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Rafa Sánchez (Madrid, 1961) llega hecho un pincel. Barba larga, chaqueta entallada, le falta una gorra para parecer más un personaje de película de Guy Ritchie que el emblema de la Movida madrileña que es. Al frente de La Unión, creó varios himnos del pop español, de ‘Lobo hombre en París’ a ‘Sildavia’, y quemó la vida hasta (casi) las últimas consecuencias, implicase eso demasiada heroína o demasiadas mujeres…Sobre todo para ser gay. Ahora, con un día a día tranquilo en la casa que él mismo diseñó en la sierra madrileña, reflexiona sobre su carrera, sus experiencias y la España que fue frente a la que es.
- ¿Has sido un tipo feliz pese a todo?
- La felicidad todo el rato llega a ser aburrida. Haciendo un baremo soy feliz, pero tengo mis momentos. Sigo dando gracias a la fortuna por el mundo que me ha tocado vivir, pero la vida es realmente dura. Lo que pasa es que soy como Obélix, pero yo, en vez de en una marmita de poción mágica, me caí en una marmita de litio y me cuesta mucho deprimirme. Eso sí, mi positivismo no es infantilismo. Sé que no todo es maravilloso.
- Estás de gira con un espectáculo, ‘Biografía’, en el que repasas tu vida a través de tus canciones. ¿Qué conclusiones has sacado al hacer memoria?
- Tenía un montón de recuerdos mezclados y el hecho de ponerlos en orden me ha dado bastante perspectiva. Ha sido bonito, pero no me ha afectado. No soy nada nostálgico, soy muy yogui y pienso que el único momento que existe es el ahora y punto. El pasado lo dejo para contar batallitas en la residencia de mayores, pero la verdad es que mi carrera ha estado de la hostia. Tener 60 y tantos, llevar la vida que llevo ahora y poder seguir subiendo al escenario porque el público aún me lo permite es todo un logro.
- ¿Qué vida es esa que llevas ahora?
- La que me ha tocado: vida casera de lunes a jueves y los fines de semana, furgoneta, carretera y espectáculo. Llevo así tantos años que el tiempo del confinamiento por la pandemia no fue del todo malo para mí porque nunca había tenido más de 15 días de vacaciones y el hecho de estar tres meses en casa me permitió hacer cosas que llevaba años con ganas de hacer, como cocinar o meterme a fondo en el jardín. Resulta que tengo hobbies [risas].
- Vayamos al principio. En 1983 eras un estudiante de Arquitectura que entra por casualidad en una banda. Un año después erais número 1 con una de las canciones más emblemáticas de la Movida: ‘Lobo hombre en París’.
- Así fue. Yo pensaba que iba a compaginarlo con la carrera, pero… Se lio.
- Sois bastantes los músicos-arquitectos. Lo eran Art Garfunkel o la mayoría de Pink Floyd. En España estáis tú, Mikel Erentxun…
- Mikel la llegó a acabar. Al final hay un espíritu artístico que relaciona ambas profesiones. Yo soy de la época del rotring y la tinta china, me pasaba horas haciendo trabajos de dibujo técnico o de análisis de formas y la radio me estaba acompañando todo el rato, Radio 3, en concreto. Estaba muy al día y las mejores conversaciones que he tenido de música han sido en el bar de Arquitectura. Además, uno de los dos grandes conciertos fundacionales de la Movida, junto con el de Caminos, fue en nuestra Escuela. Actuaron Nacha Pop, Alaska y los Pegamoides… Y allí estaba yo como público.
- ¿Ya andabas metido en el mundillo?
- El germen está en que tengo dos hermanos gemelos mayores, muy melómanos y muy locos, y en casa hubo tocadiscos desde que yo era muy pequeño. Siempre sonaba música. De hecho, uno de mis momentos preferidos del día era volver del colegio para comer, poner la música a tope y, raqueta en mano, hacer playback de las canciones delante del espejo. He llegado a ponerme los leotardos de mi hermana en la cabeza para poder moverlos como una melena. Luego, siempre me apuntaba a los festivales del colegio y aún se recuerda cómo clavé el falsete de Jackson Browne en ‘Stay’ [risas]. Desde ahí, siempre estuve entrando y saliendo de bandas.
