El Partido Popular, desde Casado a Feijóo, ha fracasado en su estrategia ante Vox. No ha podido inutilizarlo ni tampoco reducirlo a la marginalidad. Es hora, pues, de que la estrategia cambie y el Pp trate a Vox como un aliado. Si quiere gobernar España, obviamente. Porque podría no quererlo. A veces los principios son los finales y ha llegado el momento de que Feijóo se aclare frente a los ciudadanos. La política española ha perdido cualquier relación con la seriedad, el compromiso y el rigor. Pero conviene hacer como si. Hace medio año, de modo solemne, aunque aupado sobre una irrisoria ponencia política, Feijóo dijo que no quería gobernar con Vox. El secretario Tellado reafirmó que el compromiso del líder era un gobierno en solitario. Por lo tanto ha llegado el momento de que Feijóo rectifique. Puede hacerlo de dos modos. El otro es dimitir y que el candidato sea alguien capaz de gobernar con Vox. Su discurso ante la Junta Directiva del partido era una ocasión idónea para la rectificación. Para trazar una nueva estrategia ante el aliado inexorable. Pero no lo aprovechó, limitándose a pedir responsabilidad a Vox y empeñado en un mitin antisanchista irrelevante. Tendrá una nueva oportunidad el lunes 16 de marzo, tras las elecciones de Castilla y León. Si es que hasta entonces no reacciona y se reúne con Abascal para lograr un acuerdo marco que no haga de las investiduras regionales un mero asunto de baroncitos y que prefigure una alianza para el futuro gobierno del Estado.
Vox es un partido lleno de malas ideas. La razón es democrática: hay gente con malas ideas. Pasa en todas partes. En España, además, enroscada en una crisis profunda y poliédrica, las malas ideas abundan. Pero gozan de una bula incuestionable cuando apuntalan a gobiernos de izquierda. Dudo que, en su alianza con el Pp, Vox sea capaz de ejecutar una mala idea comparable a la que supuso amnistiar a unos peligrosos delincuentes nacionalistas para mantener el Gobierno.
Pedro Sánchez ha sido un político dañino. Pero su conducta ofrece lecciones instructivas para hacer política. Y una de las principales es cómo ha gestionado las relaciones con sus aliados. Lo ha hecho como un artificiero: colaborando con la bomba, pero desactivándola. No solo lo muestra el estado comatoso de la podemia y sumandos: también la propia llegada de Salvador Illa al gobierno de Cataluña. La obligación de Feijóo es imitarle, empezando por convencer a los votantes, socialistas incluidos, de que Sánchez ya se ha hecho también inútil para una de sus hinchazones de pecho usuales, que es la de frenar a Vox. Y de que al impacto de Vox no hay que oponerle el muro.
Sino el airbag.

