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Una periodista en la capital del dinero oculto: "En Ginebra convergen todas las fuerzas que hacen girar el mundo"

La reportera Atossa Araxia Abrahamian, que pasó su infancia en la ciudad suiza, analiza su papel como meca del capitalismo, la cooperación internacional y la evasión fiscal en su ensayo ‘Dónde se esconde el dinero’.

Una periodista en la capital del dinero oculto: "En Ginebra convergen todas las fuerzas que hacen girar el mundo"
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Frente al mayor lago de la Europa Occidental -el lac Leman, como se conoce en francés- y a pocos pasos del centro de Ginebra (Suiza), se levanta impetuoso el Hotel President Wilson, en el que se halla la suite más cara del mundo. «Dotada con 12 dormitorios y un piano de cola Steinway, sale a 81.000 euros la noche», puede leerse en Dónde se esconde el dinero. Cómo los más ricos atracan el mundo (Península), escrito por la periodista Atossa Araxia Abrahamian (Vancouver, 38 años), una mujer de orígenes variopintos, aunque no tanto como la ciudad que protagoniza su libro: Ginebra. O como la llaman quienes la habitan, Geneva.

El hotel en cuestión, que tiene también habitaciones al módico precio de 1.000 euros por pernocta, está situado junto al Palais Wilson, sede de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Fue también la sede de la antigua Sociedad de Naciones, fundada en 1919, tras la I Guerra Mundial, y lleva el nombre del presidente de los Estados Unidos Woodrow Wilson porque éste fue crucial en la construcción del órgano, cuyo objetivo era promover la paz y la seguridad internacionales.

«Los ginebrinos se consideran en deuda con Wilson, quien fue decisivo en la fundación de la Sociedad de Naciones, organismo que situó a Ginebra en el mapa», escribe Abrahamian en su libro, donde converge su historia personal con la intención de transmitir una idea nuclear: si el capital puede ser libre, las personas merecen serlo también. Si se puede mover el dinero sin cortapisas y sin gravámenes, entonces también debe ser posible encontrar un lugar para todos aquellos -refugiados, migrantes, asilados- que buscan un espacio donde vivir y mejorar su situación. El suyo es un ensayo donde predominan dos retos: exponer la maraña de mecanismos que permiten que existan paraísos fiscales y buscar alternativas más justas para los ciudadanos, vengan de donde vengan.

Precisamente en las oficinas de la ONU en Ginebra trabajaban los padres de esta autora de origen iraní y ascendencia ruso-armenia. Creció en esta ciudad sin darse realmente cuenta de lo que suponía dentro del mapamundi, dado su bajo régimen fiscal (Suiza no forma parte de la lista oficial de paraísos fiscales de la Unión Europea, pero ofrece facilidad para mantener la confidencialidad en las transacciones financieras). Sí era consciente entonces de que los ciudadanos de Ginebra parecían provenir de todos los lugares del mundo... menos de Suiza. Pero todo cambia cuando, con 18 años, abandona la ciudad, se marcha al extranjero y empieza a estudiar periodismo.

«Mientras crecía allí, sólo me interesaban la música punk y los caballos. De joven no pensaba en absoluto en escribir un libro. Sí tenía la sensación de que mi crianza no era del todo común, porque la gente venía de todas partes del mundo. Sabía que lo que para mí era normal no era la experiencia de todos. Nadie sabía responder a la pregunta¿de dónde eres?», relata Abrahamian. Ahora sabe que si uno es ginebrino bien puede responder que proviene de «donde se esconde el dinero, de dónde los ricos atracan el mundo», como reza su libro. Ginebra, detalla, «es la capital del globo escondido». Así denomina la geografía oculta compuesta por «cerca de 6.000 paraísos fiscales que revela el predominio de un sistema basado en la desigualdad y que, al mismo tiempo, dirige el poder mundial en favor de la élite».