- Hasta que llegó La Unión.
- Fue un accidente. Conocí a Luis [Bolín, bajista del grupo] en el Marquee, en un concurso donde él actuaba con su banda de entonces y, al tiempo, coincidimos otra vez en un bar muy icónico de la movida, El Cascanueces. Hablamos, me dijo que estaba buscando un cantante para su grupo nuevo... Esto fue un sábado. Al jueves siguiente quedé con ellos, entré en La Unión y me cambió la vida. Era una época en la que estas cosas pasaban. Todo estaba por hacer, todo podía suceder.
- De golpe, pasas de ser público a ser protagonista en esa mítica escena cultural del Madrid de los 80. ¿Se idealiza la Movida o fue para tanto?
- No se idealiza demasiado, fue la hostia. Hay que tener en cuenta la situación política del momento. Acabábamos de salir de una dictadura y en cuanto se abrió un poco la puerta, entró la libertad como un ciclón. Sexo, drogas y rock and roll. Todo a muerte. La noche madrileña era muy efervescente, muy divertida y pasaban muchas cosas. Cada noche era una película. Cuando empezó, yo tenía 17 o 18 años y salía a degüello. Cuando ya, encima, estaba en una banda de éxito, pues el desmadre fue ya total. De verdad no creo que se magnifique la importancia de la Movida. Obviamente, a nivel logístico y de medios, era todo muy cutre, no tienes más que ver las primeras películas de Almodóvar, pero el talento, las ganas, la libertad, el riesgo… Eso estaba por todos lados.
- Salíais juntos y revueltos, pero, con Alaska y Mecano como líderes, se crearon dos bandos: los guays y los pijos. Os tocó el segundo pese a que, en realidad, pijos erais casi todos.
- No sé si pijos, pero sí de familias acomodadas. La clave aquí es que eso dictaba en qué emisoras te ponían. Tuvimos la mala suerte de que nuestro productor era Rafa Abitbol y era muy enemigo de Jesús Ordovás [dos de los popes de la radio musical de calidad de aquel momento]. Abitbol no nos ponía en su programa por honestidad, Ordovás porque nos producía Rafa y no sonábamos nunca en Radio 3. Nos lanzaron en Los 40 que supuestamente era una cadena comercial, y nos cayó la pegatina de pijos. Además, piensa, que nuestro gran valedor al principio fue Nacho Cano, así que el bando estaba más que claro. Recuerdo una crítica que, para humillar, decía que un concierto de La Unión olía a Chanel y Nenuco [risas].
- ¿Mantienes la amistad con Nacho Cano? ¿Te sorprenden sus polémicas recientes?
- Sí la mantengo y no me sorprende lo más mínimo porque él es así. Yo soy muy humilde en todos mis planteamientos, tal vez por eso me ha ido como me ha ido, bien pero no todo lo bien que podría, pero Nacho siempre juega en Primera División. Pase lo que pase, se tira al proyecto más peligroso, ostentoso, caro y ambicioso. Y se tira sin red y sin importarle nada lo que diga el resto ni de su obra ni de su pensamiento. Es muy valiente y eso me encanta.
- ¿Crees, como él, que había más libertad en vuestra época que ahora?
- Vamos, no es que lo crea es que estoy seguro. No tiene nada que ver. Había libertad y libertinaje, porque las normas no estaban muy claras y casi nada estaba vetado. Ahora, con la dictadura de lo políticamente correcto, el carril que podemos transitar es muy estrecho. Nosotros mismos nos autocensuramos ya antes de emitir una opinión y eso es peligroso. Hay una frase que explica bien lo que está pasando: hoy la gente inteligente se tiene que callar para no molestar a los imbéciles. Estamos justamente en ese punto. Si dices algo diferente, te matan.
- ¿Te autocensuras mucho?
- Si tengo una copa encima, no [risas].
- Tendría que haberte invitado a unas cervezas y no a café.
- Con cerveza me controlo. Algo más fuerte, un par de tequilas y ya es otra cosa [risas]. La verdad es que me encuentro en un mundo que no me gusta nada. Especialmente desde la pandemia, el globalismo ha tomado el control a nivel mundial, todos somos rebaño y estoy muy decepcionado con el presente. Me volvía a los 80 sin titubear. Somos menos libres hacia dentro y hacia fuera.
