Cuando Jeff Sharlet publicó originalmente La Familia: las raíces invisibles del fundamentalismo en Estados Unidos (2008), muchos interpretaron su investigación como exagerada o, incluso, conspiranoica. Este periodista de larga trayectoria en el análisis de movimientos religiosos y sociales en Estados Unidos había puesto al descubierto una poderosa red semisecreta de fundamentalistas cristianos con conexiones profundas en las más altas esferas del poder político norteamericano.
Hoy, con la perspectiva del tiempo y tras el ascenso de Donald Trump, Sharlet admite con preocupación que, lejos de exagerar, quizá subestimó la capacidad real de este grupo para transformar radicalmente la democracia estadounidense. Hoy se ha impuesto una lógica autoritaria en la política norteamericana que él relaciona directamente con la filosofía de poder promovida históricamente por La Familia.
Ahora que la editorial Capitán Swing edita su libro en castellano, conversamos con Sharlet para profundizar en el funcionamiento interno de La Familia, también conocida como International Christian Leadership (ICL). Se trata de una organización fundada por Abraham Vereide en los años 40 y que cultiva estrechos lazos con el poder, pero siempre manteniendo una discreción casi obsesiva. El autor rechaza las simplificaciones conspirativas para explicar cómo esta organización ha logrado, mediante la discreción y el respaldo tácito de ciertas élites, infiltrarse no solo en el corazón político de EEUU, sino también expandir su influencia por el mundo.
«No hay prácticamente ningún país donde La Familia no tenga representación en las proximidades del poder», asegura Sharlet, que recuerda cómo han operado como «un canal discreto de comunicación» con gobiernos autoritarios, desde Franco en España hasta regímenes en América Latina y África. Su relato conecta de manera inquietante la ascensión del trumpismo con las prácticas históricas de esta organización: «Su objetivo siempre ha sido promover líderes fuertes, a menudo violentos, vistos como elegidos divinos que trascienden cualquier responsabilidad».
Sharlet recuerda que la reacción inicial a su libro fue «de rechazo e incredulidad», hasta el punto de que casi arruina su carrera como periodista y escritor. Un ejemplo especialmente doloroso fue la crítica demoledora que escribió Randall Balmer, colega suyo del Departamento de Estudios Religiosos en Dartmouth College, en The Washington Post. Aunque había conocido personalmente a personas vinculadas a La Familia, Balmer afirmó categóricamente en su reseña que lo relatado por Sharlet no podía ser cierto.
Su razonamiento fue que un héroe suyo, el senador republicano Mark Hatfield, conocido por su oposición a Nixon durante la guerra de Vietnam, «jamás podría haber formado parte de algo así». Ante esta crítica, Sharlet recuerda haber reaccionado con desconcierto, ofreciéndole incluso documentación concreta: «Randy, ¿quieres que te enseñe varias cajas con las cartas del propio Hatfield? Son sus cartas. Esta es la evidencia».
Algo similar sucedió con un editorial de The Washington Post sobre el congresista Frank Wolf, de Virginia del Norte. El diario negó de manera tajante que Wolf, «un conservador moderado y figura del establishment, pudiera estar involucrado con un grupo que comparaba a Jesús con Hitler». Sharlet revela que el periódico publicó primero el editorial y luego encargó a un reportero confirmar la posición ya establecida: «El propio reportero me dijo: 'No me culpes a mí, me asignaron esta tarea después de haber publicado el editorial. Mi misión era demostrar que tenían razón'».
Quince años después de la primera edición de su libro, la perspectiva del autor sobre el grupo ha cambiado significativamente. Reconoce ahora con claridad que La Familia no solo podría vencer, sino que «ya ha ganado», aunque matiza también que «esa no es toda la historia». Explica que, aunque ha pasado ya mucho tiempo desde que publicó originalmente el libro -tiempo en el que también publicó otro libro, C Street (2011), y realizó una serie documental para Netflix (2019)-, sigue revisitando el tema con cierta distancia crítica, tratando de entender en qué medida la teología política desarrollada históricamente por La Familia facilitó lo que denomina «un momento global de fascismo», simbolizado en Estados Unidos por el ascenso del trumpismo.
Sharlet no afirma que La Familia haya triunfado sólo porque «apareció un hombre fuerte» como Donald Trump, sino porque impuso una lógica política específica: la de un líder que «trasciende toda responsabilidad, cimentado en un culto a la personalidad». Sin embargo, Sharlet aclara que la victoria real del proyecto de La Familia consiste en haber impuesto una lógica autoritaria que va más allá de figuras específicas como Trump, Orbán o Putin: la idea de un líder absoluto, elegido por una autoridad divina y por encima del escrutinio y la rendición de cuentas.
