A la entrada de Arlés, la pequeña ciudad con atmósfera de pueblo provenzal en la que todo es una evocación a Van Gogh (no en vano aquí pintó unos 200 óleos en apenas 15 meses), el antiguo colegio Frédéric Mistral lleva casi 15 años semiabandonado. Con una capilla del siglo XVIII, primero fue un monasterio, después un instituto y un hospital militar durante la II Guerra Mundial, cuando la mítica Casa Amarilla de Van Gogh en la plaza Lamartine, a apenas 400 metros, fue bombardeada. Con su fachada desconchada, muros agrietados y un patio en el que solo sobrevive una canasta, el viejo instituto se antoja como uno de los escenarios más sugerentes del festival de fotografía más antiguo de Europa, Les Rencontres (Los Encuentros), que se celebra desde 1970 en este idílico rincón de la Provenza.
Lo que fueran las aulas 101, 102 y 103 se han pintado de un estridente amarillo canario y azul piscina para exponer las divertidas imágenes retro y kitsch de La turista: una mezcla loca entre Martin Parr y nuestro Carlos Pérez Siquier pero ambientada en una Florida en tecnicolor, llena de tipos musculosos, cócteles y el glamuroso dolce far niente de una protagonista rubia cual Marilyn Monroe, que no es otra que el álter ego de la autora, la canadiense Kourtney Roy.
Como si les hubiesen echado de clase, dos hermanos adolescentes esperan sentados en la escalera. Cuando su madre sale, el pequeño, de unos 12 años, pregunta: «¿Nos vamos a pasar todo el día viendo exposiciones?». Sí, porque cada verano todos los rincones de Arlés se convierten en galerías improvisadas, con más fotografías que habitantes (cerca de 53.000 censados): los parques, las tiendas de delicatessen de la Camarga, los claustros medievales, los patios, incluso los muelles del Ródano o los pasos subterráneos del tren. Y, sobre todo, las muchas iglesias vacías, herencia de una Revolución Francesa que también pasó por la guillotina el patrimonio católico, nacionalizando y desacralizando miles de templos en todo el país.

"La gente está tan obsesionada con los selfis que se olvida del monumento que ha ido a visitar"
En la plaza de la República, con su obelisco egipcio -aunque sea romano, de la época de Constantino, en el siglo IV-, un busto de Atenea corona la fachada de la iglesia de Sainte-Anne, que durante el XIX funcionó como depósito lapidario y Museo de Arte Pagano. Entre sus magníficos arcos góticos contrasta la inmensa fotografía de tres por cinco metros de un niño superhéroe, capa y escudo de cartón en mano, subido a un coche oxidado en un cementerio de chatarra. En las capillas antaño ocupadas por santos y vírgenes ahora se exponen los rostros de los aborígenes australianos, como la del niño superhéroe de Warakuma, pueblo ancestral de las llanuras occidentales del que apenas quedan 300 miembros.
«Bajo el leitmotiv de Imágenes indóciles, en esta edición reivindicamos la fotografía como una herramienta de resistencia. Con un foco en las escenas poscoloniales de Australia y Brasil, damos visibilidad a artistas y colectivos excluidos», reivindica el director del festival, Christoph Wiesner, que tomó las riendas de Les Rencontres en 2020, tras dirigir Paris Photo. Más allá del mantra de la descolonización, omnipresente en toda cita artística internacional, el festival ofrece tantas propuestas como gustos, sobre todo en la programación del Off, más alternativa y radical. «Queremos crear sorpresas para cada uno», señala Wiesner.
Detrás de las Arenas, el anfiteatro romano en el que aún se celebran corridas de toros, una larga cola de visitantes espera para entrar en la pequeña iglesia de Saint-Blaise. Es la expo blockbuster de este año: Síndrome de Stendhal de Nan Goldin, la estrella de la semana inaugural. El austero interior de la iglesia, con piedras del siglo VI, potencia la belleza de sus delicados dípticos: esculturas renacentistas de la Villa Borghese y lienzos barrocos del Metropolitan enfrentados a las instantáneas contemporáneas de Goldin, que reinterpretan las Metamorfosis de Ovidio. A la perfección marmórea del Eros y Psique de Antonio Canova, Goldin responde con el beso de una joven pareja neoyorquina, él con tirantes negros y la mano bajando sutilmente hacia la entrepierna de ella.