- Pero, por ejemplo, y tú como homosexual lo has sufrido en primera persona, en cuanto a derechos no erais más libres. La España de los 80 era objetivamente mucho más homófoba, más machista…
- Eso es cierto. Ahí hemos mejorado radicalmente. De hecho, mi salida del armario fue fruto de esa apertura. Durante los 80 y los 90 yo me sentía un poco bicho raro y estuve ejerciendo como hetero total. Hasta 1989 no tuve mi primera relación gay aunque siempre había estado en mi cabeza. Ver que la sociedad se iba abriendo me animó a atreverme, pero aún tardé en hacer el outing total. Fue en 2010 a través de la revista ‘Shangay’ y lo hice porque una amiga, que ahora es amigo, me comentó que nuestra común amiga Olvido (Alaska) le había comentado que gente como yo tendría que hacer de escaparate para ayudar a personas gays que estén en comunidades más cerradas. Tenía razón y por eso lo hice, pero a esas alturas todo mi entorno y mi compañía de disco ya lo sabían.
- Durante todos esos años tuviste fama de galán. ¿Simulaste ser hetero hasta las últimas consecuencias?
- Hasta las ultimísimas. Escondiendo mi identidad sexual, y soy homosexual que no bisexual, me he acostado con cientos de mujeres. Sólo en la gira de ‘Tren de largo recorrido’ estuve con más de cien. Tuve rollos, tuve novias y creo que di un nivel sexual bastante satisfactorio [risas]. De hecho, a mí siempre me han gustado los hombres mayores que yo y ese tipo de personas tenía muchísimos complejos sexuales sobre quién es más femenino o más masculino, así que hasta hace unos diez años, que ya empecé a tener sexo bueno con mis parejas, mantuve relaciones sexuales mucho más satisfactorias con mujeres que con hombres.
- ¿No te afectaba mentalmente esa doble vida?
- No, porque cuando yo ejercía de hetero lo hacía a conciencia. Lo daba todo y estaba de puta madre. Casi me lo creía. Obviamente, cuando veía porno notaba que no me estaba fijando en la chica sino en otras cosas.
- Ese disfraz se extendía hasta tus canciones. Por ejemplo, ‘Ella es un volcán’ se refería a Cristina Tárrega, con la que mantuviste una relación.
- Sí. Estuvimos juntos unos meses y fue una de mis últimas relaciones hetero. ¿Era o no era Cristina un volcán con esas curvas? No necesito ser hetero para ver eso. Nos conocimos en un concierto en Valencia y llevaba un traje de gitana de Montesinos que era cuero y los lunares eran agujeros. Un escándalo. Salimos, me paseó por toda la costa y nos lo pasamos muy bien. Ya que tenía que ser hetero, al menos con buen gusto aunque, no te voy a mentir, he toreado en muchas plazas y no todas eran top models [risas]. Realmente, la mayoría de veces con las mujeres era aquí te pillo, aquí te mato. Yo me dejaba querer y ellas me querían.
- También sufriste la gran tragedia de aquellos años de libertad ingenua: la heroína.
- Sí. No había información, pensabas que todo era divertido y, aparte, también creo que la usé como una forma de lidiar con mi situación sexual. No hace falta que diga que mucha gente se quedó en el camino, pero en el caso de La Unión supimos tener mesura. Nunca fuimos de mezclar mil drogas dispares a la vez y, cuando nos dimos cuenta de que no se puede salir drogado y cada uno a su bola al escenario, hicimos un pacto de caballeros por el que nadie se podía drogar antes del concierto. Después que cada uno hiciera lo que le diera la gana, pero sabiendo que había una responsabilidad y no podíamos ser adolescentes peterpanes para siempre.
- Aun así, ¿llegaste a estar enganchado?
