PAPEL
Cultura

El cine se queda políticamente mudo: "No debemos esperar que los artistas comenten todos los debates generales"

El Festival de Berlín pide a los cineastas que no se posicionen sobre cuestiones políticas y en Hollywood se impone una nueva ley del silencio, mientras los músicos airean con rotunidad sus ideas

El cine se queda políticamente mudo: "No debemos esperar que los artistas comenten todos los debates generales"
Patricia Bolinches
Actualizado

En menos de dos ediciones, la Berlinale ha pasado de ser la punta de lanza de los festivales eminentemente políticos y exageradamente reivindicativos a justo todo lo contrario: el ejemplo y termómetro más claro de cómo el miedo -entendido como manifestación extrema de la precaución, del egoísmo, de la falta de empatía o, llegado el caso, del instinto de supervivencia- se ha adueñado de una industria tradicional y eminentemente progresista o, algo más ofensivo, progre. Si se gira la cabeza hacia, por ejemplo, el universo de la música, la comparación sonroja. Y asusta, incluso.

Mientras Wim Wenders afirma, en calidad de presidente del jurado del certamen alemán, que los cineastas tienen que mantenerse «al margen de la política», Bad Bunny convierte su actuación urbi et orbi de la Super Bowl en un manifiesto explícito contra el trumpismo, en general, y las prácticas (que incluyen dos asesinatos) de los agentes Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), en particular. Mientras Paul Thomas Anderson rechaza directamente referirse a la situación actual de su país en la promoción de Una batalla tras otra (gran favorita a todo y todo un alegato contra la ultraderecha y a favor de un país multi e intercultural), Bruce Springsteen no duda en componer un himno para las manifestaciones en marcha tras las muertes de Alex Pretti y Renee Good en Mineápolis. Mientras Billie Eilish es arropada por sus colegas cuando carga contra su presidente, Mark Ruffalo, la gran excepción entre el mutismo cómplice de sus compañeros, es, gala tras gala, abandonado a su suerte en el papel de el pesado. Y así.

Para saber más

Digamos que la última línea roja ha saltado por los aires y por el frío estos días en Berlín. Hasta la fecha se asumía que la vergüenza (o desvergüenza, según) silenciosa era patrimonio de Hollywood y sus gentes, que definitivamente se han alineado con los grandes magnates de la foto en la coronación presidencial (que si Elon Musk, que si Mark Zuckerberg, que si Jeff Bezos, que si Tim Cook, que si Sundar Pichai). Lo que pocos imaginaban es que el cine autodenominado independiente, que cumple su primera gran cita europea en Berlín, también.

Primero fue, antes incluso que Wenders, la productora polaca Ewa Puszczynska. El jueves de la semana pasada, en la rueda de prensa del jurado de la que ella es miembro, tras manifestar que «el cine puede cambiar el mundo», quedó lívida ante la pregunta consecuente sobre el genocidio de Gaza, y comentó: «Hacernos esta pregunta es un poco injusto. Usamos la expresión cambiar el mundo, pero intentamos hablar con la gente, con cada espectador, y hacerles reflexionar, pero no podemos responsabilizarnos de su decisión de apoyar a Israel o de apoyar a Palestina». Una vez pisoteado el jardín, el director de París, Texas y El cielo sobre Berlín sintió la necesidad o el deber de salir en su ayuda y pronunció la frase delatora: «Debemos mantenernos al margen».

La reacción inmediata llegó de la escritora Arundhati Roy que, indignada por lo escuchado, anunciaba que no asistiría, como estaba programado, a presentar como parte de la sección Berlinale Classic la comedia de 1989 firmada por ella y hoy de culto In Which Annie Give It Those Ones.

El jurado de Berlín, con Ewa Puszczynska, de pie, a la derecha y su responsable, Wim Wenders, delante, a la izquierda.
El jurado de Berlín, con Ewa Puszczynska, de pie, a la derecha y su responsable, Wim Wenders, delante, a la izquierda.CLEMENS BILAN / EFE

Lo siguiente, por aquello de acabar de arruinarlo todo, fue el comunicado emitido por el festival. Como una reacción en cadena, la metedura de pata (pues eso fue) de la muy poco conocida Puszczynska acabó con la gran bomba del sábado por la noche. En verdad, se trata de una no-bomba, puesto que el larguísimo texto firmado por la directora de la Berlinale, antes que decir algo, celebra de manera prolija y entusiasta el derecho (y hasta deber, incluso, según se desprende de lo leído) a callar, a no decir nada. «Se ha pedido libertad de expresión en la Berlinale. La libertad de expresión es una realidad en la Berlinale. Pero cada vez se espera más que los cineastas respondan a cualquier pregunta que se les haga. Se les critica si no responden. Se les critica si responden y no nos gusta lo que dicen. Se les critica si no pueden condensar ideas complejas en un breve fragmento de audio cuando se les coloca un micrófono delante», arrancaba el casi manifiesto para, siete párrafos más abajo (el comunicado tiene nueve), concluir: «Los artistas tienen la libertad de ejercer su derecho a la libertad de expresión como deseen. No se debe esperar que comenten todos los debates generales... Tampoco se debe esperar que hablen sobre todos los temas políticos que se les planteen, a menos que lo deseen».