Abrahamian forma parte del equipo directivo de la revista estadounidense The Nation y, antes, publicó sus artículos en medios como The New York Times y The Guardian. En su ensayo combina la historia, el análisis político y la teoría legal con información recabada en el terreno, así como entrevistas a perfiles muy distintos, desde empresarios y teóricos hasta abogados e ideólogos que conocen bien los entresijos de lo que esta autora denomina «zonas económicas especiales». O sea, lugares donde la ley no rige como en el resto del mundo y donde «la codicia y el oportunismo, a lo largo de la Historia, han impulsado formas radicalmente nuevas de entender el poder político y económico».

Para saber más

Ginebra, por lo pronto. Pero también Hong Kong, Puerto Rico, Singapur, la ciudad de Próspera, en Honduras, el archipiélago ártico de Svalbard, que forma parte de Noruega, Luxemburgo -donde no paran de fundarse empresas con intereses en el espacio exterior-, Dubái, Mauricio, Laos e incluso el Ártico en sí mismo y en su totalidad. «Ginebra representa todas las fuerzas que hacen girar el mundo: el capitalismo, la cooperación internacional, la globalización, el humanitarismo, la evasión fiscal... Todas esos mecanismos que tiene la gente rica para explotar todas las lagunas legales posibles», resume esta autora desde su hogar de Brooklyn (Nueva York).

Cree que «el lugar donde creció, una pequeña ciudad europea, puede enseñarnos algo sobre el mundo en general». Y confiesa que ha tardado mucho en escribir este libro porque a la escritura ha precedido «muchísimo tiempo de pensamiento e investigación».

Describe un mundo oculto que domina fronteras, puertos francos, ciudades y hasta países. ¿Hay forma de luchar contra él?

«Es un momento muy difícil para responder a esta pregunta», dice. «Si me lo hubiera preguntado hace un año, le habría dicho: '¿Sabe que el G20 tiene ciertos acuerdos fiscales y la ONU se está fijando en ellos para crear una especie de Oficina Tributaria? Había mucho interés en subir los impuestos a los más ricos o, al menos, obligarlos a pagar algo. Son cosas que suceden lentamente y con mucha dificultad. Desde que salieron los papeles de Panamá la mayoría de la gente se ha dado cuenta de que los ricos no pagan suficientes impuestos, o que deberían pagar más, y que las corporaciones deben ser gravadas también. Más allá de eso, los países deben trabajar juntos porque si uno dice: 'No, aquí no tienes que pagar', las empresas irán allí. Pero, ahora, con la Administración Trump, será más difícil lograr todo esto...».

A Abrahamian le parece arduo conseguir en estos tiempos que los más ricos paguen más impuestos. «Creo que hay muchos economistas esforzándose para conseguirlo y es alentador», matiza. Pero también piensa que lo que se impone es «combatir el panorama general, no sólo el impuesto del 1% o del 2% que pagan los multimillonarios, sino cómo dejar de usar ciertos territorios, cómo dejar de deslocalizar a las personas y cómo dejar de usar la tecnología offshore para evadir las normas».

Piensa que «dado que el mundo es grande y la jurisdicción tan flexible como para poder crear nuevas normas de la nada, habría dos opciones: una sería crear un gobierno mundial». Algo que no le parece que pueda conseguirse a corto plazo. La otra, más factible, sería «usar las estructuras existentes para combatirlas o para mejorarlas».

Así lo explica: «Este mundo oculto que tenemos fue construido y secuestrado por la derecha, la extrema derecha y los capitalistas. La pregunta ahora es si se puede conseguir que esas jurisdicciones se empleen para algo mejor. ¿Y si en lugar de encerrar a la gente años en campos de refugiados construyéramos un lugar donde la gente realmente quiera ir? ¿Y si convertimos esos espacios geográficos permisivos con quienes contaminan más en zonas de experimentación de este tipo?».

A su juicio, la aventura exigiría primero, «volverse más estricto» con quienes se benefician de esas «zonas económicas especiales» y también adherirse a los postulados de «los libertarios que quieren usarlas como zonas de experimentación». «En lugar de usar su lógica, que es simplemente enriquecerse y tener mercados más libres, ¿por qué no probamos algo más socialista? Creo que hay un espacio y cierta hambre de todo esto. Serían lugares donde las ideologías quizá no converjan, pero capaces de alcanzar una especie de consenso, al estar lejos de la idea de nación. Si logramos convencer de que no luchamos por un Estado-nación sino por algo más pequeño quizá sea menos amenazante».

