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Cabo suelto

Existen la izquierda y la derecha, como siempre

El autodesignado "presidente interino" de Venezuela, Donald Trump.
El autodesignado "presidente interino" de Venezuela, Donald Trump.AFP
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Está de moda ser un fascista de nuevo cuño, cantar himnos con la garganta violenta, posicionarse estéticamente en lo peor, insultar en berrea. Está de moda decir que no existen ya derecha ni izquierda. Que estos dos ejes del pensamiento (o de la actitud) quedaron fuera de juego. Está de moda llorar en la izquierda, disimular que hoy no sabe por dónde nos viene el aire, dejarse arrastrar por un cierto imaginario de sainete (aquí en España). Pero casi todo se puede concretar, si se ajusta bien la hora en los relojes, a una posición de derechas o de izquierdas. Un ejemplo: Trump anunciándose como "presidente interino de Venezuela", entre otras imposiciones siniestras, está de golpe en el peor derivado social de la extrema derecha. Eso es preparar una guerra para antes o para después.

Por otro lado, dejarse comer la tostada en guerras internas e inútiles, faltar a la palabra, envenenarse de hipocresía hasta alcanzar la inoperancia y fingir que no ocurre nada es uno de los vicios perdedores de la izquierda. Claro que existen posiciones. Es cuestión de ideas, de saber dudar a tiempo y de tomar postura. Uno debe saber dónde situarse e intentar entender por qué están donde están los que están al otro lado. Existen razones inteligentes en ambas barricadas. Cada cual debe escoger por quién se deja seducir o de quién acepta el engaño. Yo creo saber dónde estoy.

Ser de izquierdas no es instalarse en la izquierda, sino desinstalarse constantemente. Ser de derechas, de la derecha racional y sensata, liberal y potable, es estar a la contra de todos los disparates letales del becerro de oro que empuja el mundo al borde de todos los abismos. Lo de Trump es un ultranacionalismo belicista y colonial, incoherente e imposible. Cómo se traga algo así. La extrema derecha que propicia Trump no se pregunta nunca nada. Avanza y avanza y jamás se detiene a pensar en las consecuencias del asalto. El mundo está hecho un asco gracias a gente como él. Es algo peor que vergonzoso: caótico. Conviene desconfiar de quien está demasiado seguro de las cosas, de sus cosas.

Negar que existe la izquierda y la derecha (como conceptos, como maneras de estar) sólo engaña a quien lo promulga. Siempre existirá una provisionalidad lúcida y en vilo en quien se pregunta por qué algunos viven ahora mismo esforzados en desmentir lo evidente. Trump no sólo propone romper los ejes del mundo, sino borrar la historia. Eso es lo perverso. Quien lo intentó antes también fracasó.