No sé si las acusaciones contra José Ángel González son ciertas. No sé si Fernando Grande-Marlaska supo de la denuncia antes de que se hiciera pública, ni tengo pruebas de que así fuera. Pero sé que no es lo único importante. La responsabilidad de un ministro no depende tanto de su grado de conocimiento personal como de su posición preeminente en una estructura. El ministro no responde solo por lo que sabe, sino también por cómo se comporta la arquitectura institucional que diseña, defiende y encabeza.
La reacción de Marlaska ha sido reveladora: «Si la víctima cree que le he fallado, dimitiré». Es una frase curiosa. Empática en el tono y condicional en el fondo, pues condiciona su dimisión a la percepción de la víctima. Sin embargo, ni al ciudadano más perezoso se le escapa que la dimisión de un ministro no debiera ser cuestión de sentimientos personales, sino de confianza institucional.
González era DAO de Marlaska desde 2018. En 2024, el Gobierno modificó el marco de jubilación para que no se viera obligado a dimitir y Marlaska lo defendió como persona «absolutamente indiscutida e indiscutible» por la Policía. Cuando uno lee que la denuncia describe no solo la violencia, sino la presión posterior a la víctima y su reticencia a denunciar los hechos ante la propia Policía, uno puede oler el miedo. ¿Qué revela de una cadena de mando que una subordinada busque protección fuera de ella? No es necesario asumir la culpa para reconocer un problema estructural.
González dimitió cuando se hizo pública su citación, confirmando que en España dimitir es más un acontecimiento judicial que político. La rendición de cuentas llega con la compulsión procesal, no con la erosión de la confianza. Y la oferta condicional de Marlaska encaja en este patrón: imposta el léxico de la responsabilidad, pero desplaza sutilmente su desencadenante.
Hubo un tiempo en que Marlaska militaba en ese selecto cogollito que aquí llamamos sanchismo fino. En contraste con los inanes perfiles del aparato, los sanchistas finos brillaban con luz propia y simbolizaban la conciencia institucional del gabinete. Pero un buen día los finos comenzaron a fundirse con el paisaje desvanecido del sanchismo real. Marlaska es buen ejemplo de alguien cuyo verbo institucional degeneró en soflama populista. En su día nos asombró que el juez Marlaska entrara en política. Se acerca el día en que nos asombre que el ministro Marlaska fuera juez.