Reconoce que cometió un error inicial al creer que La Familia no mostraba un «culto mundano a la personalidad». Ahora explica que esa percepción cambió al observar cómo el líder histórico del grupo, Doug Coe, interpretaba a Jesús: «¿Quién era Jesús? ¿El cordero o el león? No. Era Hitler, Stalin, Mao, Lenin». Sharlet matiza que Coe no pretendía decir que Jesús fuera nazi o comunista, sino que el principio fundamental de su teología política era «la fuerza, el poder absoluto».
Finalmente, el periodista menciona con pesar no haber abordado en profundidad en el libro original una idea clave del movimiento evangélico: el concepto del «poder masculino», según el cual «el hombre debe ser para su familia lo que Cristo es para la Iglesia: una autoridad absoluta». Este concepto, según él, refleja claramente el autoritarismo actual.
"Su objetivo siempre ha sido promover líderes fuertes, a menudo violentos, vistos como elegidos divinos que trascienden cualquier responsabilidad"
Sharlet insiste en que, aunque a menudo se percibe así, La Familia «no es una conspiración». Reconoce que ellos mismos se esfuerzan por parecer conspirativos, pero subraya que definirlos de esa manera simplifica y oculta su verdadera naturaleza: un movimiento social con objetivos políticos claros. Según él, en Estados Unidos existe una dificultad generalizada para aceptar que un movimiento social pueda tener objetivos negativos, ya que comúnmente se piensa que los movimientos sociales siempre representan algo positivo. Por esta razón, etiquetar a La Familia como una conspiración «contribuye precisamente a mantenerlos en la sombra», algo que ellos mismos han buscado explícitamente desde sus comienzos.
Sharlet aclara que no fue el primer periodista en exponer a La Familia: antes lo hicieron otros como Lisa Getter en Los Angeles Times; Robert Scheer, con una investigación publicada en Playboy en los 70, y Andrew Kopkind en The New Republic durante los 60. Todos se toparon con la misma indiferencia o incredulidad. «La gente veía las pruebas, pero prefería ignorarlas y el asunto quedaba olvidado», dice Sharlet. «Quizá ahora, estemos mejor posicionados para comprender todo esto, porque el sentido común en EEUU sostenía que algo como Trump jamás podría suceder, y ya vemos lo equivocado que estaba».
Aunque algunos autores evangélicos describieron a Donald Trump como la «bola de demolición» que necesitaba la derecha cristiana, Sharlet no comparte del todo esa interpretación, al menos no en lo que se refiere a La Familia. Recuerda que esa imagen proviene de Lance Wallnau, un personaje secundario dentro del movimiento -«una figura de segunda categoría»- que, sin embargo, comprendió antes que muchos otros el intercambio simbólico que Trump ofrecía al mundo evangélico. Wallnau publicó un libro titulado God's Chaos Candidate en el que retrataba al actual presidente como una suerte de elegido divino destructor del sistema y reconocía en él a un líder fuerte y radical, al que llamaba «el Rey Lobo». Sin embargo, Sharlet introduce un matiz crucial: «Trump no es alguien al que puedas controlar»
A partir de ahí, el análisis se vuelve más sutil: ¿es La Familia una organización que mueve los hilos de los políticos? Sharlet lo niega: «No son titiriteros, son teólogos». Y añade una metáfora esclarecedora: «Como ocurre con cualquier teólogo, aunque uno pueda ser un católico muy piadoso, eso no significa que viva exactamente como el teólogo académico cree que debería vivir».
Es decir, La Familia proporciona el marco teológico-político, pero eso no implica tener el control sobre los actores que lo ponen en práctica. En el caso de Trump, concluye, su figura fue coherente con la teología de La Familia, pero no un producto directo de su estrategia.
Aunque en Europa sorprende la persistente fuerza del fundamentalismo religioso en EEUU, Jeff Sharlet advierte que La Familia no es en absoluto un fenómeno exclusivamente norteamericano. Según explica, no hay ningún país en el que esta organización no haya tenido representación, «ya sea cerca o directamente dentro de altos niveles gubernamentales». Esa presencia varía con el tiempo y las circunstancias. Por ejemplo, señala que La Familia tuvo durante años una fuerte implantación en Ucrania, aunque su influencia allí parece haberse desmoronado recientemente.
