En un documento alumbrado en el mes de julio por Francesca Albanese, relatora especial de Naciones Unidas sobre la situación de los territorios palestinos ocupados, la abogada y académica italiana daba cuenta del impúdico negocio que está haciendo el actual gobierno de Israel con el exterminio incesante del pueblo gazatí.
Desde que los terroristas de Hamas asesinaran a 1.400 personas y secuestraran a más de 250 en octubre de 2024 y el Estado sionista respondiera con una desproporcionalidad criminal; la Bolsa de Tel Aviv había crecido hasta entonces un 213%, lo que suponía 225.700 millones de ganancias (67.800 solo en junio). Con un macabro líder en esta suerte de pelotazo levantado sobre una creciente (y muy rentable) pila de muñones infantiles y ancianos aplastados: las empresas proveedoras de cazas F-35, drones y demás tecnología bélica, que llevan lanzadas más de 85.000 toneladas de bombas (seis veces lo arrojado en Hiroshima en 1945) sobre el tercera entidad política más densamente poblada del mundo, la Franja de Gaza.
¿Saben lo que cuesta un F-35? Unos 100 millones de dólares. ¿Saben lo que cuesta una bandera de Palestina? 9,95 euros.
Vienen al caso los datos de los que se están forrando con la barbarie por lo que dijo el inefable Perico Delgado en la decimosexta etapa de la Vuelta a España, cuando -al ver un tumulto de ciudadanos ondeando los estandartes de Palestina para denunciar el genocidio- exclamó con una campechanía sin igual: «¡Qué gran negocio el que haya vendido las banderas, eh!».
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Por cosas como esta es por lo que el anestesista y médico de urgencias valenciano Raúl Incertis decidió documentar entre abril y julio lo que está ocurriendo sobre el terreno. Estuvo entre 14 y 16 horas trabajando cada día. Dormía en el hospital. La investigación forense consta de 179 fotografías (junto a su aséptico comentario clínico correspondiente) y ya está en manos de una comisión de la ONU que investiga lo que -por otra parte- no parece que a estas alturas necesite demasiada investigación.
«No teníamos morfina. A los dos meses se nos acabó el fentanilo. Hacíamos amputaciones o aperturas de abdomen nada más que con Ibuprofeno intravenoso», relata. «Teníamos que reutilizar las jeringuillas. No teníamos gasas. Limpiábamos con cosas que aquí se tiran a la basura. A veces llegaban 30 pacientes de golpe y tenías que elegir: a algunos niños solo podías ponerles oxígeno sabiendo que iban a morir...».
El documento forense con las fotos prohibidas le fue entregado el pasado miércoles a Mónica García, ministra de Sanidad, con el encargo de que se lo hiciera llegar también a Sánchez, Feijóo y Abascal. Como el anestesista valenciano no había preparado una copia para el exciclista, ese mismo día por la tarde se la mandé yo mismo por WhatsApp: son imágenes de una dureza incocebible y demencial. Impublicables. Al instante, apareció el doble clic azul de que Perico lo había recibido todo. No me contestó. Y menos mal.

