El ensayista Michel Onfray, fenómeno editorial en la Francia de los años 90 y que, antes de ser víctima de la inquisición wokista -ahora es tildado de reaccionario-, encarnó esa figura tan francesa del intelectual impenitente con tribuna privilegiada en el ágora mediática, ha publicado en España un ensayo que ha tenido nula repercusión. Seguramente porque su 'Teoría de la dictadura' nos pone delante del espejo donde no se querían mirar hasta la caída de Cerdán.
Onfray identifica seis rasgos del nuevo autoritarismo: 1) Destruir la libertad uniformando la opinión pública y castigando el pensamiento crítico; 2) Empobrecer el lenguaje con una neolengua y empleando una doble moral; 3) Abolir la verdad imponiendo una ideología, controlando la prensa, difundiendo bulos; 4) Suprimir la historia reescribiéndola, borrando el pasado, reinventándolo; 5) Negar la naturaleza sofocando el instinto de vida, controlando la sexualidad; 6) Propagar el odio creando un enemigo, fomentando la división y el enfrentamiento.
¿Familiar? Esta cartografía encaja con la praxis del sanchismo. Y, aunque es evidente que España sigue siendo una democracia -aunque maltratada-, describe la voluntad de Pedro Sánchez de transformar la arquitectura institucional en esa forma de autocracia posmoderna que seduce a tantos líderes actuales, como Trump y Orban. Un despotismo de apariencia más amable, ya que mantiene el decorado democrático, con parlamentarismo ritual, pero que, como el viejo autoritarismo, vacía de contenido los contrapesos, señala a los disidentes y desactiva cualquier tipo de rendición de cuentas.
Este intento de Sánchez de cambiar las reglas del Estado democrático para ponerlas a su servicio personal, con la consecuencia de una rápida degradación institucional sin precedentes en la UE, es la otra gran vertiente de la corrupción del sanchismo: una corrupción de carácter político que iba acompasada con la corrupción económica del 'clan del Peugeot'. La una y la otra se necesitan, con el BOE como herramienta.
Como pasa en los regímenes autoritarios, el Estado se pone al servicio de la organización criminal que lo controla y dirige. Y es, exactamente, lo que la rama delictiva del sanchismo ha hecho durante los últimos siete años de Gobierno, extendiéndose y pervirtiendo el sistema democrático de tal manera que, más allá de la suerte judicial de Sánchez y sus 'Cerdanes', la democracia española está en riesgo de colapso. Nuestra versión del Tangentopoli, el escándalo de corrupción sistémica que en 1992 se llevó por delante a la Primera República italiana.