- Sí, dos años a tope. Tuve la suerte de tener un accidente en moto que me salvó la vida. Me dejó tres meses en cama y recibiendo tratamiento psiquiátrico y ansiolíticos. Ahí volví a nacer. Cuando me di la hostia, venía de pillar heroína. Llevaba mucho tiempo queriendo dejarlo, porque me di cuenta pronto de que estaba enganchado y no podía vivir sin meterme, pero era incapaz. Hice 80 curas, lo pasé fatal, pero nada. Volví y volví. Fue el accidente lo que me salvó y me sacó de la historia. Sí, lo que se llevó la heroína fue lo peor de esa época, pero en conjunto sigo pensando que fue un tiempo mucho mejor que el actual.
- Lo que sí creo que está claro es que era un país más unido, existía la sensación de que España era un proyecto común y exitoso.
- Estoy totalmente de acuerdo. Es que, viniendo de donde se venía, se avanzó una barbaridad durante esos años. La época del PSOE de Felipe González fue un momento fantástico. La entrada en Europa, las líneas de alta velocidad, las carreteras, que yo me las había chupado todas y sé lo que supusieron las autopistas… Fue un milagro. El país avanzó y el orgullo se sentía. En ese momento pensé que, por fin, habíamos llegado a los tiempos modernos y a una sociedad inteligente, humana y positiva, pero…
- ¿Pero?
- Pero no. El globalismo vio que la entrada de internet era totalmente libre y amenazaba a los poderosos y empezó a ponernos límites. Que haya una opinión que no sea la oficial les jode mucho, entraron a saco a cortar libertades individuales y ahí empezó la decadencia de Occidente. ¿Qué es Europa ahora mismo? Ya no es ni un parque temático. No pintamos nada. Y con los políticos que tenemos no hay ninguna esperanza de mejoría.
- ¿Eres de los que piensa que los actuales son mucho peores que los de la Transición y el final de siglo?
- Totalmente. A cada político que dijera "y tú más" lo inhabilitaría por dos años. Esa filosofía, que es la que manda en la política española, me parece vergonzosa. Aquí necesitamos políticos que aporten, no que que se comparen. Y su mediocridad ha vuelto a dividir lo que unieron los de mi época. Estamos abocados a las dos Españas porque nos abocan los políticos. ¿A cuento de qué viene sacar otra vez a Franco cuando hay generaciones que ni llegaron a oler su tufillo? Eso es dividirnos en dos para su beneficio. La política de hoy en día me parece repugnante.
- ¿Nadie te gusta? ¿Te sorprende el crecimiento de la extrema derecha?
- No estoy de acuerdo con que Vox sea extrema derecha, no porque me gusten o me dejen de gustar sino porque hablar de derechas o izquierdas no tiene ningún sentido cuando el PP y el PSOE son lo mismo. Una socialdemocracia descafeinada de "y tú más". Los políticos de los grandes partidos son la nobleza de nuestro tiempo. Todos viven de nuestro dinero en casoplones que te cagas y disfrutando de una información de la que no disponemos los demás a la hora de hacer negocios. Son una casta. Yo me los cepillaba todos de un plumazo y ponía a gestores o a la IA.
- No sé si darle el poder a la inteligencia artificial es buena idea.
- Tienes razón, que los dos hemos visto ‘Terminator’. Me da mucho miedo, pero igual sale bien. Con estos políticos ya sé que no hay solución porque gobiernan para sí mismos y no para el pueblo. Hay que cambiar el sistema, dejar de hablar de derechas y de izquierdas y hablar de sentido común.
- ¿Cómo cambiarías el sistema?
- Yo creo que España podría tener arreglo como país si la situación mundial lo permitiera, porque ya arreglamos el país una vez hace 50 años. Lo que pasa es que, si te das cuenta, toda Europa está en las mismas. Los bebés de Soros han ocupado todos los puestos clave y seguimos el dictamen de la Open Society. Si lees la agenda 2030 te das cuenta de cuáles son los objetivos, principalmente la despoblación mundial
- ¿No es todo eso un tanto conspiranoico?
- No creo que sean teorías raras, son hechos que vemos día a día. Hay una frase que me gusta mucho: el día que gobiernen los corderos de corazón puro, el mundo será más bonito. Ahora nos gobiernan monstruos. Creí en un mundo mejor, pero ya no. Eso sí, aún creo en la gente. España estará bien pese a ellos, gobierne quien gobierne.





