Según una encuesta de la Fundación BBVA, el 30% de los españoles cree que el movimiento de astros y planetas tiene una influencia directa en su vida. Según la encuesta de GAD3 para Abc, un 25% de los valencianos cree que Carlos Mazón no debe dimitir. Ambos datos son sorprendentes, pero saber que el porcentaje de españoles que cree en la astrología supera al de valencianos que respalda a Mazón es revelador: nadie con sentido común está con el president. No hay en España consenso más transversal; el canto "Mazón dimisión" es como La bomba de King África: toda la gente lo baila. Y sin embargo, ahí sigue Mazón, impasible ante la unanimidad que lo señala.
El principal responsable de su ominosa continuidad es él mismo. Después corresponde mirar a Feijóo, que debería haber provocado su salida. Pero la obstinación de Mazón no se explica únicamente por su descaro y falta de integridad. La oposición está siendo clave en su perpetuación: sus adversarios se han excedido tanto en la crítica que han elevado el coste de su dimisión. Cuando atribuyes la responsabilidad de 229 muertes a un político, no puedes esperar que dimita para darte la razón. Que Mazón no debería seguir en el cargo es otro de nuestros consensos divisivos. No basta con coincidir; es necesario someter.
De un fracaso colectivo, el PSOE quiere derivar una culpa personal e intransferible, cuando la negligencia de Mazón tiene más que ver con la decencia que con la gestión: debió estar en su puesto, aunque no estuviera en su mano evitar el naufragio. ¿O acaso cree el PSOE que su presencia temprana en el Cecopi habría cambiado algo? ¿No era un incompetente? No es la única contradicción que cabalga el Gobierno. También sostiene que puso todo de su parte desde el primer momento, al tiempo que se sacude de cualquier responsabilidad en la tragedia: o estuvo, y entonces es responsable, o no estuvo y entonces es negligente.
Carlos Mazón ha cumplido un año como cadáver político. Un año en el que el Gobierno ha querido convencernos de que él es el único culpable de la tragedia. Pero si una tragedia nacional la provoca la ineptitud de un solo hombre, el problema no es el hombre, sino el sistema que lo permite. Si murió gente porque un irresponsable alargó una sobremesa, entonces no falló Mazón, falló el país. Y cuando falla el país, el Gobierno no puede ser un mero espectador.

