EDITORIAL
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Órdago de Trump en Irán

Nadie puede lamentar la caída de un régimen sanguinario como el iraní, pero Trump no puede intentar derribarlo pasando por encima de las leyes internacionales y sin informar a sus socios ni a su propio Congreso

Partidarios de Jamenei lloran su muerte en Teherán. EFE
Partidarios de Jamenei lloran su muerte en Teherán. EFE
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Donald Trump ha lanzado el órdago más arriesgado de su mandato al ordenar un ataque a Irán que, si bien se dirige contra una sangrienta teocracia nuclear convertida en amenaza para la estabilidad mundial, también abre un escenario de gran volatilidad en Oriente Próximo. El régimen de los ayatolás constituye un factor de violencia regional que trabaja para exportar conflicto mientras reprime a su propia población, a la que ha castigado ferozmente en las protestas que en otoño se saldaron con una masacre. Pero tratar de derribarlo sin un plan claro para la transición entraña un alto riesgo.

La muerte del Líder Supremo, Ali Jamenei, inflige el golpe más duro a la República Islámica desde 1979. El ayatolá ha sido durante décadas artífice de una política de Estado cuyos pilares eran el antiamericanismo y la promesa de erradicar a Israel. También fue el arquitecto del llamado Eje de resistencia, una constelación de milicias aliadas a través de las que ha extendido la destructiva influencia iraní en Oriente Próximo. Un riesgo que no ha disminuido ni siquiera tras el reciente y letal ataque de Washington a su infraestructura nuclear, que no impidió que Teherán acelerara su programa de misiles para contrarrestar su debilidad interna y exterior.

El día después de la operación vuelve a ser, sin embargo, su talón de Aquiles. Irán es un país de más de 90 millones de habitantes, multiétnico y dividido. La fragmentación de la oposición -entre el exilio, las minorías étnicas y los reformistas silenciados- no desaparecerá solo con las bombas, a falta de un consenso político que articule una alternativa real al régimen basada en consenso sobre cuestiones espinosas como la integridad territorial, la forma del Estado o la distribución del poder.

La experiencia de la caída de Sadam Hussein en Irak, que desembocó en una guerra sectaria y el surgimiento del IS, ofrece lecciones sobre las transiciones forzadas por una intervención militar: la ausencia de una hoja de ruta institucional, económica y de seguridad puede instigar la anarquía, la lucha entre facciones y las tensiones secesionistas. Por otro lado una población iraní exhausta por la represión y el colapso económico puede no estar en condiciones de responder al llamamiento de Washington a la rebelión.

Teherán ha demostrado, además, capacidad para elevar el coste político de una operación para la que Trump ni ha pedido la aprobación del Congreso ni ha contado con el apoyo de una coalición como la que sostuvo a Bush en Irak, en otra demostración de su desprecio por el multilateralismo y el derecho internacional. Tres soldados estadounidenses murieron ayer en bombardeos del régimen iraní contra intereses norteamericanos, unas bajas que ahondarán el malestar de un movimiento MAGA que coronó al presidente bajo la premisa del America First y el rechazo a intervenir en guerras internacionales. Otra baza iraní es el cierre del Estrecho de Ormuz, ruta energética clave por donde transita un 20% del comercio de crudo.

Nadie puede lamentar la caída de un régimen sanguinario como el iraní, pero Trump no puede intentar derribarlo pasando por encima de las leyes internacionales y sin informar a sus socios ni a su propio Congreso, porque las consecuencias de su operación serán globales y pondrán en riesgo tanto la seguridad como la economía mundiales.