Entre las retrospectivas de clásicos, que solo por sí mismas ya justificarían un viaje a la Provenza, destacan la de Louis Stettner en el Espacio Van Gogh (lo que fuera el antiguo hospital, cuyo jardín pintó el holandés), que coincide con la de Sigmar Polke en la Fundación Van Gogh (en Arlés todo lleva la marca del pintor, aunque no esperen encontrar más de dos lienzos originales). La gran Berenice Abbott ocupa el claustro de Saint Trophime con su desconocida e inacabada serie U. S. Route 1, cuando en 1951 recorrió la Ruta 1 desde Fort Kent (Maine) hasta Cayo Hueso (Florida) en busca de una «visión realista de una muestra representativa de la vida americana». Pero Abbott no está sola: las fotógrafas Anna Fox y Karen Knorr siguieron sus pasos entre 2016 y 2019, en pleno primer mandato de Trump, para retratar otro Estados Unidos a todo color.
El icónico LUMA, complejo cultural inaugurado en 2021 con la torre de Frank Gehry que los españoles vemos como un estilizado Guggenheim en vertical, propone dos muestras radicalmente diferentes: la glamurosa y esteticista Yves Saint Laurent et la photographie -con una foto sublime de Nati Abascal en 1967- y la antológica de retratos callejeros en la vibrante Nueva York de los 70-80, con su escena gay y contracultural, a cargo de David Armstrong, fallecido de un cáncer de hígado a los 60 años.
Otra fotógrafa con título de clásico es Letizia Battaglia, la primera fotorreportera italiana, que nació en el Palermo de mediados de los años 30 y documentó los más cruentos asesinatos de la Mafia. Algunas de sus valientes imágenes hielan la sangre: una viuda que parece sacada de un film de Fellini llorando de rodillas frente al cadáver del marido, el cuerpo bajo un charco de sangre de un siciliano que solo iba a buscar su coche, los solemnes funerales... Su obra se expone en la buhardilla de la antigua iglesia Saint-Martin, del siglo XVIII, que antes sirvió de almacén y sede del sindicato de ganaderos de merino, el primero creado para reivindicar la raza de las ovejas locales (cruzada, por cierto, con carneros españoles a finales del XIX).
Justo en la esquina, con vistas al Ródano, se encuentra la emblemática librería Actes Sud, con su cine y su bohemio bistrot. Al bajar unas angostas escaleras que conducen al sótano un cartel advierte: «Ciertas imágenes de esta exposición son susceptibles de herir la sensibilidad de algunos espectadores». En el suelo se dibuja la silueta blanca de un cadáver, como en la escena de un crimen; en las paredes se despliega una galería en blanco y negro de crímenes salvajes: portadas y reportajes de los años 60 y 70 extraídos del periódico mexicano de sucesos Alerta. Una mujer con trenzas posa con un hacha sobre el titular: El marido cavó una tumba para su mujercita, pero esta se le adelantó y lo sepultó en ella. Otro caso: Mató a su hijo a mordeduras y trató de comérselo, coronado por el cintillo Como un perro rabioso y la escalofriante imagen del niño, aún con los ojos entreabiertos.
«Hemos quitado las imágenes más fuertes», admite Joan Fontcuberta, el autor de una exposición basada en su último fotolibro, el filosófico Barthes reset, que va más allá del morbo y de la crónica negra, a pesar de incluir fotos reales aún más brutales. «Es un pretexto para reflexionar sobre la naturaleza de la fotografía. ¿La cámara es un testigo de la realidad o más bien la cómplice de una performance? Siempre se dice que el ojo es el órgano de la fotografía, sin embargo la foto es como un dedo, un índice que señala lo que ver», plantea uno de los mejores fotógrafos españoles, que vuelve a exponer en Les Rencontres.
«La primera vez que vine fue en 1973, tenía 18 años. Para los españoles, en los estertores del franquismo, esto era una ventana abierta al mundo», recuerda Fontcuberta, que llegó a dirigir el festival en 1996. «Al principio era una causa, un encuentro militante para reivindicar la fotografía. Más de 50 años después se ha convertido en un gran espectáculo, una cita de moda, un negocio con marcas de lujo como sponsors. Se ha perdido ese aura romántica de combate, hoy la fotografía ya no necesita que nadie la defienda», considera.
Efectivamente, entre los callejones circulan ostentosos BMW, patrocinador oficial, mientras Louis Vuitton ha editado una de sus guías fashion (a 25 euros ) para visitar la ciudad. Aunque en las paredes también han aparecido unos anuncios de un BMW verde, algo raro, con el siguiente texto: «Queridos artistas y comisarios, os debemos una disculpa. Por usaros, a vosotros y vuestro importante trabajo, como una herramienta de marketing de greenwashing y para limpiar culturalmente nuestra marca. Como si fuerais vendedores de coches». Es una denuncia del colectivo Extinction Rebellion contra la luxurificación. Pero el Arlés auténtico resiste en el laberinto de casitas bajas y colores pastel, con sus tradicionales postigos de madera y puertas abiertas a los ateliers de los artistas, con salones y hasta cocinas como galerías alternativas.




