiza, donde vandalizaron con pintura un yate, un jet privado, un hotel y la mansión de Leo Messi. "Son las personas que están en la cima de la pirámide social las que ponen a toda la vida del planeta a su servicio, forzándonos a trabajar para sostener su sistema", se justificaban.
Pero en su discurso del pasado 8 de agosto, con motivo de las fiestas locales, el presidente insular también pareció transformarse en activista, con tirón de orejas a sus conciudadanos: "El crecimiento ilimitado y descontrolado no es compatible con la calidad de vida". Y sacó pecho por la limitación de entrada de vehículos a la isla, que entró en vigor este año: "A pesar del amplio apoyo social, no ha sido bien recibida por quienes siguen viendo Ibiza como una cuenta de resultados empresariales o una caja infinita (…) Ya no vale todo, y quien viene a Ibiza a aprovecharse acabará señalado".
Viendo el mar de chabolas que inunda Ibiza, para albergar a quienes la ponen en marcha, es imposible no acordarse de aquella frase de Winston Churchill, que ahora resuena como una maldición: "Nosotros modelamos nuestros edificios, y después ellos nos modelan a nosotros".



