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Cabo Suelto

Nobel de la Paz merece Trump

El respeto elemental al derecho internacional le queda por debajo del tiro de la bragueta y desde esa zona convulsa zarandea y amenaza al mundo

Donald Trump en la pantalla de un teléfono móvil.
Donald Trump en la pantalla de un teléfono móvil.AFP
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Estará de acuerdo María Corina Machado en que la entrega de la medalla del Nobel a Donald Trump, La Bestia, es un ademán degenerado para cualquier persona convencida de la utilidad de una democracia entendida a lo grande. Quiero decir, entendida como una corrección a la naturaleza de los excesos salvajes del poder. Nadie le ha pedido al presidente de EEUU que arregle el mundo, pues la demanda excede en mucho a sus negocios, a sus capacidades intelectuales y a sus funciones. Tampoco que nos sitúe al borde del abismo, como hace desde que regresó dispuesto a imponer el terror en medio planeta pateando un campo de golf.

Hace unos meses, La Bestia se enojó porque no le concedían el premio de la Paz. Desde entonces no ha dejado de entrar a saco en donde ha querido ensalzado por los suyos hasta el límite de la impunidad. La guerra desatada contra Irán es otra más de sus tropelías devastadoras. El respeto elemental al derecho internacional le queda por debajo del tiro de la bragueta y desde esa zona convulsa zarandea y amenaza al mundo.

No existe la paz en ningún lugar. Mientras La Bestia esté al frente de EEUU la vida sólo puede ir a peor. En el orden, la razón o el respeto no encuentra levadura su negocio. Los malvados defensores que aún lo vitorean defienden esta escala de destrucción como un brote de anarquismo venial. Y ensalzan su independencia respecto a los viejos manuales de mandar. Pero no es independencia, sino una dependencia yonqui de sí mismo, de su bagaje de mentiras, del dinero más sucio, del imperio más frágil.

La Bestia no se propone democratizar Venezuela o Irán, tampoco llevar allí la virtud histórica (que desconoce por temperamento e ignorancia), sino equilibrar las cuentas del petróleo y levantar ciudades indignas donde antes hubo pueblos dignos. (Pueblos, no ayatolases ni hamases). Trump se comunica con el planeta mediante la invasión. Las suyas son guerras (o invasiones) que no se ganan y no se pierden, quedan con el tiempo convertidas en llagas recordando el embuste y la salvajada.

Lo peor que le sucede al mundo ahora es este hombre sin solución ni soluciones. Su ludópata violencia (o fascismo bélico) no es camino para llegar a ningún sitio. Qué verso anticipado aquel del portugués Álvaro de Campos (alias Fernando Pessoa): "¿Seré yo el único ser vil y equivocado de la tierra?". Premio Nobel de la Paz merece.