Se refiere a lo que se conoce como ciudades chárter, que son también el sueño de los multimillonarios de Silicon Valley: urbes con sus propias leyes y regulaciones y, por tanto, ajenas al control directo de los países donde se ubican. Próspera, en Honduras, es la más conocida, y hasta Trump quiere emular la idea o, al menos, así lo afirmaba antes de ser reelegido presidente de Estados Unidos.

En su ensayo, Abrahamian entrevista al matemático Patri Friedman, nieto del Premio Nobel de Economía Milton Friedman -padre del liberalismo económico- y defensor de este tipo de ciudades autónomas. La autora canadiense no defiende a pies juntillas estas estructuras, pero tampoco las demoniza. Cree que con la teoría formulada al respecto -también entrevista al economista Paul Romer, que defiende la implantación de ciudades autónomas en países en desarrollo- puede impulsarse un modelo que sirva para ayudar a los ciudadanos y no para perjudicarlos.

«No puede obligarse a la gente a ir, porque entonces es como si se les enviara a Ruanda, a El Salvador o a Guantánamo. No pueden ser una prisión, sino lugares con vida», alega. «Tampoco tengo claro que Trump vaya a ocuparse ahora de esta cuestión porque tiene asuntos más importantes que atender. Es un hombre muy ocupado y probablemente esté más interesado en enriquecer a su familia. Pero no creo que las ciudades chárter sean una mala idea. En EEUU necesitamos más viviendas, y podrían utilizarse terrenos federales para construirlas. Pero me preocupa que Trump use esos terrenos para eliminar las protecciones ambientales y crear otros efectos no deseables. Construir viviendas es deseable, pero no en una Torre Trump».

¿Cómo lo haría usted?
Es muy tentador decir : 'Hagamos un nuevo lugar para ellos'. Pero no se les puede obligar a ir. En ese lugar todos deberían participar de algún modo. Si los países ricos no quieren dejar entrar a la gente, les corresponde crear lugares a los que la gente quiera ir, porque tienen recursos para hacer esto y porque son ellos los que reclaman que se rechace a los migrantes en las fronteras. Han de ser lugares que se construyan por las propias personas que vayan a habitarlos. Porque la situación de los refugiados también debería depender de ellos mismos y ellos deben ser parte de la solución. Deslocalizar a la gente es cínico, y globalizarlos contra su voluntad también. Ahora se están llenando aviones de gente para enviarlos a Sudán del Sur. Es horrible y es absurdo. Pero muy simbólico: son los tiempos que vivimos.
En su libro también menciona a monarcas que durante décadas han evadido impuestos. Es caso de Juan Carlos I, el emérito español, que ahora vive en Abu Dabi.
Ah, la nueva Suiza, como dicen los medios. Esto no es bueno: significa que Suiza ya no te aguanta y tienes que irte a otro sitio a hacer lo que hacías antes.
¿Cree que pueden conocerse más informaciones sobre él?
No me consta. Pero le aseguro que no es el único. Otros reyes han usado fondos offshore, como el de Jordania.
Históricamente, nuestro monarca ha tenido amistad con la monarquía jordana.
Quizá tengan el mismo banquero.

Abrahamian bromea, pero se toma estos asuntos muy en serio. En una de las primeras páginas de su ensayo puede leerse una afirmación con tintes metafísicos: «En el último siglo, la riqueza ha sustituido a Dios». La pregunta surge casi inmediatamente: ¿dónde queda el ciudadano en esta ecuación? «En cierto modo, hoy los individuos somos meramente instrumentales. Las personas son monedas de cambio: sirven para ser explotadas y que se enriquezcan otros. En Europa se están convirtiendo en mercancía. Todo tiene un precio. Y las personas no tienen voz si no tienen dinero».

Dónde se esconde el dinero. Cómo los más ricos atracan el mundo

Editorial Península. 464 páginas. 22,90 euros. Puede comprarlo aquí