No sé si habrá sido el último mensaje de Navidad pronunciado por Felipe VI con Pedro Sánchez todavía en La Moncloa. Es probable que sí, y en caso contrario habrá sido el penúltimo. Y precisamente por esa sensación de finitud autopercibida (que se ha hecho más espesa desde la debacle extremeña), el Gobierno parece haber intervenido con mayor celo que otros años en el discurso del Rey. Cuando un presidente se siente fuerte no necesita acudir tan desesperadamente a una autoridad superior para que revitalice su propaganda. Bienvenidas fueron las alusiones a la multilateralidad, el cambio climático, el europeísmo, el problema de la vivienda. Pero echamos de menos una mención a la separación de poderes, a la regeneración, a la función del Parlamento.
Entiéndaseme: fue un discurso correcto, técnicamente impecable. Me gustó la innovación formal de los planos, el fraseo dicho a pie, la consciente solemnidad del escenario. Pero todo discurso dirigido a la nación debe establecer enseguida una correspondencia con la emoción popular si aspira a alguna eficacia.
Quizá al mensaje real de este 2025, el año en que estallaron todas las crisis a la vez, le sobró cálculo y le faltó un grado de calor, incluso de regia indignación bien modulada. Quizá el primer borrador sí mencionaba la corrupción sistémica que está en la raíz de la desafección y el radicalismo que tanto preocupan al soberano (y a nosotros). Y bien está que se festeje el hito de concordia que se alcanzó hace medio siglo; pero mejor habría estado señalar elegantemente la responsabilidad de los novísimos estrategas de la discordia. Bien está apelar al proyecto compartido de vida en común que es España; pero ese proyecto choca de frente con las singularidades fiscales que agravan la desigualdad entre Cataluña y Extremadura, pongamos por caso.
Ya entiendo que sobre la retórica de un monarca constitucional en tiempos polarizados ejercen presión los dos lados del muro. Pero todos comprendimos que si el Rey insistía en la confianza es precisamente porque se ha perdido, y si ponderaba la convivencia es porque se ha agrietado, y si instaba al lenguaje respetuoso es porque ese tono ya no gana elecciones (tampoco unas primarias: ahí está Puente, postulándose a golpe de insulto).
El voluntarioso mensaje de Don Felipe sonó a elegía por un tiempo ido. Ojalá prepare también la esperanza en un tiempo nuevo.

