HISTORIAS
Nostalgia ochentera

Cuarenta años de MacGyver, el primer galán 'nerd', héroe pacifista e inspiración para Pablo Iglesias: "Maniqueo y buenista, pero funciona"

En España hay ferreterias con su nombre, se recuerda aún su capítulo con vascos que parecían sicilianos con txapela y hasta es un epónimo literario. "Nadie se acuerda de una sola trama, pero sí que él era capaz de escapar de Fort Knox con un paquete de tabaco".

Richard Dean Anderson en el papel de MacGyver.
Richard Dean Anderson en el papel de MacGyver.ABC ARCHIVES
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En la calle Francisco Guerra de Badajoz hay desde hace 14 años una ferretería que se identifica con un toldo azul. El negocio tiene en Google una valoración por parte de la clientela de 4,5 sobre 5. Su rótulo anuncia que se ofrecen «afilados, copias de llaves y reparaciones». También le da nombre: Makgyver. «Nos gustaba la serie y la idea se le ocurrió a mi compañero», dice Jose Salcedo por teléfono. Los dueños cambiaron la c por una k y registraron el nombre de su marca. Así se evitaban problemas de derechos sin que su pronunciación se viera alterada.

En este lugar de Extremadura se rinde homenaje a MacGyver, héroe televisivo de los años 80 identificado como santo laico de manitas y fans de Bricomanía. ¿Se acuerdan del dicho Tienes más peligro que MacGyver en una ferretería? Pues esa es la mejor campaña de publicidad para este comercio pacense.

Cuarenta años después de su estreno en Estados Unidos resulta pertinente analizar el impacto cultural y social de una serie que ningún crítico de televisión pondría en un ranking de las mejores ficciones de la historia del medio. Eso no importa. La fortaleza de MacGyver consiste en su desafío a la ortodoxia. Ni el protagonista ni su contexto, ni siquiera su estrategia de mercado, parecían destinados a triunfar en la televisión. Lo sucedido resultó tan sorprendente que hasta un personaje sin demasiada chicha se ha convertido en un epónimo literario para un par de generaciones. Al igual que un quijote, un donjuán o una celestina, hablar de un macgyver tiene un significado propio y reconocible (tomen nota, ilustres académicos de la RAE) que se identifica con alguien capaz de arreglar algo con lo que tiene a mano.

Como nos demuestra la ferretería de Badajoz, Macgyver es memoria sentimental de España.

No importa que no haya envejecido demasiado bien como producto televisivo. Un revisionado de cualquiera de sus 139 capítulos si se aparca la mirada de la nostalgia es durísimo. Cartón piedra en vena. Acuérdense del capítulo ambientado en el País Vasco en el que había unos paisanos con txapela con aspecto de extras sicilianos de El Padrino que habían secuestrado a una ¡geóloga! para armar una bomba atómica. Fue tan glorioso para la estima televisiva nacional de los 80 como la aparición de la musa Ana Obregón en El Equipo A.

«Los argumentos de cada episodio de MacGyver no duran más de cinco minutos, lo que es fascinante», comenta por teléfono Javier Matesanz, autor de Una más en la familia 80. Me encanta que los planes salgan bien (Ed. Dolmen), un libro dedicado a las series de esta década. «Nadie se acuerda de una trama, pero sí que el personaje era capaz de escapar de Fort Knox con un paquete de tabaco».

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Su ligereza es lo que nos engancha. MacGyver no es una obra de arte, es un chute pop de felicidad. Lo que es mucho más de lo que ofrecen la mayoría de series de la sobredosis del streaming actual. Más en una sociedad como la nuestra, tan obsesionada por la nostalgia. En la que conceptos culturales como el porsiemprismo(forevism, en inglés) acuñado por el pensador Grafton Tanner están muy de moda y pretenden explicar cómo la crisis de la imaginación en el arte respecto del futuro conlleva una exaltación de todo tiempo pasado. MacGyver es prueba de ello.

«MacGyver no va a pasar a la historia por su calidad artística, pero algo que aguanta tanto tiempo en la memoria sentimental sin duda tiene algo», continúa Matesanz. «Representa de forma fiel lo que eran las series de los años 80. Una estructura buenista y maniquea, así como planteamientos endebles y unos personajes que no tenían más de dos pinceladas. En las que había violencia pero nunca moría nadie». Y añade: «Pero funcionaba».

Ese algo especial se debe al personaje protagonista. Quizás porque desde su nacimiento se mostró como una rareza, un impacto contraintuitivo para el espectador. Tanto que los creadores del proyecto lo veían destinado a acabar en el depósito de cadáveres seriófilos que regentan cadenas y productoras.

El guion original del primer MacGyver es obra de Lee David Zlotoff, escritor de batalla de la emblemática Canción triste de Hill Street. Alguien con el valor de crear un personaje con una premisa tan loca como rupturista: un héroe enemigo de las armas de fuego. Para justificar esta convicción que defendía Zlotoff en la vida real narró un trauma infantil del personaje en el que un amigo suyo había muerto víctima de un disparo. Si el pacifismo macgyveriano en un tiempo en el que en Estados Unidos la Asociación del Rifle tenía más seguidores que la Cruz Roja ya era revolucionario, más lo era crear el primer galán nerd de la historia.

Para interpretarlo se escogió a Richard Dean Anderson, un actor fogueado en la industria estadounidense del culebrón. Esta elección acertadísima tuvo mucho de olfato. En la lectura del guion del piloto al productor Henry Winkle le gustó que este actor se sacara del bolsillo unas gafas de ver de cerca para leer sus líneas. «Era un símbolo de humildad ideal para el papel de un genio discreto», comentó Winkle en una entrevista de la época. Así que una presbicia precoz fue lo que convirtió a Anderson en una estrella.

