COLUMNISTAS
Por otra parte

Hasta las generales y más allá

El que vote a Vox que tenga claro que no es para ganar, es para condicionar y radicalizar un Gobierno del PP

Santiago Abascal, presidente de Vox, en un mitin en Mérida.
Santiago Abascal, presidente de Vox, en un mitin en Mérida.Jero MoralesEFE
Actualizado
Audio generado con IA

La próximas elecciones generales, Sánchez mediante, serán en verano de 2027 o justo antes. Hasta llegar a ellas, las de Castilla y León, Andalucía y las municipales y autonómicas de mayo de ese mismo año. Los laboratorios de Extremadura y Aragón no han hecho más que confirmar lo que venían anunciando las encuestas, que para eso están: o PP con Vox o Sánchez con quien haga falta. Habrá muchas papeletas, pero sólo dos bloques a los que votar. Ya lo ha dicho Feijóo este fin de semana en este periódico: "Se trata de votar a Sánchez o votarme a mí". "Si el PSOE consolida su hundimiento, el PP consolida su liderazgo y Vox consolida su ascenso y su tercer puesto, tenemos un mandato". El mandato pasa por lo que digan las urnas y todo apunta a que PP y Vox gobernarán juntos. ¿Que Feijóo dice que su compromiso es gobernar con pactos, no con coaliciones? Lo que digan las urnas.

Vox ha pasado de cinco a 11 diputados en Extremadura y de siete a 14 en Aragón. Ya no va a ser lo mismo. El jugueteo con el partido de Abascal se le ha ido de las manos a Sánchez, quien, tratando de debilitar al PP, lo ha fortalecido; y a Feijóo, que no ha sabido frenarlo. Ahora el líder del PP está ablandando aquel discurso de las elecciones del 23 como única posibilidad de llegar a La Moncloa. Ya hay quien habla del imparable avance del centroderecha, el del PP y Vox, cuando hasta anteayer eran la derecha y la ultraderecha. Hace tres años, Guardiola le dijo que no a Vox, que tenía el 8% de los votos, y luego tuvo que tragar con meterlo en su Gobierno. Hoy tienen casi el 17% y exigen una vicepresidencia y consejerías de peso. En Aragón, donde han crecido del 11% al 18%, ya han pedido entrar en el Gobierno de Azcón. A escala nacional, las últimas encuestas les dan esos mismos porcentajes, incluso el CIS de ayer. No hay otra. El que vote a Vox, que tenga claro que no es para ganar; es para condicionar y radicalizar un Gobierno del PP.

En el otro lado, Sánchez sólo puede a aspirar a la recomposición del berenjenal que se le está liando en su partido, al que cada resultado electoral le va a haciendo una nueva muesca. Según ese calendario que no le dejan alterar a García-Page, antes de las generales le quedan los rotos que le hagan las municipales y el resto de autonómicas. Él hace sus cuentas con nacionalistas, independentistas y regionalistas, y con la improbable reorganización de la izquierda a su izquierda. Este último contrapeso no lo necesitó el PSOE dentro del Gobierno hasta la llegada de Sánchez. Antes sólo fue comodín en alcaldías o gobiernos regionales.

Rufián, parece una broma, se postula para liderar esa extrema izquierda, pero hay que recordarle que desde el nacionalismo y el independentismo -tiene su lógica- nadie encabezó con éxito un proyecto estatal. Lo intentó Miquel Roca y se estampó. Sólo desde el antiindependentismo, primero Rosa Díez con UPyD y luego Albert Rivera con Ciudadanos, esos intentos tuvieron un hueco en la política nacional.

Esperaremos a lo que digan las urnas y, mientras, seguiremos entretenidos con las encuestas del CIS.