Pero, pese al ruido y los titulares, en verdad, todo lo descrito en los párrafos anteriores, antes que causa, es consecuencia. La nueva directora del certamen y firmante del comunicado, la estadounidense Tricia Tuttle, llegaba al cargo en 2025 para relevar a la dupla formada por Carlo Chatrian y Mariette Rissenbeek después de un lustro al frente. La antes responsable del festival de Londres desembarcó con las cosas claras y un mensaje de los distintos gremios de la producción alemana (ellos forzaron la salida de Chatrian y Rissenbeek) bastante nítido: menos compromiso y más estrellas, menos política y más premios Oscar. Dicho y (a falta de los Oscar) hecho.

Berlín ha cambiado. Pero no más que la industria del cine, que parece haber asumido sin apenas resistencia una atronadora ley del silencio

Digamos que todo se empezó a fraguar el año pasado. O incluso, antes. El discurso con ocasión del premio al documental palestino-israelí, ganador luego del Oscar, No Other Land en 2024, donde la palabra apartheid alternó con la de genocidio para describir la situación tanto en Cisjordania como en Gaza, hizo que buena parte de la clase política alemana, además del Gobierno de Israel, clamara por la ausencia total de referencias en la gala de clausura a los secuestrados israelíes el 7 de octubre de 2023. El año pasado, quizá por aquello de expiar por anticipado no tanto un pecado como un complejo de culpa, la Berlinale cambió de rumbo 180 grados.

A la proyección íntegra de la magna obra de Claude Lanzmann Shoah con ocasión de su 40 aniversario se añadió el estreno mundial del documental de Guillame Ribot Je n'avais que le néant (Solo tenía la nada), que recapitula el largo proceso de construcción de la película. Además, y por fin, las víctimas del kibutz de Nir Oz fueron protagonistas en A letter to David (Una carta a David), de Tom Shoval. Y un dato más para situar lo que fue la edición de 2025 en la que se estrenaba al mando Tricia Tuttle: el cine palestino apenas aparecía representado por un intrascendente documental de ¡parkour! en una sección muy paralela y muy lejos tanto de los focos como de la gélida alfombra roja.

Este año estamos igual y cuesta encontrar ninguna referencia al conflicto. Solo hay una película destacada, pero, y esto es de nuevo relevante, perdida en la sección Forum. Effondrement (colapso), de la directora israelí Anat Even, cuenta de manera muy crítica el meticuloso proceso de destrucción de Gaza. Lo hace desde el otro lado del muro, desde Israel, sin ocultar su inspiración (o solo coincidencia, como se quiera) con La zona de interés, de Jonathan Glazer. Es el horror contemplado desde el fuera de campo, desde la imaginación del espectador. Es, y con toda la precaución que se quiera, el Holocausto colocado al lado o en paralelo al genocidio. Sin duda, una película que habría merecido al menos una declaración.

"Las noticias que recibimos son muy partidistas. Es muy difícil saber siquiera lo que está pasando"

Sean Baker

Digamos, por resumir, que Berlín ha cambiado. Pero no más que la industria del cine, que parece haber asumido sin apenas resistencia una atronadora ley del silencio. Sin movernos del festival y ya dentro del terreno de lo viralizable, no dejaron de llamar la atención las declaraciones del actor Neil Patrick Harris. Él mismo no lejos del activismo por los derechos de la comunidad LGTBIQ+, declaró en la presentación de la película Sunny dancer, de George Jaques, que prefería hacer «cosas apolíticas». La cinta, por cierto, se localiza en un campamento para jóvenes con cáncer y es, toda ella, un canto muy político a la sanidad pública. Y tampoco pasó desapercibido que dos de los pocos que se han manifestado de forma más o menos clara sin esquivar ni las preguntas ni su conciencia han sido Charli xcx y Tom Morello. Es decir, dos músicos, que no dos cineastas, en un festival de cine, que no de música. Dos músicos que clamaron, cada uno a su manera, contra el muy político «fascismo».

Pero, como decimos, todo indica que lo que ocurre en Berlín no es excepción ni accidente ni capricho de una directora presionada por una industria temerosa (que no por sus principios morales), sino síntoma. Hace apenas una semana, Sean Baker, el director del patrón oro del cine independiente actual y, además, ganador de cuatro Oscar por Anora, no dejaba pasar la ocasión para quitarse de en medio en una entrevista a EL MUNDO concedida por La chica zurda, dirigida por Shih-Ching Tsou y de la que él es guionista. «He elegido que mi política esté presente en mi arte, que es donde he decidido expresarme libremente. Me pregunta por lo sucedido en Mineápolis y solo puedo decir que las noticias que recibimos son muy partidistas. Es muy difícil saber siquiera lo que está pasando. Es demasiado complicado», afirmaba el cineasta que, precisamente, acaba de pasar por Berlín para presentar un corto firmado por él y dedicado a la ganadora del Oso de Oro honorífico Michelle Yeoh.

De hecho, la postura de Baker, como la de Wenders, como la de Paul Thomas Anderson, como la de la propia Yeoh (que tampoco quiso decir nada)... como la de la Berlinale misma, es tanto la expresión del signo de los tiempos de pánico que vivimos como, de forma más banal, una buena forma de predecir lo que, si nadie lo remedia, pasará en los Oscar. En la pasada ceremonia de los Globos de Oro, solo Judd Apatow, el brasileño Kleber Mendoça Filho y, por supuesto, Mark Ruffalo se atrevieron. Y mientras, en el mundo de la música... «Antes de dar gracias a Dios, fuera ICE». Palabra de Bad Bunny. Palabra de los Premios Grammy.