CINE
Sesión continua (III)

La historia secreta de los Cazafantasmas: de una sobredosis a una estrella de cine que ladraba como una perra

En el verano de 1984 esta película, que empezó con una muerte y acabó con otra 30 años después, recaudó 300 millones y logró que toda una generación se hiciera la misma pregunta existencial cuando todo iba mal: "¿A quién vamos a llamar?"

No hay que cruzar nunca los rayos de protones.
No hay que cruzar nunca los rayos de protones.
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Mientras Dan Aykroyd estaba escribiendo un diálogo del personaje que iba a interpretar su amigo John Belushi para su guion de Cazafantasmas recibió una llamada de teléfono. Belushi había sido encontrado en su casa ahogado por su propio vómito. La causa de la muerte: una sobredosis de heroína y cocaína. Aykroyd, su pareja fiel en el programa Saturday Night Live y la loquísima The Blues Brothers, le había pedido días antes que bajara el pistón. Estaba preocupado por su salud y su espiral autodestructiva. Que Aykroyd no se sorprendiera no significa que no quedara en estado de shock.

El nacimiento de Cazafantasmas fue traumático. Su argumento, aunque parezca increíble, está inspirado en una historia familiar muy del estilo del célebre comienzo de Ana Karenina: «Todas las familias felices se parecen, pero cada familia desgraciada lo es a su manera». Quien esto escribe desconoce si los Aykroyd fueron desgraciados, pero sí puede afirmar que se trataba de una familia paranormal. El padre de Dan era una especie de Iker Jiménez canadiense que había escrito un libro sobre fantasmas, su abuelos eran aficionados a la ouija y el propio actor era miembro de la Asociación Estadounidense de Investigación Psíquica.

La historia primigenia de Aykroyd trataba originariamente de unos científicos paranormales -oximoron fabuloso- que cazaban espíritus por toda la galaxia. El guion le llegó al director Ivan Reitman, canadiense como él, que se mostró entusiasmado por hacer una película que combinara ciencia-ficción con humor, si bien el guion le pareció confuso e imposible de producir. Para remediarlo propuso a Aykroyd que le diera una vuelta con ayuda de Harold Ramis, también cómico y mucho más dotado para la escritura. Tenían que empezar casi de cero. Pero Hollywood no espera. Había un estudio interesado, pero ponía una condición innegociable: el estreno sería el 8 de junio de 1984. Es decir, tenían 14 meses para levantar una película que no tenía un guión sólido, tampoco actores y que iba a exigir una difícil posproducción de efectos especiales.

Los inicios fueron desesperantes. Chevy Chase y Michael Keaton rechazaron el papel estrella de la película, que por entonces sólo contaba con Aykroyd para el papel de cazafantasmas achuchable y pardillo. Se tanteó a Eddie Murphy, pero ya había aceptado protagonizar Superdetective en Hollywood. Para el papel del Maestro de las llaves de Gozer se habló con John Candy (Gracias, Rick Moranis). Agua. Y así todo el rato.

Resulta fascinante como una de las películas más molonas de los 80 se hizo con terceras opciones y desechos de tienta de Hollywood. Quizás por eso funcionó. Viendo el panorama Harold Ramis se animó a ser Egon, el cazafantasma friki y sabiondo y propuso a Bill Murray para unirse a la fiesta. El problema es que Murray es un tío muy raro.

Tanto que aceptó, pero a medias: no firmó contrato alguno. Y desapareció durante meses por la campiña francesa. Obviamente en 1984 no tenía teléfono móvil. Hasta un cuarto de hora antes de empezar el rodaje, Reitman no respiró tranquilo cuando le vio entrar en el set de rodaje.

Para saber más

A última hora se decidió añadir un nuevo cazafantasma que fuera un personaje ajeno a la parapsicología. El escogido fue Ernie Hudson, que pasó las de Caín porque cada día que pasaba veía que su papel iba perdiendo importancia y líneas de diálogo.

Faltaba la chica. Sería una actriz desconocida. Bueno... hasta que sonó el teléfono. ¿A quién va a llamar? Pues por lo que parece a Sigourney Weaver, que quería el papel. Desconcierto en el equipo. ¿Cómo la teniente Ripley, que había arrojado a un aterrador alien al espacio exterior, iba a hacer una comedia? Reitman no lo veía claro y, aunque ella era una estrella, quiso someterla a una prueba. Pero la Weaver es mucha Weaver. Cuando leyó delante del director una escena se subió a una mesa, se puso a cuatro patas y empezó a ladrar como una perra. Literalmente. Silencio. Miradas ojipláticas. Weaver estuvo impresionante y propuso que su personaje fuera poseída por la fuerza demoniaca, como al final vimos todos. Así la teniente Ripley entró en Cazafantasmas.