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La serie tendría además otro fogonazo de potra y talento: su banda sonora. «La historia comenzó hace mucho tiempo, en una tierra lejana... cuando se rodó el episodio piloto, que se hizo apresuradamente porque en esos tiempos, se consideraba poco probable que un primer episodio se convirtiera en una serie completa en una cadena tan competitiva, con una presión brutal de las apuestas estacionales...», explica por email a sus 80 años Randy Edelman, músico autor de la (mitiquísima) banda sonora de MacGyver y de otras tantas del Hollywood de finales de siglo. Seguro que se acuerdan: TA-TATATA-TÁ-TATATÁ...

A Edelman, que compuso la partitura en tiempo récord, le costó que ésta fuera aceptada: «Para escribirla sólo me dieron una especie de concepto vago sobre un tipo que podía fabricar una bomba con una tableta de chocolate...», reconoce.

Para entender lo difícil que resultaba que una cadena generalista apostara por MacGyver en 1985 hay que saber que los héroes de entonces -véanse en el cine a los representados por Sylvester Stallone y Arnold Schwarzenegger y en la tele El equipo A y el David Hasselhoff con pelo en el pecho y chupa de cuero negro de El coche fantástico- eran algo así como un terremoto de testosterona. Por lo que resultaba extraño que en prime time apareciera Angus MacGyver, un friki que usaba el cerebro como mandoble y la ciencia como escudo. Si encima era un tipo honesto y simpático que llevaba sin sonrojarse un peinado mullet (ese que es corto por encima de la cabeza y con media melena hasta la nuca) todo era fantástico.

Lo cierto es que en las primeras semanas de emisión MacGyver corrió peligro de cancelación hasta que un curioso cambio de horario obró el milagro. Se pasó de la noche a la tarde. De repente, de una semana a otra, todo EEUU adoraba al personaje de Richard Dean Anderson, que enseguida se exportó a distintos países, entre ellos España, donde se presentó en 1987 en Televisión Española.

¿Se acuerdan de quién era MacGyver? Hablamos de un agente secreto que trabajaba para la Fundación Phoenix, que nadie sabía muy bien qué era ni quién la dirigía. Al principio, los villanos con los que luchaba eran rusos, aunque pronto el mal se globalizó en el universo macgyveriano que vio el fin de la Guerra Fría. Para derrotarlos el héroe improvisaba soluciones con artificios cotidianos que iban desde un chicle hasta un extintor. Este hombre era capaz de desarmar un misil con un clip, emplear un leño como gato hidráulico y detener una fuga de ácido sulfúrico con chocolate. Armado, claro, con su navaja suiza, el mejor producto de branded content de la historia de la tele.

Todos sus experimentos crearon una legión de fans. Basta echar un vistazo por YouTube para ver recreaciones de sus argucias. La imaginación de sus guionistas era fabulosa.

En una misión nuestro héroe está en Centroamérica para rescatar a un piloto derribado. En plena faena se le estropea el jeep por culpa de una fuga en el radiador. No pasa nada. MacGyver encuentra una gallina, coge unos huevos y con las claras repara el radiador. En otro episodio, el amigo Angus es encerrado en una cámara frigorífica. Para qué inquietarse. Con una barra de metal como canal derrite parte del hielo con la bombilla que actúa como fuente de calor. El agua derretida se canaliza hacia la esclusa, luego vuelve a congelarse y el héroe abre la puerta sin esfuerzo.

Estos ejemplos son un juego de niños si lo comparamos con su fuga de los Alpes, cuando MacGyver es perseguido por soldados soviéticos que cuentan con la ayuda de un psíquico [ah, qué maravilla esos guiones lisérgicos] para buscar un avión derribado en Alemania oriental. ¿Cómo se escapa uno de unas montañas que superan los 4.000 metros de altura? Pues MacGyver lo hace con un globo aerostático que construye con unas bombonas de gas, nylon y el techo de un cobertizo.

MacGyver y su famosa navaja suiza.
MacGyver y su famosa navaja suiza.GETTY

Los fans de estas desaforadas invenciones inventaron lo que se conoce como macgyverismos, término utilizado para definir situaciones de la vida real de los admiradores en las que utilizaban artículos domésticos comunes para resolver problemas complicados. Los macgyverismos fueron descritos en miles de cartas de fans llegadas de todo el mundo a la cadena americana que emitía la serie. En una de ellas un espectador reconocía haber utilizado un bolígrafo y un cordón de zapato para reparar un carburador roto. No hablamos sólo de gente corriente. Los trabajadores de los servicios de Emergencias y el personal militar también informaron de que utilizaban técnicas inspiradas en MacGyver para resolver entuertos. Uno está seguro de que tarde o temprano los macgyverismos tendrán un gran valor antropológico.

Fue tal su popularidad que Anderson -que llegó a cobrar 775.000 dólares por capítulo- se tomó tan en serio la recreación de las mañas de su personaje que pedía a los asesores científicos de la serie que le explicaran antes los procesos físicos o químicos que justificaban lo que iba a representar.

MacGyver, que dejó de producirse en 1992 por el agotamiento de Anderson, es el mito escapista de Paty y Selma, las hermanas de Marge en Los Simpson, recurso muy rentable de los vendedores de camisetas nostálgicas en internet y hasta título de un sesudo ensayo llamado MacGyver: La Psicología de la Improvisación y la Filosofía de la Resolución Creativa.

Por ser es hasta un libro de citas de políticos. Su mayor valedor: Pablo Iglesias. Quien para acusar de poca coherencia ideológica a algún rival político ha usado en varias ocasiones la muletilla: «Este es como el chicle de MacGyver, sirve para pegar todo». Ya saben, macgyverismos nostálgicos.