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Vox abraza el derecho a decidir

La línea de continuidad entre la propuesta identitaria y antiparlamentaria del soberanismo vasco y catalán y la derecha nativista española apuesta por una democracia instantánea que genere emociones en el cuerpo electoral

El presidente de Vox, Santiago Abascal.
El presidente de Vox, Santiago Abascal.EFE
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Las imágenes multitudinarias de Abascal en Castilla y León, una vez iniciada la campaña, evidencian lo que ya apunté hace tiempo: su partido se irá más allá del 20% en algunas provincias. El PSOE parece satisfecho con el escenario (diseñado por Moncloa) y el PP está entre asustado y entregado. El entendimiento entre las derechas para gobernar va a ser cada vez más complicado, como se está viendo en Extremadura y pronto se evidenciará en Aragón. Porque, como en otras latitudes, Vox ha emprendido el camino de la desestabilización y la erosión de la democracia representativa. Y es necesario reconocer que una parte importante de los votantes de ese espectro ya no quiere ni monarquía ni parlamentarismo ni pluralismo. Están contentos con un decisionismo que les reconforta ante un mundo cada vez más acelerado.

No me parece casual, por lo tanto, que el martes pasado un diputado de Vox en el Congreso anunciara un referéndum para ilegalizar a los partidos independentistas. El sábado su jefe dijo también que convocará una consulta para preguntar a los españoles por el acuerdo UE-Mercosur. Nada de esto va a ocurrir -al menos, de momento-, pero evidencia las líneas de continuidad entre la propuesta identitaria y antiparlamentaria del soberanismo vasco y catalán y la derecha nativista española: una democracia instantánea que consiste en generar emociones positivas y negativas en el cuerpo electoral. Poco más. Porque el nacionalismo periférico no va a desaparecer ilegalizándolo y los agricultores no mejorarán su situación sacando al país de los tratados de libre comercio.

Ya ven, por otro lado, la ruina que trajo el derecho a decidir a Cataluña. Antes le hizo perder unas elecciones al PNV, que tomó rápida nota. Ahora todo eso da igual, porque el virus existencial ya está instalado en el discurso político y de nada sirve seguir preguntándonos por qué crece Vox. Lo que queda del bipartidismo prefiere ir a hacer el tonto a los Goya o pasar el día en las redes sociales, a ponerse de acuerdo para aprobar unos presupuestos, la clave de bóveda del tejido institucional. Los más ilusos creen que ese tejido, con sus viejos pesos y contrapesos, nos protegerá frente a una indignación que parece haber cambiado de bando. Pregunten en Estados Unidos.