A la personalidad de Weaver se le deben muchas mejoras en su personaje, que de inicio era un arquetipo algo ñoño. No sólo ladraría como una perra, sino que pondría en boca de Bill Murray una frase estupenda, cuando ella endemoniada y deseosa de ser penetrada, hace que el personaje del doctor Venkman muestre de forma sorpresiva ciertos escrúpulos: «Para mí es una regla no involucrarme con gente poseída. En realidad, es más una pauta que una regla». Maravillosa.

De izquierda a derecha, Bill Murray, Harold Ramis y Dan Aykroyd
De izquierda a derecha, Bill Murray, Harold Ramis y Dan Aykroyd

El problema de Cazafantasmas a pocos meses del estreno es que tenía cazafantasmas, pero no tenía fantasmas. La única empresa capaz de hacer los efectos especiales era Industrial Light & Magic, propiedad de George Lucas, pero había rechazado el proyecto por su compromiso con Indiana Jones y el templo maldito. No sólo eso, ni siquiera Reitman podía usar este título porque la palabra 'cazafantasmas', ghostbusters en inglés, había sido registrada por una productora de animación que se negaba a vender los derechos. Reitman y Aykroyd estaban al borde del frenopático y para evitar líos legales decidieron rodar todas las secuencias en las que se mencionaba la dichosa palabra o aparecía un cartel con otro nombre. Gracias a dios en el último momento llegaron sus abogados a un acuerdo. ¿Se imaginan que hoy habláramos de los Rompefantasmas? Pues sí, Ghostbreakers era el plan B.

Los efectos especiales se salvaron gracias al capitalismo. Un grupo de empleados insatisfechos en Light and Magic se despidieron y montaron una empresa que creó contrarreloj a los fantasmas, los bichos y al Marshmallow vestido de Paquirrín en su primera comunión. Todo funcionaba.

Cazafantasmas facturó 300 millones de dólares de todo el mundo y su popularidad hizo que mucho crítico aburrido psicoanalizara esta aventura psicofónica. La acusaron hasta de sexista porque todos los fantasmas menos Moquete eran mujeres y dijeron que el personaje de Murray era un depredador sexual, algo que hay que reconocer que no es mentira. Pero Cazafantasmas en ese sentido también tuvo defensoras. Hadley Freeman en su ensayo The Time of My Life (Blackie Books) ve incluso a este cuarteto de fontaneros medium como paradigma de lo que debe ser un hombre.

«Hay una razón por la que a las mujeres les gusta tanto como a los hombres esta película», escribe Freeman [...] «Los cazafantasmas son amigos, no hay nada erótico en esa amistad, ninguna compensación excesiva de masculinidad, ni se lanzan coñas en plan competitivo. No se pelean, son amigos y son adultos».

También hubo críticos más profundos que dieron a la película una lectura política considerándola como la película no bélica más representativa de la doctrina Reagan por su moraleja liberal. Un grupo de hombres con talento son incomprendidos y despedidos de su trabajo y tienen que enfrentarse con el Gobierno y su burocracia -cómo no te va a dejar el Ayuntamiento guardar un artefacto nuclear en un edificio de bomberos nos preguntamos todos- para lograr un fin mayor: salvar la ciudad de una invasión extranjera. No podemos fiarnos del Estado. Los individuos frente al sistema, que sólo causa problemas.

En fin, doctores tiene la Iglesia.

Así se hizo Cazafantasmas. Con potra y talento, sin mirar atrás. Un ejemplo de ello es el «Me ha moqueado», una de las mejores frases de la historia del cine. No estaba en el guion, se la inventó Bill Murray sobre la marcha, que tenía un forma disparatada de rodar. En la primera secuencia seguía el guión. En la segunda y en la tercera metía morcillas de su cosecha. Algunas como esta gloriosas.

Si Cazafantasmas empezó de cierta forma con la muerte de Belushi acabó con otra, 30 años después de su estreno.

En 2014 Harold Ramis agonizaba preso de una vasculitis que lo había dejado postrado en una silla de ruedas. Su hija recordaría que una de las cosas que más le dolía en sus últimos días era no haberse reconciliado con Bill Murray. El excéntrico actor le había retirado la palabra tras acabar de rodar la obra maestra dirigida por Ramis que es Atrapado en el tiempo. Cosas de Murray. Ramis lo había intentado, pero Murray nunca contestó a sus mensajes. Pocos días antes de su muerte, sonó el timbre de su casa en Glencoe, Illinois. Murray había ido a la comisaría del pueblo para preguntar por su dirección y, escoltado por dos coches patrullas, se presentó con una caja de donuts para darle un último abrazo a su amigo.