Respecto a España, Sharlet revela que La Familia logró establecer contacto con miembros del régimen franquista en los 70 a través de conexiones relacionadas con el petróleo, llegando incluso a mantener una reunión con el propio Francisco Franco. Aunque no atribuye a estos encuentros una gran capacidad de influencia, sí los considera representativos de la función que la organización ha desempeñado históricamente como «canal discreto de comunicación» con figuras de poder.
En otros países, la influencia de La Familia sigue siendo poderosa. Uganda es uno de los casos más paradigmáticos. Sharlet documenta en su segundo libro cómo, desde la llegada al poder de Yoweri Museveni en 1986, el régimen ugandés ha mantenido una relación simbiótica con La Familia. El propio Museveni viajó a Washington tras su ascenso acompañado de Bob Hunter, un hombre muy cercano a la organización, que le presentó a sus «patrocinadores» norteamericanos. Desde entonces, afirma Sharlet, Uganda actúa casi como un «proxy de Estados Unidos».
Otro caso revelador es el de Guatemala. En torno a 2018, el periodista Jonathan Larsen realizó una amplia investigación sobre el golpe de Estado en ese país y concluyó que La Familia desempeñó un papel importante como facilitador del respaldo estadounidense. Lo mismo habría ocurrido en Rumanía, donde el congresista Frank Wolf tuvo una influencia desproporcionada. Hoy, según la periodista Jane Mayer, otro político republicano procedente de Arkansas estaría tratando de repetir ese esquema apoyando con fuerza a candidatos de extrema derecha. Para Sharlet, este patrón se repite constantemente: congresistas menores, sin gran proyección nacional, son seducidos por La Familia con la promesa de ejercer «una influencia casi imperial» en países extranjeros. Puede que nunca lleguen a presidir el Congreso estadounidense, pero sí logran sentirse «reyes en Honduras o Guatemala» al aterrizar con recursos y respaldo desde Washington.
Cuando se le pregunta por el estado actual de la resistencia democrática en Estados Unidos tras la reciente derrota electoral de los demócratas, Jeff Sharlet responde con cautela y cierta melancolía. «No lo sé exactamente», admite.
"¿Quién era Jesús? ¿El cordero o el león? No. Era Hitler, Stalin, Mao, Lenin", decía uno de sus líderes, Doug Coe
Para ilustrar su visión del momento político, recurre a una metáfora tomada de un libro infantil que leía con sus hijos, Going on a Bear Hunt (A la caza del oso). En él, una familia se enfrenta a diversos obstáculos -un río, un campo de hierba alta, barro- y en cada caso repite la misma frase: «No podemos pasar por encima, no podemos pasar por debajo, solo queda atravesarlo». Para Sharlet, esa es precisamente la imagen que mejor define el momento actual del fascismo estadounidense: «No podemos evitarlo, hay que atravesarlo inevitablemente. Y, debido a la naturaleza del poder estadounidense, todo el planeta tendrá que vivirlo con nosotros».
El autor reconoce que su perspectiva es local: vive en Vermont, su senador es el izquierdista Bernie Sanders y, en ese contexto concreto, la resistencia democrática es visible. Pero se pregunta si eso es suficiente, si realmente esa resistencia está comprendiendo con claridad el momento histórico. Le preocupa que se siga hablando del fenómeno autoritario como si fuera exclusivamente estadounidense, cuando en realidad forma parte de un patrón global: «Si no existieran Orbán, Putin, Erdoan o Xi Jinping, estas preguntas tendrían más sentido».
Pese a todo, no cae en el derrotismo. Señala ejemplos como el de Rumanía, donde se han producido avances reales en la contención del autoritarismo, y afirma que la resistencia democrática «no es inútil». Pero también reconoce que, al menos por ahora, no está siendo efectiva. Por eso insiste en usar el pasado: «La Familia ya ganó. El autoritarismo llegó para quedarse. Es una realidad establecida».
Lo preocupante, sostiene, no es tanto el cambio repentino, sino el reconocimiento de una continuidad: «En Estados Unidos, la comunidad afroamericana ha vivido bajo regímenes autoritarios durante décadas. Ahora esa experiencia de opresión y vigilancia se extiende al conjunto de la sociedad».
La resistencia democrática, concluye, ya no es solo una cuestión política: «Es una forma de vivir bajo una condición permanente de amenaza. Hemos superado la fase de crisis; esta es ahora nuestra realidad cotidiana».
La familia: Las raíces invisibles del fundamentalismo en Estados Unidos
Capitán Swing. 504 páginas. 27 euros. Puede comprarlo aquí




